Te has caído alguna vez, ¿verdad? Una, dos, tres veces... probablemente tantas que no seas capaz de contarlas
Y en el momento, cuando estamos en el suelo, las cosas se ven muy mal, apelamos a nuestro lado más negativo y pesimista y salir adelante lo vemos complicado, incluso podemos quedarnos atascados así durante mucho tiempo, atrapados en nuestra propia experiencia, retroalimentándonos y culpándonos de lo que ya no se puede cambiar.
Sin embargo, lo más habitual es que, poco a poco, nos vayamos levantando, nos sacudamos el polvo y volvamos a la andada, porque es ley de vida, no podemos evitarlo, y mientras podamos seguir adelante, lo vamos a hacer, independientemente de lo que nos cueste.
Es inevitable equivocarse, cometer errores y caer, porque la vida es una concatenación de eventos agridulces, momentos positivos y negativos que acaban conformando lo que somos a día de hoy, nos vuelven más sabios y más fuertes, y nos permiten evolucionar a muchos niveles, sobre todo a nivel personal.
No podemos pasarnos la vida pensando en lo malo que nos ha ocurrido, nos ocurre o nos puede ocurrir, porque es ley de vida que cosas así sucedan, y es entonces cuando tenemos que mostrarnos más fuertes, porque el tiempo pasa muy rápido, y podemos perdernos muchas cosas por centrarnos en aquello que realmente no merece la pena o no hace de nuestra vida algo mejor y, además, nada es para siempre, lo bueno y lo malo tienen fin.
Ignorar nuestros problemas no es la solución tampoco, nos equivocamos y lo correcto sería afrontar nuestros errores y sus consecuencias posteriores, porque es lo que realmente nos hace personas.
Tendríamos que, por encima de todo, querernos y cuidarnos, porque tenemos toda una vida por delante con nosotros mismos, y pensar en lo que nos gustaría ser pero nunca seremos lo único que nos provocará será esa sensación que antes he mencionado de estar atorado, de haber caído y no tener fuerzas para levantarse.
Reconozcamos que nos equivocamos, que no somos perfectos, que hacemos cosas mal, y que, a pesar de todo eso, deberíamos brindar por estar aquí, de poder decir lo mucho que nos equivocamos o lo imperfectos que somos, porque gracias a eso podemos ver las otras muchas cosas buenas que hacemos o las enormes cualidades que poseemos.
No se trata de una competición, yo al menos creo que no es necesario ni racional desear más que el resto, ¿para qué? Tal vez sea una actitud "conformista", pero creo que me basta con tener cosas buenas y malas de las que estar orgullosa, porque básicamente son lo que me caracteriza, y eso sí que va a estar siempre conmigo. Y en el caso del resto lo veo exactamente igual.
Renegar de lo que hemos hecho mal, por ejemplo, sería engañar a los demás y, sobre todo, a nosotros mismos, por lo que creo que es importante reconocer lo que hacemos mal y tenerlo presente, porque no deja de formar parte de nosotros mismos, de nuestra historia y de nuestro continuo proceso de aprendizaje.
Somos tanto lo bueno como lo malo, y todos nos conformamos de ese modo. Puede que nos parezca que hay personas que no han vivido tantos malos momentos como otras, pero lo más probable es que hayan afrontado dichas coyunturas de un modo diferente, y tenemos que tenerlo siempre presente.
Y, al igual que esto no es una competición (es la vida), desear el mal a los demás tampoco debería ser algo que ocupe nuestro tiempo, porque no merece la pena dedicarle parte de nuestra vida, por muy breve que sea el instante, a algo así. Mejor invertirlo en la gente que queremos, en nosotros mismos...
En resumidas cuentas, con este batiburrillo trataba de hacer una reflexión sobre lo importante que somos, así como la historia que tenemos detrás, y lo que debería significar para nosotros. Tenemos que mantenernos siempre fuertes porque, aunque la vida nos da golpes muy duros, todo acaba pasando, y tener presente que las cosas cambian y el tiempo pasa rápido.
Al fin y al cabo, lo que deberíamos hacer es no renunciar nunca a nuestros sueños, no permitir que nada nos hunda, levantarnos y desear el bien a todo el mundo, sin dar excesiva importancia a aquellas cosas que no la tienen ni prestar demasiada atención a esas personas que no nos aportan nada.
Porque, a fin de cuentas, es nuestra vida y nosotros elegimos cómo vivirla. Y deberíamos brindar por ello.
No se trata de una competición, yo al menos creo que no es necesario ni racional desear más que el resto, ¿para qué? Tal vez sea una actitud "conformista", pero creo que me basta con tener cosas buenas y malas de las que estar orgullosa, porque básicamente son lo que me caracteriza, y eso sí que va a estar siempre conmigo. Y en el caso del resto lo veo exactamente igual.
Renegar de lo que hemos hecho mal, por ejemplo, sería engañar a los demás y, sobre todo, a nosotros mismos, por lo que creo que es importante reconocer lo que hacemos mal y tenerlo presente, porque no deja de formar parte de nosotros mismos, de nuestra historia y de nuestro continuo proceso de aprendizaje.
Somos tanto lo bueno como lo malo, y todos nos conformamos de ese modo. Puede que nos parezca que hay personas que no han vivido tantos malos momentos como otras, pero lo más probable es que hayan afrontado dichas coyunturas de un modo diferente, y tenemos que tenerlo siempre presente.
Y, al igual que esto no es una competición (es la vida), desear el mal a los demás tampoco debería ser algo que ocupe nuestro tiempo, porque no merece la pena dedicarle parte de nuestra vida, por muy breve que sea el instante, a algo así. Mejor invertirlo en la gente que queremos, en nosotros mismos...
En resumidas cuentas, con este batiburrillo trataba de hacer una reflexión sobre lo importante que somos, así como la historia que tenemos detrás, y lo que debería significar para nosotros. Tenemos que mantenernos siempre fuertes porque, aunque la vida nos da golpes muy duros, todo acaba pasando, y tener presente que las cosas cambian y el tiempo pasa rápido.
Al fin y al cabo, lo que deberíamos hacer es no renunciar nunca a nuestros sueños, no permitir que nada nos hunda, levantarnos y desear el bien a todo el mundo, sin dar excesiva importancia a aquellas cosas que no la tienen ni prestar demasiada atención a esas personas que no nos aportan nada.
Porque, a fin de cuentas, es nuestra vida y nosotros elegimos cómo vivirla. Y deberíamos brindar por ello.