miércoles, 9 de diciembre de 2020

La poetisa y el péndulo - One shot

"Tan solo lleva un segundo dejarlo todo atrás. Decir adiós para siempre.

Y aquel fue el tiempo durante el cual sentí alivio, una paz que hacía mucho tiempo, por no decir nunca, había experimentado. Un segundo antes de despedirme de todo."

Pero ese no es el inicio de la historia. El relato se remonta a dos décadas, cuando la inocencia aún se apoderaba de mi ser. Desconocía lo malo que tenía la vida por ofrecer, y muchas de esas cosas, por cuestiones de cercanía las acabé viviendo en primera persona, sin saber que era malo, o que no lo merecía.

Cuando todo el mundo me veía y conocía lo que ocurría, apelaban al "ojos que no ven, corazón que no siente", y otros me situaban como epicentro y culpable de todo aquello que me hería y me hacía crecer más débil. Tantos años cumpliendo con un papel de culpable y a su vez de víctima, sin siquiera entender qué era lo que sucedía, pero a mi edad actual tampoco lo logro comprender, aunque he llegado a la conclusión de que es algo de lo que no quería seguir formando parte.

Las gomas acaban perdiendo elasticidad a pesar de su material, y lo mismo sucede con las personas en lo que respecta a paciencia y tolerancia: aspectos negativos se pueden soportar e ignorar, pero llega un momento en el que se apoderan de tus pensamientos, y resulta imposible mantenerse al margen, al mismo tiempo que las vivencias se convierten en algo más impredecible, generando así una constante preocupación e inseguridad. Una persona vacía, de la que ya no queda rastro, un muerto viviente.

Mis pensamientos al respecto no cesan, y soy absolutamente consciente de que no soy culpable, y sí he sido víctima, pero no es mi rol en este recurrido. La persona que podía haber sido me mira desde algún lado, orgullosa, sabiendo que no había sido tarde para mí, y que en otras circunstancias habría brillado, pero la posibilidad me ha sido arrebatada desde el momento en el que vi la luz del sol por primera vez.

Las adversidades han tomado el control de mi ser, y puedo pecar de culpable por ello, pero no me arrepiento. Como mencionaba anteriormente, hay un límite que se ha superado, y resulta un punto de inflexión: el elástico finalmente se ha desgarrado y no hay nada que se pueda hacer para volver a ese estado previo de funcionalidad. No hay un término medio, es vida o es muerte.

Tras los últimos eventos que han acontecido, siendo los mismos concluyentes para la decisión, recibo un último menosprecio, y me dispongo a demostrar que todo en lo que se ha basado el dolor provocado y el sufrimiento ha sido sin ningún tipo de sentido, ni fundamento.

Escuché que alguien sí que tenía motivos para llorar cuando la salud estaba en juego, dejando claro que la salud es algo nulo que merezca la preocupación que otros le pueden estar reconociendo. Y me dispongo a demostrar realmente que esa persona tiene motivos para llorar de verdad. En el momento en el que tome la última pastilla, cerraré los ojos, y diré adiós para siempre.

Y entonces será tarde para pedir perdón o reconocer ciertas cuestiones, pero es principalmente un favor que me hago porque merezco dar paso a otras situaciones, borrar mi existencia y permanecer tranquila, aunque sea en mi lecho de muerte.

5...4...3...2...1...

Y se hizo el silencio.