lunes, 1 de febrero de 2021

Navras - Capítulo 18

 


Un mes después

Me desperté con el espanto de alarma de mi compañero Carlos, que recientemente había aprendido a configurar su teléfono móvil y había encontrado una interesante utilidad en el mismo a modo de despertador.

Me incorporé, aún sin salir de la cama, experimentando una interesante paz, pero no se trataba de otra cosa que la calma antes de la tempestad, o al menos así lo sentí. 

En una semana empezaría mis exámenes finales, y con ello, si conseguía superarlos, concluiría la carrera. Se me había pasado el tiempo volando, y estaba en la recta final, lo cual me suponía un estresor adicional, ya que no hacía otra cosa más que presionarme a mí misma, porque tenía que acabar y con buena nota. Del trabajo no me podía quejar, tanto en el hotel como en la pizzería me iba bien, tampoco esperaba un aumento, pero me permitían pagar el alquiler, comida, y gasolina, entre otras cosas.

Miré el día que era, y vi que en el calendario lo tenía marcado. Era el último día de recopilación de datos para la investigación del laboratorio. Una parte de mí se alegró, porque eso significaba que quedaba poco para acabar las prácticas, y ya lo que nos quedaría por hacer en introducir los datos y elaborar tablas, para que luego el equipo organizador pudiese analizarlos y elaborar el estudio. Pero, una pequeñísima (o no tan pequeña) parte de mí sabía que no iba a tener más excusas para hablar con Tom, y sentí como el estómago se me encogía. En este tiempo, he disfrutado mucho de su compañía, pocas veces lo había pasado tan bien con alguien, y nos habíamos conocido. ¿Nos convertía aquello en amigos y tendría entonces el derecho de quedar con él fuera del laboratorio, o había sido una mera relación profesional y no sería posible?

Prácticamente desde que empecé a evaluarle me planteé aquella cuestión, temiendo que el día llegase y tuviese que darle una respuesta, que se traduciría en reunir la fuerza y la valentía necesaria para plantearle la situación. ¿Lo iba a hacer? Estaba casi segura de que no, pero tampoco quería perderle. 

En ningún momento le planteé aquello a Carlos, porque sabía que sacaría las cosas de contexto, y hablaría de sentimentalismos con los que no me sentí cómoda. Nada cómoda. Aunque aquel día era diferente, al ser el último, pensé que sí podría manifestarle mi preocupación al respecto. Sabiendo que iba a picarme, realmente necesitaba una segunda opinión al respecto, o mejor, una primera opinión, porque yo no había sido capaz de formar la mía, y sentía que no lo iba a ser hasta el momento decisivo, así que previo a este necesitaba la opinión de un "experto".

Me levanté de la cama, me preparé para las clases y me senté a desayunar con mi compañero, esperando a atacarle en aquel momento, que estaba indefenso con sus cereales y podría plantearle la cuestión:

- Gracias por la alarma, nunca me había levantado tan rápido del espanto -le dije, con sorna-.

- Buenos días a ti también -me respondió, concentrado en su bol-. Necesito despejar mi mente de teorías psicológicas y casos prácticos, te juro que me va a dar una embolia -me reí-. Claro, tú es que vas muy adelantada porque estás loca, pero yo no y siento que me pilla el toro, y encima no llego.

- Verás que sí, el final es lo que más cuesta, pero en nada ya habrás acabado -le comenté-.

- Madre mía Kat, no te reconozco. ¿Tú siendo positiva? No es factible eso, te has debido dar un golpe en la cabeza o algo, o a lo mejor ha sido mis despertador -nos reímos-. 

- Me estoy esforzando en no ser una persona pesimista -cogí un bol, la leche y los cereales, y me serví el desayuno-. Oye Carlos, ¿te puedo plantear algo?

- La última vez que me dijiste eso nos quedamos sin gasolina en la moto -me reí, aquello había sido el día anterior-. 

- En este caso nadie va a tener que empujar una moto varios kilómetros a pie, no te preocupes -se rio-. Hoy sabes que es nuestro último día de...

- ¡Ahhhhh, ya sé! -exclamó de repente, sobresaltándome-. 

- ¿Cómo que ya sabes, si no te he dicho nada? -le pregunté, extrañada-. A ver listillo, dime tú que sabes tan bien que voy a decir -me dedicó un gesto de seguridad antes de hablar-.

- Hoy acaban nuestras pruebas en el laboratorio, lo que significa que ya no volvemos a ver a los "voluntarios", al menos dentro del entorno de prácticas -me miró, satisfecho, y yo le devolví una mirada de sorpresa, olvidaba que no todo el mundo era tan torpe socialmente como yo-. ¿Hasta ahí voy bien? -asentí, con resignación, no me gustaba dar la razón-. Pues tú estás preocupada porque no vas a poder ver a tu amorcito sin que haya alguna implicación social de por medio, lo que significa que si quieres seguir con tu amistad con él, tienes que quedar -hizo énfasis en aquella palabra- con él, y te mueres de vergüenza. O algo así, tampoco soy adivino -dijo, mientras se metía una cucharada de cereales en la boca-.

- No, no, a ver, no es así exactamente, aunque algo tiene en común. Es cierto que me preocupa que hoy se acaban las evaluaciones, pero no por que tenga vergüenza ni nada por estilo -o tal vez sí, pero no lo iba a reconocer-, sino porque no sé si tengo la suficiente confianza con Tom como para quedar.

- Te corregiré -añadió Carlos-. Quieres quedar con él, él probablemente no tenga ningún problema en quedar contigo porque os lleváis muy bien, e incluso él querrá quedar contigo. La cuestión es que a ti te da vergüenza hablarle de ello, y no me hagas hablar de lo que pienso respecto a esa preocupación tuya -sabía que iba a mencionar alguna cosa de que me gustaba si le decía algo sobre ese comentario, por lo que me lo ahorré-.

- Y dale, que no me da vergüenza. ¿Tú ves normal que una desconocida quiera quedar contigo?

- Ni sacado de contexto lo veo raro. Pero mira, en tu caso sois dos personas que habéis hablado bastante, no os conocéis a la perfección, pero ya sabéis más o menos cómo sois porque os habéis visto varias veces y, repito, habéis hablado bastante. Yo por muchísimo menos he quedado con gente, y no por ello ha sido raro -añadió-. En el peor de los casos, a lo mejor no os veis más, pero eso lo considero a estas alturas ya imposible, porque él se ha interesado en ti como tú te has interesado en él, eso es una amistad. No digo que sea igual que nuestra relación, porque nos conocemos desde hace mucho, pero en definitiva sois dos personas que os habéis caído bien y disfrutáis de vuestra compañía -suspiré, aquel era el precio que tenía que pagar por pedir consejo a mi amigo el moralista sociable defensor de la amistad-.

- Bueno, entonces, ¿tú qué harías en mi lugar?

- ¿Cómo que qué haría? -me preguntó, extrañado-. Eso es algo que depende de ti, Kat, yo no puedo ponerme en tu piel y hablar con él, eso lo tienes que hacer tú. La psicóloga te dijo que poco a poco, y si no quieres avanzar, no vas a conseguir nada. Es un pequeño paso, aunque en tu cabeza parezca una locura -me puse la mano en la cabeza, me sentía muy agobiada-. Hagas lo que hagas, vas a tener mi apoyo -me sentí algo más tranquila al escuchar aquello, aunque no demasiado-.

- Vale Carlos, gracias -le contesté, al fin y al cabo me había respondido-.

Ahora solo tenía que esperar, y cuando llegas el momento pensaría en qué hacer, que tenía que concentrarme en otras cosas.

Terminamos de desayunar, preparar las cosas, y nos fuimos a clase. Aquella era la última semana, y aún me costaba asumirlo, no podía creer que ya había llegado al final. Me sentía orgullosa por el camino que había recorrido, ya que mi pasado precisamente no favoreció a que llegase hasta allí. Además, en el ámbito social, en el último mes había progresado mucho con la ayuda de la psicóloga.

Finalmente había llegado a un punto en mi vida en el que sentía que no todo estaba perdido, que yo no era un caso perdido, al contrario de lo que me habían indicado a lo largo de mi infancia y adolescencia. No es que tuviese que demostrar a nadie lo que valía, sino que yo tenía que hacerme valer, y veía que lo estaba consiguiendo, lo cual me hacía albergar ciertas esperanzas sobre mi futuro.

Las clases fueron bastante breves, ya que en las últimas semana nos íbamos a dedicar a la resolución de dudas, repaso del temario y organización de la exposición de los proyectos. La mayoría del tiempo estuvimos hablando con los profesores de manera individual para orientarnos, y me vino muy bien en tanto que tenía un par de dudas con algún asunto relativo a las asignaturas.

Salí de clase personalmente satisfecha, un día menos, y bien aprovechado. Fui a tomar un café con Carlos antes de entrar al laboratorio, como ya era costumbre. Nos sentamos a conversar un poco antes de irnos a hacer las prácticas:

- ¿Cómo estás? -me preguntó mi amigo, mientras removía su café-.

- Bien, ¿por qué? -le pregunté, intentando disimular los pequeños nervios que sentía-.

- Por lo que hemos estado comentando en el desayuno -tomó un sorbo de su bebida-. Que no es porque quiero que estés nerviosa o picarte, no te confundas, te poyo en cualquier decisión que tomes, pero me interesaba saber cómo te encuentras, por si necesitas desahogarte o aclararte.

- No te preocupes, estoy bien -no tanto como quería, pero tampoco me encontraba mal, y sentía que tocar el tema más me generaría más nervios-.

- Yo lo digo porque, como sabes, a veces exteriorizar los pensamientos ayuda a la reflexión y a la comprensión, así que si hay algo que dance por tu retorcida cabecita, puedes mencionarlo -me miró, expectante-. Es una sugerencia como amigo.

- A ver, puede que esté un poco intranquila con lo del asunto de Tom, pero es algo normal, no te preocupes. 

- ¿Es por lo mismo que me has dicho esta mañana, o ya has decidido algo?

- No, tal vez el problema es que no he decidido nada, pero es que tampoco quiero precipitarme ni forzar nada... -le respondí, preocupada-.

- Es normal, nadie quiere eso, pero no te obsesiones con ello tampoco porque va a ser peor.

- Lo sé, pero es que, en serio, pocas veces me he sentido tan bien en compañía de nadie, y no me gustaría perderle porque soy imbécil.

- No eres imbécil Kat, y no te preocupes por ello, será lo que tenga que ser. Tienes que pensar que estás trabajando en tu ansiedad social, y poco a poco, día a día, estás mejorando, así que nada te va a impedir tampoco encontrar buenas amistades o relaciones amorosas.

- Espero que lo último no vaya con segundas, porque yo no quiero nada con Tom.

- Tal vez sí, tal vez no -se rio. y le fulminé con la mirada, lo que no hizo sino darle más motivos para reírse-. 

- Bueno, dejando de lado tus pajas mentales -al escuchar aquello, Carlos se hizo el ofendido-, pues había pensado que lo mejor sería dejar que fluya lo que sea, y no forzar nada, en resumidas cuentas.

- Creo que es una decisión muy sensata y correcta, me sorprende para venir de una persona que si pudiese hace cuestión de un minuto me habría sacado el ojo con la cuchara -me reí, la verdad es que ganas no me faltaban-. Pues que sea lo que tenga que ser, brindemos por ello -dijo, mientras alzaba su vaso de café-.

- ¿Vamos a brindar con café? -le pregunté, riéndome-.

- Hombre, podríamos hacerlo con champán o cava, pero me lo he dejado en casa y esto es lo que más a mano nos pilla -nos reímos al unísono, y brindamos-. 

- Espera, quiero decir unas palabras -fingí aclararme la garanta para darle más dramatismo-. "Por una próspera y feliz vida, y que mi compañero se abroche la bragueta de una vez" -Carlos se miró, nervioso, comprobando que le había vacilado, y me empecé a reír-. Siempre picas.

- Maldita sea, por qué confiaré en ti -se terminó riendo él también-. Bueno, ¿vamos? -suspiré-.

- Vamos, el laboratorio no va a venir a nosotros.

Nos pusimos en pie, tiramos al contenedor los vasos, y nos dirigimos hacia el laboratorio. Por el camino nos encontramos con algunos compañeros que también estaban haciendo las prácticas allí, y fuimos charlando un poco con ellos. Nos quedaba en realidad poco tiempo juntos, porque la semana siguiente era la última de nuestras horas de prácticas, y era poco probable que nos viésemos fuera de ese ámbito, ya que éramos de facultades distintas y lo único que nos unía era el estudio. 

Según llegamos, fueron llegando los voluntarios y, para mi sorpresa, Tom no había llegado cuando la mayoría lo habían hecho. Solía ser muy puntual. estuve unos diez minutos mirando el reloj y esperando, mirando hacia la puerta, a ver si le veía llegar, pero pasado ese tiempo, decidí ponerme a hacer otras cosas, y revisar el móvil, por si me había escrito o llamado y no me había enterado, pero nada. 

¿Y si se había olvidado? O a lo mejor pensó que ya habíamos acabado, o tal vez no quisiese volver... Cerré el bucle en el que estaba entrando de pensamientos negativos, y puse el 100% de mi atención en el ordenador.

Al cabo de unos diez minutos, escuché pasos que veían del pasillo por el que se llegaba al laboratorio y, tras ellos, apareció Tom:

- Siento mucho llegar tarde, Katherine -dijo, con cara de preocupación-.

- No pasa nada -le respondí, intentando ser comprensiva-. Espero que esté todo bien -añadí-. Y sé que te insisto mucho con ello, pero me puedes llamar Kat -dije, sonriendo-.

- Sí, ha sido por una cuestión de trabajo, pero siento muchísimo hacerte esperar, te iba a avisar, pero no tenía batería en el móvil -dijo, mientras me enseñaba su teléfono apagado-. 

- Pero no te preocupes, en serio, además, no te tienes que justificar de nada -contesté-.

- Gracias por entenderlo -me sonrió-. Y me cuesta llamarte Kat porque en realidad tu nombre completo me parece muy bonito, aunque si te incomoda te llamo Kat, claro.

- Oh gracias -respondí, intentando no sonrojarme-. No me incomoda, si era por cuestión de practicidad -añadí-. Bueno, vamos a pasar a la sala y vamos con la rutina -dije, mientras me ponía en pie y dejaba suspendido el ordenador para después seguir trabajando-.

- ¿Qué tal? -me preguntó Tom, mientras nos dirigíamos a la sala-.

- Bien, no me puedo quejar -le respondí-. Algo nerviosa, porque la semana que viene empiezan los exámenes, pero yo creo que irá bien.

- Mucha suerte, aunque no creo que la necesites, seguro que te va fenomenal -me dijo Tom, sonriendo-.

- ¿Y tú, qué tal? -le pregunté, por educación-.

- Bien también, si justo he llegado tarde porque ha entrado un caso nuevo -hizo una breve pausa mientras yo abría la puerta-. Es secreto profesional y no voy a revelar identidades, pero el caso trata sobre un intento de suicidio por parte de una mujer, que ha tenido que ser hospitalizada de urgencia, y en su trabajo no le dan ningún tipo de baja -asentí, para que supiese que le estaba escuchando-. Así que me tengo que mirar bien el caso, porque me parece monstruoso que no tengan un mínimo de empatía por ella, después de la situación que ha vivido...

- Estoy absolutamente de acuerdo contigo, espero que podáis dejar en evidencia a esa empresa y la hundáis en la miseria por infravalorar y menospreciar la salud mental de una persona -contesté, indignada por el escenario que me había planteado-.

- Ojalá -añadió-. 

- Bueno, vamos a empezar con la evaluación si te parece.

- Por supuesto.

Fue como un flash, el rato que le estuve evaluando pasó volando. Hablamos de algunas banalidades mientras, pero en ningún momento sentí que pudiese dar pie a quedar con él, ni siquiera a comentar que era la última sesión, lo cual habría sido ideal para decirle de quedar. Cuando se marchó fue como las sesiones anteriores, no hubo una despedida diferente, ni siquiera una situación incómoda, nada. Me sentí tremendamente decepcionada, al menos no había tenido que pasar por el mal trago de decirle si quería quedar conmigo, pero la verdad es que en el fondo me hubiese gustado vivirlo.

Triste y aún decepcionada conmigo misma, seguí trabajando en el ordenador, pasando datos. Había sido una completa idiota por pensar nada, ni hacerme ilusiones. Al menos aquella situación había respondido a mi pregunta inicial, aquella que llevaba tiempo formulándome. No era una amistad, sino una relación profesional.