sábado, 13 de agosto de 2016

...alone (reflexión)

"Estás sola, no te quiere nadie, y nunca te va a querer nadie. No me extraña que no tengas amigos, que no tengas a NADIE a tu lado, y que nadie te quiera."
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Es que no te vas a dar cuenta de que las palabras DUELEN. Y mucho.

Es muy importante saber medir nuestras palabras, a veces éstas llegan a ser más poderosas y mortales que muchas armas.
Supongo que no se le puede pedir a una persona que carece de empatía que se ponga en tu lugar para que compruebe de primera mano la reacción que puede llegar a desencadenar.
Entonces, ¿qué? Lo único que queda es huir o aguantar, y puesto que lo segundo deja de tener efectividad (pues todo el mundo tiene un límite, no somos una barrera metálica impenetrable), ¿hay que huir? Se dice que los problemas hay que afrontarlos, no huir de ellos, que eso te hace más fuerte.
Pero yo necesito la prueba, porque mi camino no son más que obstáculos que me vuelven más reacia hacia el mundo que me rodea, y a todo lo que lo compone. No me siento más fuerte, ni lo soy, por cada letra me vuelvo más cobarde, por cada palabra me vuelvo más insegura, y por cada oración una parte de mí muere, y sólo queda una sombra de lo que fui.

Sé que no vas a leer esto, y si lo hicieses, no ibas a entenderlo y sería peor, supongo que ya da igual.
Pero quiero que sepas que si estoy "sola" (que por suerte no lo estoy) es por tu culpa, por hacer aflorar en mí el miedo a relacionarme y volverme contra mí misma.
No soy un monstruo, y tengo corazón, aunque no lo creas. No puedes tener una imagen más equivocada de tu hija.

martes, 9 de agosto de 2016

Holy Company-Cap.2

Salí de la taberna, y tras despedirme del tabernero y su gato, me dispuse a avanzar hacia Havenhill. Conforme iba saliendo del pueblo, noté las miradas desconfiadas de sus habitantes… parecía que no estaban acostumbrados a las visitas. Poco a poco iba ganando altura en las colinas que rodeaban al pueblo. Había restos de casas en ruinas, seguramente antiguas cabañas de pastores ya en desuso. Las vistas eran muy bonitas desde allí: un valle verde repleto de prados y arboledas, con un río meandriforme dividiéndolo en dos, y el pueblo en el centro con las chimeneas humeantes. Aguas abajo, había un humedal pantanoso generado por las mareas de la ría, que se adentraba en tierra entre agudos riscos de piedra oscura. Al mirar al suelo para descansar un poco, me fijé en que la roca del camino había cambiado. Ya no era el negriazul de los tejados del pueblo ni el blancogrisáceo con manchas negras de los muros, sino rocas con tonos rojizos y marrones muy oscuros. Tras ascender por el valle, entré en un bosque de robles. Por sus troncos calculé que no llegarían a los 400 años de edad. El otoño avanzaba, y las hojas de los robles, así como las del resto de los bosques del valle, se caían apenas las tocaban mi mano o el viento, para después pudrirse en el suelo, dejando poco a poco a los árboles con un aspecto intimidante, como si no quisieran intrusos en su bosque. El camino estaba bastante mal cuidado, lleno de maleza en algunos puntos. Había tenido que apartar ramas de mi cara varias veces, así como sortear baches y pequeños arroyos que me embarraban las botas. Por lo menos pude saciar mi sed y rellenar mis cantimploras, a pesar de lo incómodo que fue haberme dado cuenta de que me había sentado sobre unas ortigas y ramas secas de tojo. Una repentina ráfaga me dio un escalofrío. Había cruzado el robledal con cierta lentitud, y pude comprobar que apenas había llegado a la mitad de la ascensión… la perspectiva de las colinas cubiertas de bosque me había engañado. Seguí caminando hasta que alcancé la cima, barrida por un fuerte viento, donde me detuve a descansar y comer algo. Era una auténtica atalaya que se alzaba sobre las cimas circundantes, le calculé una altura de por lo menos un tercio de milla. Por un lado, un escarpado y oscuro acantilado caía hasta el océano rugiente; por el otro, el camino continuaba descendiendo, y la ladera era relativamente suave. En la cima había una pequeña casa vacía de piedra. La inspeccioné, y pude comprobar que era una antigua garita para vigilar y alertar de posibles ataques desde el mar. Tras acabar mi tentempié, me di cuenta de que estaba empezando a oscurecer. Recogí mis cosas y comencé el descenso. Desde la cima pude ver también cómo un enorme mar de nubes se acercaba desde el océano, ascendiendo por el acantilado empujado por el fuerte viento del noroeste. El camino tenía tramos en los que serpenteaba y otros en los que era casi recto, pero conforme oscurecía, toda la ladera perdió la luz por efecto de la colina, que daba sombra a todo el valle, que quedaba de un verde oscuro penetrante y con olor a humedad procedente de los árboles. Estaba oscureciendo, por lo que apreté el paso, llegando a un cruce de caminos a la entrada de otro robledal. Había dos caminos, y los restos de una cruz. La roca había vuelto a cambiar. Los restos de la cruz eran de una piedra muy pesada, de color verde oscuro, a veces con moteado de color granate, como la costra de una herida. Entre la hierba y las zarzas vi los restos de un cartel, en el que ponía:

<- Dark Cape

Havenhill ->

Por la orientación de la ladera, supuse que tenía que ir hacia el este, pues si seguía la ladera acabaría en el cabo. La niebla me pisaba los talones, por lo que entré en el robledal. Me fijé en que los robles eran mucho más viejos e imponentes que antes, con ramas llenas de musgo, casi como garras intentando capturarme. Cuando el bosque dejó de ser tan denso, la niebla me pilló. Era tan densa que no veía más allá de tres árboles, y tan húmeda que me chorreaba el pelo. Por si fuera poco, terminó de anochecer. A pesar de encender mi candil, estaba avanzando casi a ciegas, tropezando con los guijarros del camino. Solo el rumor de un arroyo y los pinchazos de tojos y zarzas me indicaban que avanzaba en la dirección correcta. Una media hora después, la niebla se abrió un poco, permitiéndome ver una gran roca de al menos 3 yardas de altura, esculpida en forma de cruz, con extraños grabados a mi altura que no pude identificar por su desgaste y la oscuridad cuando me acerqué. Los brazos de esa cruz eran bastante pequeños, por lo que supuse que se trataba de un antiguo menhir tallado en la Edad Media cuando la zona fue cristianizada. La niebla se despejó y pude ver unas luces de candiles, a la vez que un viento frío me provocaba un escalofrío. Estaba cansado, calado por la niebla y con raspones en brazos y piernas por los tojos y las zarzas, pero al fin había llegado a Havenhill.
Al final el camino se me había hecho mucho más largo de lo que Edgar me había comentado, y esperaba que el resto de historias acerca de aquel pueblecillo también fuesen suposiciones o invenciones suyas. Suspiré, y continué mi camino.
Según el desgraciado de mi jefe, me esperaba el párroco del pueblo, Mathew, así que estuve tan atento como pude para localizarle.
Por suerte, vislumbré una tímida luz a lo lejos, y aunque dudé unos instantes, continué mi camino. A medida que me acercaba me empezaba a sentir más tranquilo, el hombre que sujetaba la antorcha tenía una apariencia de lo más corriente, y al ver sus vestiduras, no pude evitar esbozar una pequeña sonrisa. Después de aquella parada en el bar, con todo lo que me había contado el mesonero, no me esperaba que las cosas se fuesen a desarrollar sin problemas. "No cantemos victoria" me dije, ciertamente abrumado aún, y me aproximé al buen hombre:


-Buenas tardes, joven -me dijo el cura con una enorme sonrisa-. Supongo que usted debe ser el muchacho al que esperaba, Thomas Hammet, ¿verdad? -asentí, y me dispuse a hablar, pero el hombre continuó-. Una alegría, ya pensaba que no vendría. Y, dígame, ¿le han contado algo sobre este sito?

-Eh, bueno, he oído algunos rumores locales, nada relevante.

-Claro, como no podía ser de otro modo. En estos tiempos cuando la gente no tiene nada que hacer se pone a inventar historias ridículas sobre nuestro noble pueblo. Pero no te dejes engañar, este es un sitio muy acogedor.

-Sí, me han contad que el pueblo está...deshabitado.

-Una pena que así sea, aunque al ser tan pocos habitantes hemos podido establecer una relación de familia, y es un gusto. La gente es muy...amable, ya verás.

-Oí rumores también sobre la gente que vive aquí, y bueno, después de verle a usted, creo que eran falsos también.

-No lo dude, la gente le tiene manía a nuestro humilde pueblo de gente trabajadora, amable y peculiar.

-Peculiar...¿en qué sentido? -tragué saliva-.

-Gente con mucha personalidad, muy única...Te caerán muy bien,ya verás. Por el momento te voy a llevar a la posada en la que te alojarás para que descanses.

-¿Posada?

-Claro, se lo mencionamos a tu superior, y le pareció buena idea para tenerte mejor vigilado. Además, sólo hay una persona más hospedada, no tendrá que preocuparse por los escándalos. Y la comida es de muy buena calidad, va a estar usted a cuerpo de rey.

-Con tener una estancia normal me conformo...

-No puede venir a Havenhill y buscar normalidad, este pueblo es extraordinario, nada de lo que se hace es normal... -el hombre hizo una breve pausa, lo que me provocó cierta inseguridad-. En el buen sentido, claro -se rió de buena gana, ignorando mi cara de espanto-. En breve llegaremos, no se preocupe.

-La verdad es que no llegar a ese sitio no me preocupa en absoluto.

-Se le ve con pocas ganas de iniciar su nueva vida, señor Hammet. Pero ya verá cómo se anima y en seguida le coge el gusto a vivir aquí.

-Estoy preocupado por mi futuro laboral aquí. ¿Voy a seguir ejerciendo como detective?

-Por supuesto, mañana le daré el caso por el que usted está aquí.

-Ah, ¿he venido por un caso?

-Al menos eso me dijo su jefe, y me aseguró que haría todo lo que en sus manos estuviese para resolver el misterio. Es joven, y veo energía en sus ojos, noto su fuerza y coraje. Lo hará bien.

-¿Puedo saber al menos sobre qué trata?

-Mañana le traeré conmigo a la Santa Iglesia y le mostraré todo sobre el caso, es muy tarde, y el agotamiento no le beneficiará. Le vendré a buscar a las seis de la mañana, y espero que a esa hora esté más que listo.

-Mmmmm...¿Por qué tan pronto?

-La gente del pueblo es muy devota, y necesitan su misa como el comer. Son unos estupendos feligreses, me colman de aplausos y elogios cada vez que termino de hablar. ¿Usted vendrá?

-No creo, me pondré con el caso...


Un pueblo con poca gente, y además, creyentes a más no poder. Cuando me encontré con el Padre pensaba que estaba a salvo, pero mis temores resurgieron como una llama avivada.
Nadie apareció por la calle, parecía que los únicos presentes éramos aquel extraño señor y yo. Cabía la posibilidad de que fuese así, pero deseaba que en realidad la gente estuviese en sus casas o en algún sitio concreto.
Llegamos al hostal, el cual resultaba más grande de lo que me había imaginado, incluso su arquitectura me resultó interesante y agradable. Al entrar, una mujer entrada en años nos recibió. A pesar de sus visibles arrugas aún gozaba de gran belleza, lucía una larga melena rojiza y estaba delicadamente maquillada, y sus ropas eran de lo más exquisitas:

-Buenas noches tengan, caballeros -dijo la mujer acercándose a nuestra posición-. ¿Un nuevo reclutado, Padre?

-Oh, no, este muchacho viene a trabajar conmigo -respondió Mathew, sonriendo plenamente, enseñando sus ennegrecidos dientes-.

-Hola encanto, yo me llamo Rose, pero me puedes llamar Tía Rosie -hizo un gesto pícaro, y volvió a su posición inicial-.

-Mi nombre es Thomas Hammet, encantado de conocerla, señor...ita.

-Oh -Rose se rió-. No hace falta que me llame señorita, tengo una edad, aunque me halaga. Creo que usted y yo nos llevaremos bien -me sonrió-. Bien, una habitación para nuestro joven aprendiz -se giró para coger la llave de la habitación-.

-No será mi aprendiz, él el detective, y va a investigar...el caso -la mujer dejó caer las llaves, y tras unos segundos de incómodo silencio, reaccionó y las recogió-.

-Joven, ya puede ir a su habitación -me dio la llave, y me fijé en que su rostros estaba tan blanco como la leche-. Padre, venga un momento... -miró en mi dirección, esperando a que me marchase para hablar de asuntos privados, o al menos tratar algo que no me incumbía-.


Me fui a la habitación con muy mal cuerpo, tal vez era por lo desconcertante no haber visto a ningún habitante por la calle, o el miedo que tenía a que todo lo que Edgar me contó fuese real.
Me instalé en mis aposentos, los cuales resultaron ser mucho mejores de lo que me había imaginado. Me tumbé, y al instante me dormí.
Susurros que llegaban de algún lugar misterioso me daban la bienvenida a mi nuevo hogar.
"Bienvenido a tu pesadilla" decían.


Ha pasado mucho tiempo, e intentaré ser más contante, me cuesta encontrar la inspiración (lo siento lectoras y lectores).
Espero que os haya gustado, créditos a Gonzalo el Metalero por la "Llegada de Thomas a Havenhill" (escrita íntegra por el caballero).