-¿Qué haces tan pronto despierta? -la pregunté, extrañada-.
-Ayer programaron a esta hora un avance sobre las novedades en el campo sanitario.
-¿Tan relevante es?
-Claro, recuerda que trabajo en una compañía de investigación rival. Desde que vi el mensaje anunciado en todos los canales como una retransmisión oficial, me imaginaba que sería algo que me importaría. ¿Sabes lo que puede llegar a significar?
-Sí -hice una breve pausa, aún estaba adormilada-. Que van a hacer otro comunicado falso sobre que ya tenemos la cura del cáncer.
-No seas así de gafe, Kate, tengo un palpito.
-Pero los pálpitos no dirigen el mundo. Bueno, da igual, yo vuelvo a dormir, dentro de poco me tendré que ir a trabajar.
-Vale, si dicen algo interesante te lo contaré.
-Como quieras.
Volví a la cama, pero no pude volver a dormirme, me inquietaba en cierto modo lo que me había dicho mi compañera de piso. Sea lo que fuere, si tuviese un gran impacto el comunicado me enteraría, era lo bueno de trabajar como cajera de un supermercado.
Me incorporé, y permanecí así un largo rato hasta que llegó la hora de prepararme para trabajar, y me fui sin comprobar si mi compañera se había ido ya. Al llegar al supermercado, vi a muchos de mis compañeros reunidos, y me acerqué, por curiosidad, parecía algo importante:
-...claro, es que esto es ya otro cosa -decía una mujer mayor a la que me acerqué-. Oh, hola Katherine.
-Buenas. ¿Qué ha pasado?
-¿No has visto la retransmisión? -lo negué-. Han anunciado que están a un paso de tener la cura del cáncer, y ya han empezado a ponerlas a los enfermos más graves. ¿No te parece increíble?
-Hombre, después de todas las veces que han dado el falso bombazo para llamar la atención, no sé si creérmelo.
-En eso tienes razón, este año ya han sido 3 -añadió uno de mis compañeros de trabajo con los que mejor me llevaba, Logan-. Pero no nos anticipemos, en algún momento acertarán.
-En este mundo hay límites, y puede ser que uno de ellos sea encontrar la cura, no sé cómo lo verás tú.
-Sabes que no coincido contigo, pero lo respeto -se aclaró la garganta, y se hizo un breve silencio-. Será mejor vayamos a nuestros puestos de trabajo, hay que prepararlo todo, abrimos en 10 minutos.
-Qué bien -dije, finalmente, cerrando la conversación-.
Me fui hacia mi caja, dispuesta a llevar a cabo mi ya habitual procedimiento para abrir la caja. La gente no tardaría en llegar, y sabía que el rumor por excelencia de entre las marujas del supermercado sería el anuncio "oficial". Recordé la primera vez que anunciaron que estaban haciendo avances con respecto a la cura del cáncer, me sorprendí, y me mantenía expectante durante las noticias, pero aquello se desvaneció muy pronto. Y los siguientes avisos tomaron el mismo rumbo. Sin darme cuenta, las primeros clientes entraron, no sin esquivar el cierre, que aún no había terminado de subir. Resultaba cómico ver la desesperación de los ancianos por ver cuál sería el que entrase el primero, ¿hacían apuestas o algo por el estilo?
La jornada pasó rápido, y antes de que me diese cuenta ya era la hora de cerrar. A pesar de que ya no cobraríamos a nadie más, algunas personas se negaban a salir, obligándonos a retrasar nuestra hora de salida. Tras varios intentos, logramos sacarlos a todos, o eso creíamos hasta que, en un pasillo encontramos a una mujer, la cual no parecía encontrarse en muy buen estado. Uno de mis compañeros se aproximó a preguntarla, y fui con él, pero no por tener interés en cómo estaba la mujer, sino por ir al almacén, donde estaban nuestras pertenencias. Entré, dejando a mi compañero atrás, y abrí mi taquilla con desgana, mientras oía de fondo el anuncio que advertía que el supermercado se iba a cerrar de inmediato. Me sobresalté al oír mezclado con el anunciador un grito de agonía. Saqué la cabeza levemente para comprobar de dónde venía aquel ruido terrible.
Vi a todo el personal del supermercado yendo de un lado a otro, escandalizado por algo que había pasado, y salí.
La escena que presencié a continuación fue la más grotesca que había visto nunca. El tipo que había ido a socorrer a la mujer yacía en el suelo, con la cara desfigurada y una gran mordisco en el cuello, estaba muerto con total seguridad. Mientras tanto, la mujer con la que había hablado cuando llegué al trabajo estaba forcejeando con la señora que no quería marcharse del establecimiento. Me fijé en su rostro: no tenía color en la piel, parecía albina; desprendía ferocidad y odio a través de su mirada, tenía los ojos inyectados en sangre; y, para colmo, su boca era un festival carmesí. La gente corría de un lado a otro: unos llamaban a la policía, y otros trataban de separar a la loca de la desafortunada cajera, recibiendo arañazos y demás respuestas violentas por parte de la desequilibrada. Justo cuando se cerraban los cierres automáticos, nuestro compañero, que parecía muerto, se levantó del suelo.
Pero ya no era el mismo.
Me incorporé, y permanecí así un largo rato hasta que llegó la hora de prepararme para trabajar, y me fui sin comprobar si mi compañera se había ido ya. Al llegar al supermercado, vi a muchos de mis compañeros reunidos, y me acerqué, por curiosidad, parecía algo importante:
-...claro, es que esto es ya otro cosa -decía una mujer mayor a la que me acerqué-. Oh, hola Katherine.
-Buenas. ¿Qué ha pasado?
-¿No has visto la retransmisión? -lo negué-. Han anunciado que están a un paso de tener la cura del cáncer, y ya han empezado a ponerlas a los enfermos más graves. ¿No te parece increíble?
-Hombre, después de todas las veces que han dado el falso bombazo para llamar la atención, no sé si creérmelo.
-En eso tienes razón, este año ya han sido 3 -añadió uno de mis compañeros de trabajo con los que mejor me llevaba, Logan-. Pero no nos anticipemos, en algún momento acertarán.
-En este mundo hay límites, y puede ser que uno de ellos sea encontrar la cura, no sé cómo lo verás tú.
-Sabes que no coincido contigo, pero lo respeto -se aclaró la garganta, y se hizo un breve silencio-. Será mejor vayamos a nuestros puestos de trabajo, hay que prepararlo todo, abrimos en 10 minutos.
-Qué bien -dije, finalmente, cerrando la conversación-.
Me fui hacia mi caja, dispuesta a llevar a cabo mi ya habitual procedimiento para abrir la caja. La gente no tardaría en llegar, y sabía que el rumor por excelencia de entre las marujas del supermercado sería el anuncio "oficial". Recordé la primera vez que anunciaron que estaban haciendo avances con respecto a la cura del cáncer, me sorprendí, y me mantenía expectante durante las noticias, pero aquello se desvaneció muy pronto. Y los siguientes avisos tomaron el mismo rumbo. Sin darme cuenta, las primeros clientes entraron, no sin esquivar el cierre, que aún no había terminado de subir. Resultaba cómico ver la desesperación de los ancianos por ver cuál sería el que entrase el primero, ¿hacían apuestas o algo por el estilo?
La jornada pasó rápido, y antes de que me diese cuenta ya era la hora de cerrar. A pesar de que ya no cobraríamos a nadie más, algunas personas se negaban a salir, obligándonos a retrasar nuestra hora de salida. Tras varios intentos, logramos sacarlos a todos, o eso creíamos hasta que, en un pasillo encontramos a una mujer, la cual no parecía encontrarse en muy buen estado. Uno de mis compañeros se aproximó a preguntarla, y fui con él, pero no por tener interés en cómo estaba la mujer, sino por ir al almacén, donde estaban nuestras pertenencias. Entré, dejando a mi compañero atrás, y abrí mi taquilla con desgana, mientras oía de fondo el anuncio que advertía que el supermercado se iba a cerrar de inmediato. Me sobresalté al oír mezclado con el anunciador un grito de agonía. Saqué la cabeza levemente para comprobar de dónde venía aquel ruido terrible.
Vi a todo el personal del supermercado yendo de un lado a otro, escandalizado por algo que había pasado, y salí.
La escena que presencié a continuación fue la más grotesca que había visto nunca. El tipo que había ido a socorrer a la mujer yacía en el suelo, con la cara desfigurada y una gran mordisco en el cuello, estaba muerto con total seguridad. Mientras tanto, la mujer con la que había hablado cuando llegué al trabajo estaba forcejeando con la señora que no quería marcharse del establecimiento. Me fijé en su rostro: no tenía color en la piel, parecía albina; desprendía ferocidad y odio a través de su mirada, tenía los ojos inyectados en sangre; y, para colmo, su boca era un festival carmesí. La gente corría de un lado a otro: unos llamaban a la policía, y otros trataban de separar a la loca de la desafortunada cajera, recibiendo arañazos y demás respuestas violentas por parte de la desequilibrada. Justo cuando se cerraban los cierres automáticos, nuestro compañero, que parecía muerto, se levantó del suelo.
Pero ya no era el mismo.
¿Dos semanas para esto? ¡Quiero mi dinero de vuelta! Ah, espera, juasjuas.
ResponderEliminarJK, pinta bien esto, ¿va a haber sexo y drogas?
Eres imbécil, pero gracias por haberlo leído xD No, esos temas no van a participar en la historia.
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