Ese sentimiento de vacío, de inseguridad, de miedo, que me llena el alma, que domina mi ser. No me deja pensar, no me deja ser, da igual lo que haga, es parte de mi, así como lo son mi piel y el resto de órganos que me componen. Una ausencia total de entropía, la máxima expresión de la incoherencia y la locura, el decoro y la inocencia.
Despertarse cada día y sentir cómo me maneja algo que ya no soy yo, como si de un maestro titiritero y su marioneta se tratara. Mi versión antagónica, un yo metafórico copia de lo que una vez quise ser pero nunca alcancé, una mofa del destino cruel hacia aquello que proyecta mi mente con ilusión y esperanza y que, de un plumazo, se esfuma como el rocío de la mañana.
Cada vez cuesta más respirar, cada vez cuesta más seguir, la sombra que se cierne sobre mí es cada vez más grande y más dominante, tiene el control, pues yo en algún momento he renunciado al mismo y se lo he cedido.
¿Qué hacer cuando has perdido el camino, cuando se desvirtúa la figura que una vez fui? ¿Hay cura? ¿Existe alguna solución, si ya las puertas se cierran ante mí sin poder siquiera intentar cruzarlas? Se me ha ido todo completamente de las manos. Mi espacio seguro fue el cuerpo que una vez habité, pero que ya jamás recuperaré, y sin embargo aquí sigo, buscando algo que quisiera saber.
Y sin saber qué me depara el futuro, soy consciente de las consecuencias de mis actos, y de que no tengo el control sobre muchas de las cosas que me han sucedido y me sucederán. Solo me queda llorarlo en silencio y dejar que el mar de lágrimas sea el testigo directo del dolor que mi alma refleja, de aquello que una vez fui y que no volveré a ser. Caos, todo y nada a la vez.
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