lunes, 27 de julio de 2020

Navras - Capítulo 4




Cuando llegué al hotel me noté algo nerviosa. No había pensado en qué le iba a decir, me había quedado dándole vueltas a lo que Carlos me había dicho mientras me estaba maquillando. Tal vez había hecho bien, ni siquiera sabía si le iba a encontrar. 

Di un rodeo con la moto, la verdad es que parecía que había más gente que el día anterior. Fui al aparcamiento de empleados y aparqué. Al aproximarme, miré a hacia la puerta de salida de la cafetería, que no estaba muy lejos de la entrada de personal, y me frené en seco cuando reconocí a una de las figuras que se hallaba entre los fumadores: era mi objetivo. 

Sentí pánico en aquel momento, y pensé en no decir nada y seguir como si no hubiese sucedido, pero quería enmendar mis errores, y ello implicaba sin lugar a dudas superar mi ansiedad a las interacciones sociales, o al menos lidiar con ella mientras tanto. 

Me dirigí hacia allí con paso firme, sin que se notase que estaba algo inquieta por la situación, tenía que aparentar toda la normalidad que me fuese posible. Al acercarme, pude ver que estaba con otro tipo joven, pero algo más mayor que Tom, moreno, con perilla y gafas de sol, el día anterior no le había visto, o al menos no me había fijado. Estaban hablando, y ambos estaban posicionados de cara justo en mi dirección, por lo que fácilmente interceptarían, lo cual no me detuvo de ir hacia allí. Respiré profundamente, y cuando estuve lo suficientemente cerca, intenté pensar en qué decirle. Sí, muy ingenioso con un margen de 5 segundos pensar en qué decirle a una persona con la que te tienes que disculpar:

- Buenas, espero no interrumpir nada -dije, intentando ser educada-.

- Hola -dijo el chico con el que estaba Tom-. Creo que no tenemos el placer de conocernos.

- Buenas -me dijo Tom, algo cortado-. No seas así, por favor -le dijo a su compañero-.

- Estoy intentado ser galante Tom, por favor -le dijo, con cierto retintín-. Mi nombre es Anthony, y estoy a tu merced para lo que necesites -me dijo, haciendo una reverencia, lo cual me resultó de lo más extraño, y me hizo olvidar por un momento lo que iba a hacer-.

- Eh... -esperé a encontrar la manera más adecuada para hablar con Tom, y mientras me miraban ambos extrañados-. ¿Te importa que hable contigo un momento? -dije, mirando directamente a Tom con cierta incomodidad-. Es solo para una cosa, y os dejo seguir charlando - me arrepentí al instante de decir aquello, así sabrían que estaba fijándome en qué hacían antes de asaltarles-. 

- Claro, no te preocupes -me dijo Tom, amablemente-. Iba a entrar de todas formas en la cafetería, así que si quieres acompáñame y podemos hablar ahí, o sino aquí, como mejor te parezca.

- Pues... -no quería entrar en la cafetería, porque era probable que me echasen la bronca por hablar con clientes, y tampoco quería hablar con él, solo disculparme-. Es solo un momento, no hace falta.

- Ah vale -dijo, mientras me seguía a un área un poco más solitaria, pero sin alejarse demasiado de la zona de la cafetería-. 

- Verás -me situé en frente de él- ayer fui una completa imbécil, no te traté bien cuando tú fuiste el único que estuvo involucrado en el incidente y vino a disculparse...

- No te preocupes, no pasa nada, entiendo que mi comportamiento fue inaceptable y que estuvieses molesta por ello, ni siquiera me hizo gracia lo que ese cretino hizo, pero por la presión social y mi intento de encajar en un ambiente nuevo para mí lo hice de manera involuntaria -me quedé un poco inquietada por el lenguaje tan correcto que empleaba, incluso para una situación tan cotidiana-. No me quiero justificar ni excusar por ello, por supuesto, el imbécil fui yo y estoy totalmente de acuerdo con todo lo que me dijiste. 

- A ver, no puedes estar de acuerdo conmigo porque no obré bien -en aquel momento me fijé en que tenía unos ojos profundamente azules con un ligero toque verde, y sentí que había pedido el hilo-. Lo que quiero decir es que mis maneras fueron de una total maleducada y una completa borde, y quería disculparme.

- Pero mujer, no hace falta que te disculpes -me dijo, con una sonrisa-. Creo que hiciste bien en decirlo, y de verdad que admiro tu coraje y tu fuerza para decir las cosas, la sinceridad es algo muy difícil de ver en estos días - no podía creer que me estuviese halagando por estar a punto de devorarle vivo como si de cazador-presa se tratase-. Me sentí mal cuando me lo dijiste, pero no era una molestia hacia el comentario, sino hacia mí mismo porque era verdad todo lo que me habías mencionado -Tom debió notar un cambio de expresión en mi rostro, y pareció llamarle la atención-. ¿Qué pasa?

- Es que normalmente la gente no me suele halagar por ser borde. Bueno, por nada en realidad -me salió inevitablemente una sonrisa muy nerviosa-. 

- Vaya, lo lamento. Considero que hay que saber valorar determinadas cosas, y que el hecho de que no se valoren no implican su ausencia.

- Sí, estoy totalmente de acuerdo contigo -le respondí, sonriendo, esta vez más tranquila-. Bueno, de todas formas te pido perdón por ser tan brusca, y por no querer disculparte cuando me pediste perdón, ni falta hace decir que obviamente tus disculpas son aceptadas, si no las retiras, claro -Tom se rio-.

- Por supuesto que mantengo las disculpas, ¿por qué no lo iba a hacer? -por el momento me alegraba de haberme tragado mi ansiedad y haber hablado con Tom-. 

- También te quería dar las gracias por haberle explicado a mi jefe lo que pasó.

- Pero no me las tienes que dar -me dijo, con una amplia sonrisa-. No iba a dejar que iba injusticia semejante sucediese. Escuché lo que la comadreja dijo que había ocurrido, y le corregí, porque no había dicho ni media verdad, y ya que había hecho tantas cosas mal, decidí hacer al menos una bien. Por eso no tienes que darme las gracias, intenté reparar una parte del daño que había provocado.

- Insisto, por poco que consideres que has hecho, o que creas que no te las tengo que dar, déjame darte las gracias, porque si no hubieses intervenido yo estaría ahora sin trabajo, y muy apurada.

- Bueno, en ese caso, de nada -sonrió nuevamente-. Espero que no te dijese nada tu jefe. 

- No, para nada, fue muy comprensivo, pero eso fue por ti, yo no hice nada -miré el reloj, y vi que ya tenía que haber entrado al trabajo-. Vaya, me tengo que ir, mi turno empieza -dije, recogiendo mi bolsa, que había dejado apoyada mientras tanto en el suelo-. Oye, pero ahora pásate por la barra, te invito a un café.

- Oh vaya, muchas gracias, pero no te preocupes, no hace falta.

- Por favor, permíteme en gesto de buena voluntad y como signo de conciliación -le dije, con cierto tono hilarante-. 

- En ese caso no te puedo decir que no -se rio-. Nos vemos ahora entonces, así aprovecho y te comento una cosa que te quería preguntar. 

- Claro, hasta ahora -en aquel momento un sudor frío me empezó a brotar en la palma de las manos, y sentí como mi espalda y axilas actuaban del mismo modo-. 

Me fui a toda prisa al vestuario, por suerte ya tenía el uniforme puesto y solo tenía que dejar mis cosas en la taquilla. Guardé a toda prisa la bolsa, y fui deprisa a la cafetería, antes de que mi jefe se diese cuenta de que iba tarde y me pusiese alguna falta. 

Me inquietó que Tom quisiera preguntarme algo, ni siquiera nos conocemos, "¿Qué me va a preguntar?" Planteé decenas de posibles escenarios mientras llegaba a mi puesto de trabajo, y todos me tenían aterrada, "¿pero qué me va a preguntar?" "¿Qué quiere de mí?" son cuestiones que me bombardeaban la cabeza de manera intermitente y alterna. Respiré profundamente y miré a la gente que había en la cafetería. Al parecer Tom y Anthony todavía no habían entrado, así que tenía tiempo aún para pensar algo. 

No tenía que haber hablado con él, había sido una mala idea, ahora él quería seguir hablando, quería preguntarme algo, a mí, ¿por qué a mí? ¿Y qué le iba yo a decir? 

Me estaba agobiando, y no me había dado cuenta que había gente en la barra a la que atender, así que me puse a ello de inmediato. Me vino bien para relajarme y centrarme en mi trabajo, que era lo único que realmente importaba en aquel momento. 

Quitando algún que otro comentario pasable, no había tenido ningún altercado con ningún cliente, me sentía orgullosa de mí, aunque la mañana no había hecho más que empezar, y todavía muchas cosas más podían suceder; no obstante quise mantenerme lo más optimista posible al respecto. 

Vi por la puerta que daba a la calle entrar a Tom y a su amigo, y como bien imaginé, Tom se acercó a la barra. Me sentí nerviosa de nuevo, por un rato había olvidado que quería hablar conmigo, y era algo que no me transmitía buenas sensaciones, no quería ni necesitaba hablar con él más, todo había salido bien y ya y había tenido suficiente por aquel día.

Tomó asiento en la barra. "Genial, ahora querrá hablar conmigo, y si encima se ha buscado un sitio en el que sentarse es porque no aspira a ser breve en su mensaje, lo cual implica más interacción social" pensé, e intentando controlar mis gestos faciales, me acerqué:

- Oh, vaya, hola de nuevo -le dije, con cierto apuro-. Ahora mismo te preparo el café.

- No te preocupes, no hace fata, te agradezco el detalle -me respondió, con amabilidad-. 

- No es molestia, en serio -dije, huyendo del área para preparar el café, evitando así hablar-. 

Intenté demorarme lo máximo posible, pero maldije mi capacidad de anticipación por haber preparado suficiente café antes. Fui caminando despacio, revisando si se acercaba algún cliente, pero estaba todo sospechosamente tranquilo. Es curioso lo caprichoso que es el destino, y lo bien que se lo pasaba conmigo:

- Aquí tienes -dije, amablemente-.

- Muchas gracias -respondió, tomando un sorbo, a lo que aproveché para darme la vuelta e irme-. ¡Espera! -respiré profundamente y me di la vuelta, no tenía escapatoria-. Verás, ayer me fijé en que pusiste un cartel sobre un estudio que necesita voluntarios, y por curiosidad busqué información en el enlace que figuraba en ese anuncio, y no sabía muy bien a quién hablar al respecto, así que supuse que podría preguntarte a ti.

- Ah, sí, claro -respondí, en parte aliviada, aunque no sabía muy bien qué era lo que me esperaba que me dijese-. Es un estudio que está empezando ahora y se necesitan voluntarios para formar parte de la muestra para comenzar la semana que viene con las pruebas. ¿Qué es lo que quieres saber, específicamente? 

- Pues verás, me gustó lo que vi y leí, y quería saber si me podría apuntar. ¿Tú eres la que lo llevas?

- Sí, bueno, no -al decir aquello, vi que Tom ponía cara de confusión, y no le culpaba-. A ver, estoy terminando mi carrera y hago las prácticas con ese equipo de investigación, así que se podría decir que sí, aunque es mi "jefe" es que manda.

- Oh vaya, tiene que resultar interesante la experiencia -tomó otro sobro de café-. ¿Qué estudias? Si no es una pregunta muy indiscreta, claro.

- No, no, para nada. Estudio psicología, pero por favor, no me preguntes si te puedo leer la mente -vi como Tom se reía cuando dije aquello-. ¿Qué? Te resultaría sorprendente la cantidad de gente que compara a un psicólogo con un adivino clarividente.

- Eso no hace más que demostrar lo mal informada que está la gente. Yo desde que empecé a estudiar Derecho recibo el famoso comentario de "Ya tengo a quien me saque de la cárcel", si te sirve de consuelo -me reí, no me esperaba el comentario-.

- Sí, algo he escuchado. Pero oye, ¿sigues estudiando Derecho? 

- No, terminé hace unos años, hace escasos meses terminé el máster, y ahora trabajo en un despacho de abogados con el compañero que te he presentado antes.

- Ah, ya decía yo que eras mucho más joven que el resto de carcamales de la convención -al darme cuenta de la grosería que había soltado me puse roja-. Uy, perdón, no quería decir eso en voz alta -Tom se empezó a reír-.

- No pasa nada, son unos carcamales, tienes razón, pero no hay más que verlos: hombres chapados a la antigua, a cada cual más retrógrado y prehistórico -nos reímos-. Bueno, no te quiero entretener, que si te echan por mi culpa voy a tener que devolver el café, y ya me lo he tomado -nos reímos de nuevo, era un tipo simpático y agradable-. ¿Me podría apuntar entonces como voluntario a las pruebas de tu investigación?

- ¡Por supuesto! Oye, pero no se paga nada, quiero decir, que aunque especifica que es voluntario, alguna persona ya se ha echado atrás porque no se "remunera" la colaboración.

- Ya me lo imaginaba, no te preocupes, no he cambiado de opinión.

- Genial -sonreí, orgullosa de haber conseguido una persona más para el estudio-. Pues la semana que viene empezamos con las pruebas, ¿tienes hueco?

- Sí, supongo que alguno tendré pero, ¿qué horario hay? -me dijo, mientras me acercaba la taza de café terminada, facilitándome recogerla-. 

- Gracias - le dije al coger la taza-. Ah, es verdad, en lo que respecta a horarios no te puedo decir nada porque me tiene que pasar mi encargado la hoja con las inscripciones para ver horas libres. Si no recuerdo mal, las horas son de dos a cuatro de la tarde, ambas inclusive, que es cuando estamos los voluntarios -me tomé un momento para pensar si Vincenzo me había dicho algo más al respecto que poder comentarle a Tom-. Bueno, mi compañero y yo estamos lunes, miércoles y viernes, y los otros chicos que están en el laboratorio, martes y jueves. Eso es todo lo que te puedo decir, porque no tengo más información, lo siento. 

- No pasa nada, no creo que haya problema para encontrar alguna hora -me dijo, sonriendo-. ¿Te puedo dejar mi correo electrónico para que me contactes cuando dispongas de los horarios?

- Claro, sin problema, lo único que ahora no tengo aquí mi teléfono para apuntarlo, pero esto servirá -dije, mientras cogía una servilleta y un bolígrafo de los que tenía en el mandil-. 

- Vaya, qué eficiente -me comentó Tom, con una sonrisa en el rostro-. 

- Gajes del oficio, supongo. 

- Suelo estar bastante atento al correo por cuestiones de trabajo, pero por si acaso me pasara desapercibido, te dejo mi número de teléfono personal -oh vaya, no me esperaba aquello, parecía que estaba ligando más que reclutando a un nuevo navegante a bordo del barco "Matrícula de honor en prácticas"-. Para cualquier cuestión puedes escribirme a ese número, o si quieres me puedes mandar directamente el horario cuando lo tengas ahí, dejo la decisión en tus manos -dijo, mientras me devolvía el bolígrafo y me alcanzaba la servilleta-. Espero no haberte molestado -comentó, mientras se levantaba del taburete-.

- Para nada, en lo poco que te conozco has sido educado, me has salvado de perder el trabajo y eres voluntario del estudio que hace el equipo de investigación en el que estoy de prácticas, mereces mi atención mucho más que otras personas a las que les dedico más tiempo -aquello hizo sonreír a Tom de una manera diferente a la que lo estaba haciendo-.

- Gracias -colocó de vuelta el taburete a su sitio-. Un placer.

- Igualmente -le sonreí, de vuelta-.

No había estado tan mal, había sido una conversación interesante. Vi cómo se alejaba para sentarte con su compañero de trabajo, y sentí algo de pena, la verdad es que la conversación había sido muy fluida y agradable, y sentirme cómoda con alguien hablando era algo bastante complicado, sobre todo en el último año, que me había cerrado totalmente a la gente, incluso a relaciones (si así se le podía llamar) esporádicas. 

Al ver la servilleta no pude evitar sentirme extraña y sonreír. "Oh mierda" pensé, mientras intentaba digerir lo que estaba pasando. Ni que decir tiene que era un "no" rotundo para la parte irracional de mi ser que quería redirigir mi vida, ahora que había alcanzado un cierto nivel de estabilidad e incluso bienestar. 

lunes, 20 de julio de 2020

Navras - Capítulo 3



El camino a casa se me hizo eterno, aunque lo bueno de salir tarde del trabajo era que había pocos coches circulando, y eso siempre era de agradecer en una ciudad tan concurrida y con tan temerarios conductores y peatones como era Londres. No dejaba de pensar en todo lo que había pasado en la cafetería, me sentía como una auténtica mierda, y me merecía sentirme así por haberme comportado como lo había hecho. 

Mi vida parecía ser una constante de momentos de este estilo, aunque lo único bueno era que no había nadie que me pudiese hacer daño, a cualquier persona que se intentara acercar a mí la echaba. La versión negativa de todo esto es que estaba totalmente sola, y la única persona con la que tenía una relación de amistad, o simplemente una relación social, era Carlos, y todo ello porque yo no siempre fui así, y él ha sido el único amigo que he conservado. La positiva era que me había centrado en los aspectos más profesionales de mi vida y que no había sufrido por nadie en los últimos años. 

Todo ello no significaba que fuese bueno, no me gustaba ser así, pero con los años me he ido haciendo cada vez más reacia a acercarme a la gente, sobre todo porque cada vez que me mostraba vulnerable la otra parte se aprovechaba siempre de mí, y acababa sufriendo, y ya había tenido suficiente. 

Al cabo de una media hora escasa, divisé nuestra manzana, y encontré fácilmente un lugar en el que dejar la moto. En cuanto aparqué, Carlos me bombardeó:

- A ver, cuéntame, ¿qué ha pasado? ¿qué te ha dicho tu jefe? Ah, ¿por qué has tardado tanto?

- Para el carro, ahora te lo cuento todo. ¿Me dejarás al menos que lleguemos al piso? -dije, mientras me guardaba las llaves de la moto en el bolsillo y cogía la bolsa del trabajo-.

- Es que me tienes en ascuas, sabes que no soy una persona paciente... -respondió, mientras ponía cara de pena-.

- Bueno, si quieres que nos pongamos a hablar aquí tendrás que hacerte a la idea de que dejaré de ser persona muy pronto, porque me muero de hambre.

- Vale, está bien, pero espero que la espera, valga la redundancia, merezca la pena.

Continuamos hacia el piso, subimos cuidadosamente las enmoquetadas escaleras, y entramos al piso. Abrí a nevera y me preparé rápidamente una ensalada, a lo que Carlos me siguió. Cuando tuvimos la cena preparada, nos sentamos en la mesa, y ya con comida al menos cerca, sentía que podía hablar con algo más de propiedad:

-  Bueno, pues te acuerdas de todo lo que ha ocurrido hoy, ¿no? -le pregunté, a modo de inicio de la conversación-.

- Mi memoria no es que sea un portento, pero creo que recuerdo todo lo esencial -gesticuló con la cara, mientras pinchaba en su plato de ensalada algo de lechuga-.

- Pues cuando tú me estabas esperando, yo he ido a hablar con mi jefe.

- POR FAVOR -dijo, dando un golpe en la mesa y levantando la voz, a lo que yo le chiste para que bajase el volumen-. No puedo con esta tensión, no hace falta que me cuentes todo lo que ya sabía, quiero la chicha, lo gordo.

- Joder, pero te estoy contextualizando -le dije, ciertamente ofendida por no dejarme contar lo que había sucedido a mi modo-. Pues me he encontrado con mi jefe, y resulta que el imbécil que había dicho esas lindeces que te había comentado le había intentado colar una versión diferente de lo que pasó, pero alguien le corrigió, y gracias a eso mi jefe sabe lo que pasó de verdad y el que se llevó la bronca fue el cerdo trajeado.

- Oh vaya, me alegro -dijo Carlos, que parecía decepcionado-. ¿Y has estado tanto tiempo hablando con él?

- No, JODER -esta vez levanté la voz yo, y Carlos me imitó cuando le mandé chistar, pero esta vez él a mí-. Que no me dejas terminar. Pues resulta que el tipo en cuestión era el que se vino a disculpar y al que yo no traté demasiado bien.

- Me gusta tu eufemismo de "no tratar demasiado bien" queriendo decir "estar a punto de apuñalarle" -se limpió la boca con la servilleta, y se aclaró la voz-. A ver, he de decir que no me sorprende, ya te dije que no parecía mala persona, y había en todo momento intentado ser cortés contigo, así que sabes qué te voy a decir.

- Lo sé, y tienes toda la razón -proferí un profundo suspiro-. Me siento muy mal, fui una completa gilipollas, y por eso me he demorado más antes.

- Podías haber ido pensando en lo tonta que eres en la moto -me dijo, extrañado por mi comentario-.

- No, no, es que he buscado al chico porque me quería disculpar, y no le he visto.

- Ah, menos mal, porque me estaba empezando a preocupar tu comportamiento.

- Así que he pensado en buscarle mañana y disculparme entonces, porque no puedo dejar esto así. No soy buena persona, pero tampoco quiero ser mala.

- ¡No digas eso! -exclamó Carlos, enfadado-. Kat, eres una de las mejores personas que conozco, y que seas sincera y directa no te hace mala, el problema es que mucha gente lo ve así, porque hoy en día es mucho más fácil ir con falsas sonrisas y clavar puñales por la espalda que ir siempre de frente, y tú eres lo suficientemente inteligente y buena para haber tomado el camino correcto, y es una de las cosas que más me enorgullecen de ti - al oír sus palabras, sentí como una lágrima recorría mi mejilla-. 

- Digo la verdad, pero no soy buena, soy una auténtica imbécil, y una egoísta, y una...

- ¡Vale! -gritó Carlos, enfadado-. Esto lo hemos hablado mil veces, y te lo repetiré todas las veces que sean necesarias hasta que te entre en tu dura cabeza: no puedes odiarte tanto, necesitas ver tus capacidades, tus habilidades, tu potencial... Necesitas quererte, porque alejar a la gente de ti no es quererte ni ser egoísta, es huir, no querer enfrentarte a tus miedos e inseguridades -tragué saliva y respiré profundamente, tenía toda la razón del mundo-. 

- Lo siento -le respondí, sin saber muy bien qué más decir-. Quiero cambiar, y la cuestión es que ya sé cuál es mi problema, pero no sé cómo abordarlo.

- ¿Has pensado volver al psicólogo? Oye, ahora que me escucho, qué paradójico que estemos terminando la carrera y tengamos que ir al psicólogo, ¿verdad?

- No es paradójico, ponte en el caso de los médicos: ellos cuando tengan algún problema de salud física van al médico también.

- Es verdad -respondió Carlos, riéndose-. Bueno, pero no nos desviemos del mensaje principal. Dime, ¿qué te parecería volver a terapia?

- Es posible que me venga bien, pero ahora no tengo ni tiempo ni dinero.

- Esa no es excusa suficiente, Kat. En primer lugar, podrías hacer una hora a la semana y podrías hacer todo lo que tienes que hacer tanto de trabajo como de estudios, y en segundo lugar, te puede derivar el médico a un psicólogo, no es necesario que contrates tú a uno. Yo te doy esas posibilidades, pero hacerlo ya es cosa tuya.

- Está bien -suspiré-. Me lo pensaré e intentaré seguir tu consejo.

- Perfecto -sonrió satisfecho Carlos-. Y volviendo al tema de antes, el tipo ese con el que te has portado tan mal estaba bastante bien.

- Dios Carlos, no -dije, con pereza-. No puedes entrar a todo bicho viviente.

- ¿Tú le has visto? 

- Por supuesto, tengo ojos en la cara. Es un chico de apariencia atractiva y es joven, pero no sé, no lo voy tu tipo. Además, ¿cómo se supone que le vas a entrar, si a lo mejor ni siquiera yo le veo?

- Pues tienes razón -reconoció-. Oye, ¿cómo que no es mi tipo? 

- Es una forma de hablar, no sé, es que le veo demasiado correcto y sobrio, y tú eres demasiado dicharachero.

- Voy a ignorar que me has dicho que no soy sobrio y correcto porque me has dicho algo bueno, pero esto no quedará así -nos reímos-.

Terminamos de cenar, hablamos de algunas banalidades más del día y no tardamos en irnos a dormir. Sabíamos que irse a dormir al poco de haber cenado no era lo recomendable, pero teniendo los horarios que teníamos no nos quedaba tampoco más remedio. Además, tanto Carlos como yo teníamos que madrugar, él para trabajar, y yo para salir a correr y ducharme antes de ir a trabajar.

Me desperté antes de que sonara la alarma, no había dormido demasiado bien y llevaba unos cuantos minutos dando vueltas en la cama. Decidí levantarme, hacer la cama rápidamente y salir a hacer algo deporte, no tenía muchas ganas, pero al menos me ayudaría un poco a despejarme y a organizar mi día. Tenía que pensar además en qué hacer para dar con el chico con el que me tenía que disculpar, y en caso de encontrarle, qué decirle. 

Le di mil vueltas a la cabeza, y después de una hora de carrera por las aún vacías calles de Londres regresé a casa. Cuando entré por la puerta, me encontré a Carlos preparándose el desayuno, y aproveché para ducharme antes de que él tuviese que entrar al baño. Ya nos habíamos acostumbrado a nuestros horarios y habíamos aprendido a vivir con ellos. Me ofreció prepararme el desayuno, y al ver que estaba haciendo huevos revueltos me negué, llevaba ya un año intentando pasar del vegetarianismo al veganismo, y además tampoco era una particular fanática de los huevos.

Me metí en la ducha, me lavé con esmero, me puse directamente el uniforme del trabajo, y me sequé un poco el pelo. Miré el reloj, iba con tiempo de sobra, de hecho cuando salí del baño Carlos estaba terminando aún de desayunar, así que me lo tomé con tranquilidad. 

Como mi pelo era muy largo y rizado, decidí echarme algo para que se quedase más definido el rizo, y cogí algo de maquillaje, que no acostumbraba a llevar porque no tenía tiempo, y además tampoco tenía mucha idea de qué hacerme con él más allá de lo básico. Sin embargo Carlos era un auténtico maestro del potingue, había estado haciendo algunos cursos de maquillaje mientras acabábamos el instituto , y gracias a ello trabajaba en Sephora desde hacía ya prácticamente 4 años. 

Cogí mi estuche de maquillaje, y se lo dejé al lado del plato, poniendo mi mejor cara para convencerle de que me hiciese algo bonito en los ojos: 

- Oye, ¿te apetece hacerme algo chulo en los ojos? -Carlos se giró mientras aún terminaba su último trago de café a cámara lenta, dramatizando el momento, y me miró con una de sus caras más exageradas de sorpresa-. A ver, ¿qué?

- ¿Me estáis pidiendo que te haga una fantasía en los ojos? - continuó con su gesto de sorpresa en el rostro-.

- A ver, no quiero que me hagas algo super dramático, quiero algo discreto pero bonito, y sabes que yo no me sé poner sombras.

- Voy un poco justo de tiempo para el trabajo, pero bueno, como entiendo que me vas a acercar en moto porque eres una persona maravillosa y te voy a poner preciosa, tengo tiempo para hacerte algo -dijo, sonriendo-. Voy a recoger esto de la mesa, y te sientas aquí para que te maquille.

- Perfecto, te llevo al trabajo y tú me haces unos ojos bonitos -le sonreí de vuelta-. ¿Puedo desayunar mientras me lo haces?

- NO -respondió, de manera rotunda, casi antes de que terminara de preguntar-. Necesito que mi lienzo este en reposo, no puedo hacerte un ahumado increíble en los ojos mientras me masticas los cereales en la oreja -me reí al imaginar la escena-. 

- Está bien, pero espero que estés mentalizado de que quiero algo sencillo y bonito, nada de coloritos porque luego me veo muy rara. 

- No te ves rara cariño, es que tú eres así de serie -puse cara de falsa ofensa-. Te diría que es broma, pero eres rara, las cosas como son -hizo una breve pausa-. Aunque ojo, no lo digo con connotaciones negativas. 

- Claro, eso lo añades porque sabes que sino no te llevo al trabajo -nos reímos-.

Carlos empezó a echarme cosas en la cara. En principio le dije que me hiciera solo los ojos, en la cara no me ponía nunca nada, pero se le veía muy metido en su trabajo, así que no le quise interrumpir y le dejé libre albedrío dentro de las escasas indicaciones que le había dado. 

- Oye Kat, ¿por qué te ha apetecido maquillarte hoy específicamente? -me preguntó Carlos, de repente-. 

- Pues no sé, tenía tiempo y hacía mucho que no me ponía nada en la cara. ¿Por qué lo preguntas?

- No, era por saber... -sabía que algo estaría pensado al respecto, y que la conversación no terminaría ahí-. Es que es poco habitual, y la última vez que me pediste que te maquillase fue para una entrevista de trabajo.

- Bueno, pues me apetecía -abrí un ojo, y vi su cara de "sí, claro"-. ¿Qué pasa, no me puede apetecer?

- Sí, pero es que he observado algunas cosas y he elaborado una conjetura al respecto, a ver qué te parece: algo te ha motivado, no ha sido un estímulo interno, porque tanto tú como yo sabemos que no eres una fanática de "decorarte" la cara. Ese estímulo debe apreciar el maquillaje, por supuesto, entonces considero que se debe tratar de una persona. Bien, upes continuando con eso, y pensando en las personas con las que hoy vas a tener algún tipo de intercambio de información, considero que, quitando a clientes y compañeros del trabajo, van a ser dos, y uno de ellos es habitual -empecé a sospechar por dónde iban los tiros, pero quise dejarle terminar antes de discutirlo acaloradamente-. Estamos buscando algo nuevo, porque esto es fuera de lo habitual, y aquí entra nuestro Adonis. ¿Quién es él, te preguntarás? -suspiré, esperando a que de una vez por todas terminase de maquillarme y/o de contar su absurda suposición de persona que ve demasiadas series policíacas-. Ayer resulta que tuviste un encontronazo con un chico, Tom, que hoy le vas a pedir disculpas, por lo que sabes que vas a hablar con él.

- Sabía que ibas a decir eso, y no puedes estar más confundido.

- No lo estoy, sabes que soy muy observador. No quiero decir que te maquilles para él, porque sé que a ti luego te gusta el resultado, pero intentas llamar su atención porque te atrae. ¿O no es cierto? -la verdad es que no me lo había planteado, pero desarrollar sentimientos o interés hacia otras personas no era algo que formara parte de mí desde hacía mucho tiempo-.

- No, no lo es -le respondí, mientras abría los ojos y levantaba las cejas-.

- Puedes decir lo que quieras, pero lo que luego sea no tiene por qué corresponderse con lo que tú piensas. Además, me dijiste que no era mi tipo, y reconociste que es atractivo. 

- ¡Claro, pero hay mucha gente atractiva en el mundo y no me pasa esto con esa gente! -dije aquello sin pensar, queriendo expresar algo diferente, pero no me gustó nada lo que finalmente me salió-.

- ¿Ves? Te has delatado -dijo Carlos, sonriendo, satisfecho-. Ese chico te ha llamado la atención, y te atrae, y no es nada malo, ¿eh?

- No me he delatado, me he expresado mal, que es diferente. Ni me atrae ni me llama la atención ni hostias. A mí ese tipo ni me va ni me viene, no me interesa ni lo más mínimo, lo único que quiero es disculparme porque me siento mal conmigo misma y ya.

- Que no es nada malo, y no pasa nada si lo reconoces -suspiré y le miré, empezando a sentirme muy incómoda-. Además, me llama la atención una cosa que me hace inclinarme bastante por el hecho de que yo tengo razón: sabes cómo se llama, él te lo dijo, pero al referirte a él no le llamas nunca por su nombre.

- ¿Y eso qué coño tiene que ver? -le pregunté, profundamente extrañada-.

- Es algo subconsciente, no digo que lo hagas de manera intencional, pero no usas su nombre porque no quieres poner el carácter de entidad a esa atracción que te genera -noté cómo me empezaba a subir el calor a la cara-. 

- ¡No, no es cierto! -le grité, ya muy enfadada e incómoda-.

- Vale, vale... Bueno, dejemos el tema, porque al final me vas a terminar maquillando los ojos tú a mí con los puños -sonreí, la verdad es que ganas no me faltaban-.

Se me hizo eterna la sesión de maquillaje, pero por lo visto fue media hora, lo cual me comentó Carlos que era algo super rápido. Por ese tipo de cosas jamás sería maquilladora, yo no tenía esa paciencia para estar una hora o más toqueteando la cara a otros y pintándoles. El resultado me pareció alucinante, la verdad es que tenía una mano increíble, y aunque me picaba un poco la cara y me sentía extraña por la falsa de costumbre, pero me gustó el resultado. 

Desayuné rápidamente para que me diese tiempo a llevar a Carlos al trabajo, y en cuanto acabé fuimos directos a la moto. Le dejé en la puerta del trabajo, y me fui rápidamente haca al hotel, que no estaba demasiado lejos. Con suerte tendría tiempo para buscar a aquel chico, aunque no dejaba de plantearme lo que Carlos me había dicho antes. Le odiaba por meterme ese tipo de ideas en la cabeza, aunque tal vez ya estaban ahí antes de que él las mencionase, solo que en este caso habían despertado. 

lunes, 13 de julio de 2020

Navras - Capítulo 2



Justo en aquel momento entró por la puerta de la sala mi jefe. "Menuda suerte", pensé, si algo sucedía él lo vería, y estaba segura precisamente de que aquel era su objetivo, tenerme controlada. Era en este momento en el que tenía que tragarme las palabras e intentar no explotar, porque de aquel tipejo dependía mi puesto de trabajo y mi sueldo.

Preparé los cafés tal y como me pidieron, y me dirigí hacia la mesa con la bandeja en una mano, apretando el puño con la otra mientras respiraba profundamente e intentaba ignorar el desafortunado encuentro que había tenido con esos tipos. 

En la mesa no estaban solo los tres cretinos que habían venido a pedir, sino que se encontraban con otros cinco hombres trajeados, la mayoría sobrepasaban los cincuenta, y parecían muy metidos en su conversación. Aproveché el momento para acelerar el paso y servir rápidamente los cafés. Los dejé encima de la mesa, intentando acercarlos a los que habían pedido, y no pude pasar inadvertida, ya que en cuanto dejé en primer café sobre la mesa la conversación tomó un segundo plano:

- Muchas gracias -dijo el chico joven que antes me había parecido majo pero que en realidad se había mostrado como otro imbécil-.

- Oye muñeca, te podías quedar un rato con nosotros -dijo el mismo que antes me había soltado el "inapropiado" comentario, por así decirlo-.

- Disculpe, estoy trabajando -intenté dar una respuesta cortante y ser educada para no llamar la atención de mi jefe-.

- No vas a tener una oportunidad como esta -se rió, esta vez sin ser seguido por sus compañeros, que no obstante apoyaban su fanfarronería con algún comentario totalmente fuera de lugar-.

- Perdone, estoy en mi puesto de trabajo y este es un establecimiento público, usted lo debería saber mejor que nadie siendo un "conocedor" del Derecho, así que le recomiendo que deje de hacer este tipo de comentarios.

- ¿Por qué? -dijo el tipo, en voz más alta de lo normal, llamando entonces la atención de mi jefe, que estaba sentado relativamente lejos como para oír nada, pero sí para ver-. Yo no he dicho ni he hecho nada malo, ¿quién te crees que eres, niñata?

- ¿Disculpe? ¿Puede volver a repetir eso? -le dije, acercándome a él con una taza de café en la mano, dispuesta a tirársela por encima-.

- Que las jóvenes de hoy en día vais muy liberales y muy sueltecitas, os vendría bien un buen hombre que os domine y os dé lo que necesitáis para que se os quite la tontería de encima -cuando soltó aquel comentario me decidí a tirarle el café por encima, pero mi jefe llegó justo a tiempo para pararme-.

- Quieta Evans, por favor, ve un momento fuera y cálmate, que yo hable con este hombre.

- Esta chica está muy mal -dijo el hijo de puta antes de que me marchase-.

Salí por la puerta del lateral derecho del bar, que daba a los contenedores del hotel, y era donde mucha de la gente salía a fumar. Estaba roja de la ira, y a los pocos segundos salió Carlos, con cara de preocupación:

- ¿Qué ha pasado? -me preguntó, acercándose a mí y poniéndome un brazo en el hombro, mientras por mis mejillas caían lágrimas de impotencia-.

- Pues que el tipo que me ha hecho el comentario antes cuando ha venido a pedir me ha vuelto a decir una sarta de gilipolleces a cada cual más grande. Creo que es fácil cabrearme, pero tanto en tan poco tiempo no, así que te puedes hacer una idea. 

- Joder Kat, lo siento mucho -me dio un abrazó, y lo acepté, sentía que necesitaba ser reconfortada en aquel momento, aunque fuese al lado de los cubos de basura del hotel-.

- Es que el problema ahora es que como mi jefe es un lameculos y el asqueroso que me ha dicho esas groserías va a contar su versión, y me va a caer una bronca importante, de lo cual puede depender mi puesto de trabajo -dije, mientras empezaba a sollozar, preocupada por la situación-. ¿Y qué voy a hacer ahora si me echa? Porque no tendría dinero suficiente para pagar el alquiler, y me voy a la calle y...

- Pero vamos a ver, si todo eso ocurriese, que no lo sabes y es muy probable que no sea así, ¿crees que voy a dejar que te quedes en la calle, estúpida? -dijo, mientras me daba un golpe suave en el brazo-.

- Muchas gracias Carlos, me alegro un montón de tenerte en mi vida -le respondí, secándome las lágrimas e intentando recomponerme-.

- No tienes que agradecer nada Kat, siempre he estado ahí, o al menos lo he intentado, y va a seguir siendo así, a no ser que un día me asesines -comentó, y me hizo sacar una leve sonrisa-. Bueno, si estas mejor voy a irme para dentro, que necesito ir al servicio -le miré, extrañada-. ¿Qué? Es que he bebido un té helado y ha bajado muy rápido -me dijo, mientras gesticulaba con los brazos-.

- Está bien, yo esperaré unos segundos más y entro, que necesito un último instante de paz antes de enfrentarme a lo que viene.

- Que no, no seas tan pesimista. Venga, nos vemos dentro -dijo, mientras se metía de nuevo a la cafetería-bar.

Respiré profundamente. Me aterraba perder el trabajo, porque como le había dicho ya a Carlos, con mi sueldo de repartidora en la pizzería no me daba prácticamente para nada, y necesitaba mantener este trabajo. Ya había buscado otras opciones, pero en todas querían a personas jóvenes con experiencia de mínimo 5 años, y yo a pesar de haber estado trabajando desde los 16 años, no figuraba en los registros, y lo que "legalmente" figuraba era una miseria para encontrar un trabajo medianamente decente.

Decidí que ya había pasado demasiado tiempo, y volví a entrar, esperando encontrarme lo peor al otro lado. 

Para mi sorpresa, al abrir las puertas todo estaba bastante tranquilo, el bullicio inicial persistía, pero no había ninguna discusión y, lo que era más importante, mi jefe no estaba allí. Quería pensar que aquello sería buena señal, pero de todas formas cuando acabase mi turno iría a hablar con él, con el objetivo al menos de salir de dudas y saber si me iba de patitas a la calle o seguía en mi puesto.

Llegué a la barra, y desde allí observé el escenario: el tipo que me había atacado verbalmente ya no estaba, y faltaba alguno más de su grupo, entre ellos el otro señor mayor que había venido con él y el tipo joven a pedir los cafés. En el momento en el forcé más la vista para comprobar si estaba en lo cierto, el chio joven justo me miró, y me sentí tremendamente avergonzada. Se iba a creer que le estaba mirando, y eso incomoda a la gente, así que decidí apartar la vista de inmediato de la mesa de aquellos tipos y centrarme en lo que estaba haciendo. 

Por lo demás, todo estaba normal, y Carlos no tardó en llegar. Pidió otro té helado, y cuando se lo serví vi que no venía nadie a quien atender, así que cogí un par de carteles y los repartí por el espacio de la cafetería. No tardé en volver a mi puesto de trabajo, y a partir de aquel momento todo fue mucho más fácil.

Tuve que atender a bastante gente, así que estuve muy ocupada durante mi jornada laboral. Estuve pendiente todo el rato de si aparecía el gusano que me había hecho los comentarios asquerosos o si entraba mi jefe, pero ninguno de los dos hizo acto de presencia en el tiempo que estuve sirviendo. 

Una hora antes de que acabara mi turno, mientras hablaba con Carlos sobre qué haríamos de cena, el chico joven de los abogados que iba con el resto de idiotas que me habían pedido café se acercó. Crucé los dedos para que no me soltase ningún comentario como su amiguito había hecho anteriormente:

- Hola, ¿Evans? -el hecho de que supiese mi apellido me dejó descolocada-.

- ¿Cómo sabes mi apellido?

- Ah perdona, pensaba que era tu nombre... Lo había dicho antes tu supervisor.

- No, mi nombre es Katherine, ¿Quieres algo? -le pregunté, aún desconcertada por su intervención-.

- Eh, hola, encantado, perdona ser tan descortés y tan repentino -esbozó una sonrisa nerviosa-. Soy Tom, y quería disculparme por el comportamiento de antes de mi compañero.

- ¿Perdona? -me quedé muy extrañada, parecía una cámara oculta-. En primer lugar, el que se debería disculpar de "su" comportamiento es el que lo ha llevado a cabo, y por otra parte, está muy bien que vengas a disculparte por él de algo que él -recalqué la palabra tan bien como pude para ser clara- ha hecho, pero creo que podrías hablar por ti también, porque aunque no hayas hecho el comentario, has sido figura pasiva, y la omisión también es un comportamiento negativo -la cara del tipo era un cuadro, me miraba fijamente ojiplático-. No has dicho nada cuando él ha sido un jodido maleducado, y encima te has reído la primera vez, así que creo que podrías empezar por disculparte de lo que no has hecho y en parte has hecho, no vengas con tu vanidad y la de tus colegas por bandera porque no sirve de nada.

Carlos me miró sorprendido también. Me sentí enormemente aliviada al decir aquello, Carlos, me miró con una expresión de sorpresa y miedo en su rostro, y Tom se quedó con la mirada perdida petrificado. Reaccionó al cabo de breves instantes:

- Tienes razón -dijo, agachando la cabeza y apartando la mirada-. Lo siento, tendría que haber hecho algo cuando mi compañero ha proferido esas impertinencias hacia ti. 

- Pero no lo has hecho, y eso es ya pasado, así que no me valen las disculpas -le respondí, mientras encogía los hombros-.

Tom me miró, parecía incómodo, y se fue de la cafetería. Es posible que se hubiese disgustado bastante con lo que le había dicho, pero así al menos tendría un problema menos al que enfrentarme el sábado, porque le pediría café a cualquiera de mis compañeros menos a mí. 

En cuanto estuvo lo suficientemente lejos, Carlos se acercó a mí, probablemente tenía mucho que decir por las múltiples expresiones que se habían reflejado en su rostros a lo largo de este episodio tan extraño:

- Adelante, di todo lo que quieras -le solté, para darle libertad en su discurso-.

- Hablas muy bien, eso que vaya por delante -sabía que lo que me diría a continuación no iba a ser positivo por ese comentario-, pero el chico ha venido con intención de disculparse porque te has sentido mal por lo que ha pasado y has sido muy borde.

- Pero vamos a ver Carlos, ¿no es cierto lo que le he dicho? 

- Por supuesto que lo es, pero él no te conoce y se lo puede haber tomado a malas, y él es el único que se ha venido a disculpar.

- De algo que no había hecho, cuando él también tenía aspectos de los que disculparse -quise recalcar-.

- Que sí, pero no puedes decir de primeras a una persona que intenta ser educada contigo eso así. Quiero decir, es verdad que él tenía que haberse disculpado, pero se lo has dicho de una manera...

- Muy directa, ya, ¿y qué, eso te sorprende? Llevo siendo así toda la vida. 

- No has sido así siempre, Kat, pero entiendo que seas así -me quedé calada porque no quería que empezara a hablar de eso, a pesar de que tenía razón-. Lo que quiero que entiendas tú es que ese chico ha venido a disculparse porque sabe que lo que ha pasado está mal, y aunque no lo ha hecho de la manera más adecuada ni con las mejores palabras, lo ha hecho, y creo que tú le has hecho sentir mal, lo cual no se merecía. 

- Bueno, así tengo un problema menos, mañana si viene no me pedirá a mi café y no tendrá que disculparse conmigo de nada -la expresión de Carlos cambió totalmente-.

- Hay veces que te mataría -me dijo, con un tono de voz sobrio-. No puedes ser así, es que ese razonamiento es muy destructivo, y lo sabes bien porque estudias lo mismo que yo, y de eso sabes lo mismo que yo también. 

- No empieces con eso, porque no va a acabar bien. Dejémoslo en que el día de hoy ha sido complicado y ya está, mañana será un nuevo día.

- Dios mío, eres la persona más evitativa que conozco. Es que no puedes estar constantemente huyendo de los problemas Kat, y ese es uno de tus grandes problemas, que no das la cara a los problemas, simplemente buscas la manera de alejarte de ellos o de alejarlos en vez de enfrentarlos. Y sabes tú mejor que nadie que eso no te lleva a ningún sitio -me estaba empezando a encontrar mal y no quise comentar nada, porque tenía razón, aunque me jodiera reconocerlo-. Sé que no puedes enfrentarte a todo, sobre todo a esas cosas que menos dependen de ti y de las cuales no tienes culpa, pero puedes hacer las cosas bien, y quiero que pienses en ello.

- Hablas como mi terapeuta -le dije, para quitar seriedad a la conversación-. 

- Y encima a mí no me tienes que pagar -se rio-. Bueno, dejemos esta conversación aquí aparcada, y espero por favor que me hagas caso, porque siempre te digo lo mismo, y a veces parece que me escuchas, y otras no.

- ¿Qué decías? No te estaba escuchando -nos reímos-.

A pesar de que había intentado mostrarme "guasona", por dentro me sentía muy mal, tanto conmigo misma como con todo lo demás que había pasado. Todo ello tenía un punto común, y era yo, si yo no hubiese estado en esas situaciones no habría pasado nada y todo seguiría bien. Había sido un viernes de mierda, y encima lo había hecho todo mal. Lo peor de todo además era que el día no había acabado, tenía que ir a hablar con el jefe para saber qué había pasado con el cerdo que se había metido conmigo. 

Serví un par de copas más, y vi que ya era lo hora de salir. Un poco antes llegó mi compañera, y ya estaba lista para sustituirme, así que me quite el mandil, deje los utensilios más o menos ordenados, le pedí a Carlos que me esperase en la puerta principal para ir a recogerle con la moto y regresar a casa, y fui a buscar a mi jefe. 

No me fue muy difícil buscarle, estaba en recepción ayudando al chico que estaba atendiendo a ordenar unos papeles. Me acerqué con miedo, y le di un ligero toque en el hombro, como si de un animal salvaje se tratase:

- Hola David, quería hablar contigo -se dio la vuelta y me miró, bastante serio-.

- Sí, un momento -me dijo, mientras dejaba lo que tenía en la mano encima del mostrador y me acompañaba a lado más despejado del pasillo para poder hablar-. Tú me dirás.

- ¿No tienes nada que decirme?

- No... -me respondió, mientras se rascaba la cabeza, pensativo-. Ah bueno, el abogado de antes, he hablado con él y ha decidido marcharse.

- ¿Y a mí me va a pasar algo? -le pregunté, intentando ser sutil, pero con una importante preocupación-.

- ¿Cómo que si a ti te va a pasar algo? -se rió-. Vamos a ver, ese tipo no se ha comportado como debía, y mira que me ha hecho al principio creer que sí, pero ha venido luego un compañero suyo de la mesa y me ha dicho que él te había hecho unos comentarios muy desagradables e innecesarios, y bueno, ya he tenido que habar con él.

- ¿En serio? -estaba anonadada, casi grito de felicidad al oír aquello-.

- Sí, se lo puedes preguntar al chico que vino a contarme lo que había pasado, era el más joven de los que estaban sentados allí, no sé si le habrás visto: es alto, rubio, trajeado...

- Ah, vale... -esta vez la que se había quedado blanca y de piedra había sido yo-. Bueno, gracias, mañana nos vemos.

- Hasta mañana, Evans -se despidió mi jefe, mientras me alejaba hacia la puerta de empleados para cambiarme e irme-.

Mierda, era el chico que encima había venido a disculparse. En aquel momento me sentí en parte aliviada, porque no iba a ser despedida, pero por otra parte extremadamente culpable, y de momento iba ganando la última sensación. Necesitaba disculparme con aquel chico, me había hecho una idea preconcebida muy negativa sobre él, y había dejado que ello nublase mi juicio y le tratase como a una basura. 

Ya antes de saber todo esto le daba la razón a Carlos respecto a su discurso de cómo soy, pero no dejaba de toparme con cosas que le daban la razón, y eso me hacía muchas veces no querer dar mi brazo a torcer y negarme a ver la realidad. ¿Tenía razón en lo que le había dicho? Sí, pero como había comentado Carlos, no tenía que haberlo dicho de aquel modo.

Me entretuve unos minutos buscando por los pasillos al tipo, sentía que aunque fuese extraño buscar a alguien así necesitaba disculparme, porque había sido una completa gilipollas y él encima me había salvado el culo, lo mínimo que podía hacer era pedir perdón. Cada vez me sentía peor y más culpable, y tras unos diez minutos de buscar, pensé en aprovechar e ir antes al día siguiente para buscarle, o sino preguntaría en recepción.

Fui al vestuario de personal, recogí mi bolsa, saqué las llaves de la moto, y arranqué, dándome toda la prisa que pude para no hacer esperar más a Carlos. Le vi a lo lejos, le pité con la moto para llamar su atención, y cuando estuve lo suficientemente cerca de él paré la moto:

- ¿Ha pasado algo? -me preguntó, con un tono de voz preocupado-. Has tardado como media hora...

- No es nada, he ido a hablar con el jefe y todo bien. Cuando lleguemos a casa te cuento -le respondí, sin querer dar muchos detalles, porque sino jamás llegaríamos a casa-.

- Ah vale, me alegro -sonrió, aliviado-. Bueno, vamos y ya me cuentas.

Carlos se subió la moto, y en la oscuridad de la noche nos dirigimos al piso. Sabía que si le contaba lo que había pasado me iba a repetir el mismo discurso de antes, pero lo dejaría estar porque verdaderamente me lo merecía.