El camino a casa se me hizo eterno, aunque lo bueno de salir tarde del trabajo era que había pocos coches circulando, y eso siempre era de agradecer en una ciudad tan concurrida y con tan temerarios conductores y peatones como era Londres. No dejaba de pensar en todo lo que había pasado en la cafetería, me sentía como una auténtica mierda, y me merecía sentirme así por haberme comportado como lo había hecho.
Mi vida parecía ser una constante de momentos de este estilo, aunque lo único bueno era que no había nadie que me pudiese hacer daño, a cualquier persona que se intentara acercar a mí la echaba. La versión negativa de todo esto es que estaba totalmente sola, y la única persona con la que tenía una relación de amistad, o simplemente una relación social, era Carlos, y todo ello porque yo no siempre fui así, y él ha sido el único amigo que he conservado. La positiva era que me había centrado en los aspectos más profesionales de mi vida y que no había sufrido por nadie en los últimos años.
Todo ello no significaba que fuese bueno, no me gustaba ser así, pero con los años me he ido haciendo cada vez más reacia a acercarme a la gente, sobre todo porque cada vez que me mostraba vulnerable la otra parte se aprovechaba siempre de mí, y acababa sufriendo, y ya había tenido suficiente.
Al cabo de una media hora escasa, divisé nuestra manzana, y encontré fácilmente un lugar en el que dejar la moto. En cuanto aparqué, Carlos me bombardeó:
- A ver, cuéntame, ¿qué ha pasado? ¿qué te ha dicho tu jefe? Ah, ¿por qué has tardado tanto?
- Para el carro, ahora te lo cuento todo. ¿Me dejarás al menos que lleguemos al piso? -dije, mientras me guardaba las llaves de la moto en el bolsillo y cogía la bolsa del trabajo-.
- Es que me tienes en ascuas, sabes que no soy una persona paciente... -respondió, mientras ponía cara de pena-.
- Bueno, si quieres que nos pongamos a hablar aquí tendrás que hacerte a la idea de que dejaré de ser persona muy pronto, porque me muero de hambre.
- Vale, está bien, pero espero que la espera, valga la redundancia, merezca la pena.
Continuamos hacia el piso, subimos cuidadosamente las enmoquetadas escaleras, y entramos al piso. Abrí a nevera y me preparé rápidamente una ensalada, a lo que Carlos me siguió. Cuando tuvimos la cena preparada, nos sentamos en la mesa, y ya con comida al menos cerca, sentía que podía hablar con algo más de propiedad:
- Bueno, pues te acuerdas de todo lo que ha ocurrido hoy, ¿no? -le pregunté, a modo de inicio de la conversación-.
- Mi memoria no es que sea un portento, pero creo que recuerdo todo lo esencial -gesticuló con la cara, mientras pinchaba en su plato de ensalada algo de lechuga-.
- Pues cuando tú me estabas esperando, yo he ido a hablar con mi jefe.
- POR FAVOR -dijo, dando un golpe en la mesa y levantando la voz, a lo que yo le chiste para que bajase el volumen-. No puedo con esta tensión, no hace falta que me cuentes todo lo que ya sabía, quiero la chicha, lo gordo.
- Joder, pero te estoy contextualizando -le dije, ciertamente ofendida por no dejarme contar lo que había sucedido a mi modo-. Pues me he encontrado con mi jefe, y resulta que el imbécil que había dicho esas lindeces que te había comentado le había intentado colar una versión diferente de lo que pasó, pero alguien le corrigió, y gracias a eso mi jefe sabe lo que pasó de verdad y el que se llevó la bronca fue el cerdo trajeado.
- Oh vaya, me alegro -dijo Carlos, que parecía decepcionado-. ¿Y has estado tanto tiempo hablando con él?
- No, JODER -esta vez levanté la voz yo, y Carlos me imitó cuando le mandé chistar, pero esta vez él a mí-. Que no me dejas terminar. Pues resulta que el tipo en cuestión era el que se vino a disculpar y al que yo no traté demasiado bien.
- Me gusta tu eufemismo de "no tratar demasiado bien" queriendo decir "estar a punto de apuñalarle" -se limpió la boca con la servilleta, y se aclaró la voz-. A ver, he de decir que no me sorprende, ya te dije que no parecía mala persona, y había en todo momento intentado ser cortés contigo, así que sabes qué te voy a decir.
- Lo sé, y tienes toda la razón -proferí un profundo suspiro-. Me siento muy mal, fui una completa gilipollas, y por eso me he demorado más antes.
- Podías haber ido pensando en lo tonta que eres en la moto -me dijo, extrañado por mi comentario-.
- No, no, es que he buscado al chico porque me quería disculpar, y no le he visto.
- Ah, menos mal, porque me estaba empezando a preocupar tu comportamiento.
- Así que he pensado en buscarle mañana y disculparme entonces, porque no puedo dejar esto así. No soy buena persona, pero tampoco quiero ser mala.
- ¡No digas eso! -exclamó Carlos, enfadado-. Kat, eres una de las mejores personas que conozco, y que seas sincera y directa no te hace mala, el problema es que mucha gente lo ve así, porque hoy en día es mucho más fácil ir con falsas sonrisas y clavar puñales por la espalda que ir siempre de frente, y tú eres lo suficientemente inteligente y buena para haber tomado el camino correcto, y es una de las cosas que más me enorgullecen de ti - al oír sus palabras, sentí como una lágrima recorría mi mejilla-.
- Digo la verdad, pero no soy buena, soy una auténtica imbécil, y una egoísta, y una...
- ¡Vale! -gritó Carlos, enfadado-. Esto lo hemos hablado mil veces, y te lo repetiré todas las veces que sean necesarias hasta que te entre en tu dura cabeza: no puedes odiarte tanto, necesitas ver tus capacidades, tus habilidades, tu potencial... Necesitas quererte, porque alejar a la gente de ti no es quererte ni ser egoísta, es huir, no querer enfrentarte a tus miedos e inseguridades -tragué saliva y respiré profundamente, tenía toda la razón del mundo-.
- Lo siento -le respondí, sin saber muy bien qué más decir-. Quiero cambiar, y la cuestión es que ya sé cuál es mi problema, pero no sé cómo abordarlo.
- ¿Has pensado volver al psicólogo? Oye, ahora que me escucho, qué paradójico que estemos terminando la carrera y tengamos que ir al psicólogo, ¿verdad?
- No es paradójico, ponte en el caso de los médicos: ellos cuando tengan algún problema de salud física van al médico también.
- Es verdad -respondió Carlos, riéndose-. Bueno, pero no nos desviemos del mensaje principal. Dime, ¿qué te parecería volver a terapia?
- Es posible que me venga bien, pero ahora no tengo ni tiempo ni dinero.
- Esa no es excusa suficiente, Kat. En primer lugar, podrías hacer una hora a la semana y podrías hacer todo lo que tienes que hacer tanto de trabajo como de estudios, y en segundo lugar, te puede derivar el médico a un psicólogo, no es necesario que contrates tú a uno. Yo te doy esas posibilidades, pero hacerlo ya es cosa tuya.
- Está bien -suspiré-. Me lo pensaré e intentaré seguir tu consejo.
- Perfecto -sonrió satisfecho Carlos-. Y volviendo al tema de antes, el tipo ese con el que te has portado tan mal estaba bastante bien.
- Dios Carlos, no -dije, con pereza-. No puedes entrar a todo bicho viviente.
- ¿Tú le has visto?
- Por supuesto, tengo ojos en la cara. Es un chico de apariencia atractiva y es joven, pero no sé, no lo voy tu tipo. Además, ¿cómo se supone que le vas a entrar, si a lo mejor ni siquiera yo le veo?
- Pues tienes razón -reconoció-. Oye, ¿cómo que no es mi tipo?
- Es una forma de hablar, no sé, es que le veo demasiado correcto y sobrio, y tú eres demasiado dicharachero.
- Voy a ignorar que me has dicho que no soy sobrio y correcto porque me has dicho algo bueno, pero esto no quedará así -nos reímos-.
Terminamos de cenar, hablamos de algunas banalidades más del día y no tardamos en irnos a dormir. Sabíamos que irse a dormir al poco de haber cenado no era lo recomendable, pero teniendo los horarios que teníamos no nos quedaba tampoco más remedio. Además, tanto Carlos como yo teníamos que madrugar, él para trabajar, y yo para salir a correr y ducharme antes de ir a trabajar.
Me desperté antes de que sonara la alarma, no había dormido demasiado bien y llevaba unos cuantos minutos dando vueltas en la cama. Decidí levantarme, hacer la cama rápidamente y salir a hacer algo deporte, no tenía muchas ganas, pero al menos me ayudaría un poco a despejarme y a organizar mi día. Tenía que pensar además en qué hacer para dar con el chico con el que me tenía que disculpar, y en caso de encontrarle, qué decirle.
Le di mil vueltas a la cabeza, y después de una hora de carrera por las aún vacías calles de Londres regresé a casa. Cuando entré por la puerta, me encontré a Carlos preparándose el desayuno, y aproveché para ducharme antes de que él tuviese que entrar al baño. Ya nos habíamos acostumbrado a nuestros horarios y habíamos aprendido a vivir con ellos. Me ofreció prepararme el desayuno, y al ver que estaba haciendo huevos revueltos me negué, llevaba ya un año intentando pasar del vegetarianismo al veganismo, y además tampoco era una particular fanática de los huevos.
Me metí en la ducha, me lavé con esmero, me puse directamente el uniforme del trabajo, y me sequé un poco el pelo. Miré el reloj, iba con tiempo de sobra, de hecho cuando salí del baño Carlos estaba terminando aún de desayunar, así que me lo tomé con tranquilidad.
Como mi pelo era muy largo y rizado, decidí echarme algo para que se quedase más definido el rizo, y cogí algo de maquillaje, que no acostumbraba a llevar porque no tenía tiempo, y además tampoco tenía mucha idea de qué hacerme con él más allá de lo básico. Sin embargo Carlos era un auténtico maestro del potingue, había estado haciendo algunos cursos de maquillaje mientras acabábamos el instituto , y gracias a ello trabajaba en Sephora desde hacía ya prácticamente 4 años.
Cogí mi estuche de maquillaje, y se lo dejé al lado del plato, poniendo mi mejor cara para convencerle de que me hiciese algo bonito en los ojos:
- Oye, ¿te apetece hacerme algo chulo en los ojos? -Carlos se giró mientras aún terminaba su último trago de café a cámara lenta, dramatizando el momento, y me miró con una de sus caras más exageradas de sorpresa-. A ver, ¿qué?
- ¿Me estáis pidiendo que te haga una fantasía en los ojos? - continuó con su gesto de sorpresa en el rostro-.
- A ver, no quiero que me hagas algo super dramático, quiero algo discreto pero bonito, y sabes que yo no me sé poner sombras.
- Voy un poco justo de tiempo para el trabajo, pero bueno, como entiendo que me vas a acercar en moto porque eres una persona maravillosa y te voy a poner preciosa, tengo tiempo para hacerte algo -dijo, sonriendo-. Voy a recoger esto de la mesa, y te sientas aquí para que te maquille.
- Perfecto, te llevo al trabajo y tú me haces unos ojos bonitos -le sonreí de vuelta-. ¿Puedo desayunar mientras me lo haces?
- NO -respondió, de manera rotunda, casi antes de que terminara de preguntar-. Necesito que mi lienzo este en reposo, no puedo hacerte un ahumado increíble en los ojos mientras me masticas los cereales en la oreja -me reí al imaginar la escena-.
- Está bien, pero espero que estés mentalizado de que quiero algo sencillo y bonito, nada de coloritos porque luego me veo muy rara.
- No te ves rara cariño, es que tú eres así de serie -puse cara de falsa ofensa-. Te diría que es broma, pero eres rara, las cosas como son -hizo una breve pausa-. Aunque ojo, no lo digo con connotaciones negativas.
- Claro, eso lo añades porque sabes que sino no te llevo al trabajo -nos reímos-.
Carlos empezó a echarme cosas en la cara. En principio le dije que me hiciera solo los ojos, en la cara no me ponía nunca nada, pero se le veía muy metido en su trabajo, así que no le quise interrumpir y le dejé libre albedrío dentro de las escasas indicaciones que le había dado.
- Oye Kat, ¿por qué te ha apetecido maquillarte hoy específicamente? -me preguntó Carlos, de repente-.
- Pues no sé, tenía tiempo y hacía mucho que no me ponía nada en la cara. ¿Por qué lo preguntas?
- No, era por saber... -sabía que algo estaría pensado al respecto, y que la conversación no terminaría ahí-. Es que es poco habitual, y la última vez que me pediste que te maquillase fue para una entrevista de trabajo.
- Bueno, pues me apetecía -abrí un ojo, y vi su cara de "sí, claro"-. ¿Qué pasa, no me puede apetecer?
- Sí, pero es que he observado algunas cosas y he elaborado una conjetura al respecto, a ver qué te parece: algo te ha motivado, no ha sido un estímulo interno, porque tanto tú como yo sabemos que no eres una fanática de "decorarte" la cara. Ese estímulo debe apreciar el maquillaje, por supuesto, entonces considero que se debe tratar de una persona. Bien, upes continuando con eso, y pensando en las personas con las que hoy vas a tener algún tipo de intercambio de información, considero que, quitando a clientes y compañeros del trabajo, van a ser dos, y uno de ellos es habitual -empecé a sospechar por dónde iban los tiros, pero quise dejarle terminar antes de discutirlo acaloradamente-. Estamos buscando algo nuevo, porque esto es fuera de lo habitual, y aquí entra nuestro Adonis. ¿Quién es él, te preguntarás? -suspiré, esperando a que de una vez por todas terminase de maquillarme y/o de contar su absurda suposición de persona que ve demasiadas series policíacas-. Ayer resulta que tuviste un encontronazo con un chico, Tom, que hoy le vas a pedir disculpas, por lo que sabes que vas a hablar con él.
- Sabía que ibas a decir eso, y no puedes estar más confundido.
- No lo estoy, sabes que soy muy observador. No quiero decir que te maquilles para él, porque sé que a ti luego te gusta el resultado, pero intentas llamar su atención porque te atrae. ¿O no es cierto? -la verdad es que no me lo había planteado, pero desarrollar sentimientos o interés hacia otras personas no era algo que formara parte de mí desde hacía mucho tiempo-.
- No, no lo es -le respondí, mientras abría los ojos y levantaba las cejas-.
- Puedes decir lo que quieras, pero lo que luego sea no tiene por qué corresponderse con lo que tú piensas. Además, me dijiste que no era mi tipo, y reconociste que es atractivo.
- ¡Claro, pero hay mucha gente atractiva en el mundo y no me pasa esto con esa gente! -dije aquello sin pensar, queriendo expresar algo diferente, pero no me gustó nada lo que finalmente me salió-.
- ¿Ves? Te has delatado -dijo Carlos, sonriendo, satisfecho-. Ese chico te ha llamado la atención, y te atrae, y no es nada malo, ¿eh?
- No me he delatado, me he expresado mal, que es diferente. Ni me atrae ni me llama la atención ni hostias. A mí ese tipo ni me va ni me viene, no me interesa ni lo más mínimo, lo único que quiero es disculparme porque me siento mal conmigo misma y ya.
- Que no es nada malo, y no pasa nada si lo reconoces -suspiré y le miré, empezando a sentirme muy incómoda-. Además, me llama la atención una cosa que me hace inclinarme bastante por el hecho de que yo tengo razón: sabes cómo se llama, él te lo dijo, pero al referirte a él no le llamas nunca por su nombre.
- ¿Y eso qué coño tiene que ver? -le pregunté, profundamente extrañada-.
- Es algo subconsciente, no digo que lo hagas de manera intencional, pero no usas su nombre porque no quieres poner el carácter de entidad a esa atracción que te genera -noté cómo me empezaba a subir el calor a la cara-.
- ¡No, no es cierto! -le grité, ya muy enfadada e incómoda-.
- Vale, vale... Bueno, dejemos el tema, porque al final me vas a terminar maquillando los ojos tú a mí con los puños -sonreí, la verdad es que ganas no me faltaban-.
Se me hizo eterna la sesión de maquillaje, pero por lo visto fue media hora, lo cual me comentó Carlos que era algo super rápido. Por ese tipo de cosas jamás sería maquilladora, yo no tenía esa paciencia para estar una hora o más toqueteando la cara a otros y pintándoles. El resultado me pareció alucinante, la verdad es que tenía una mano increíble, y aunque me picaba un poco la cara y me sentía extraña por la falsa de costumbre, pero me gustó el resultado.
Desayuné rápidamente para que me diese tiempo a llevar a Carlos al trabajo, y en cuanto acabé fuimos directos a la moto. Le dejé en la puerta del trabajo, y me fui rápidamente haca al hotel, que no estaba demasiado lejos. Con suerte tendría tiempo para buscar a aquel chico, aunque no dejaba de plantearme lo que Carlos me había dicho antes. Le odiaba por meterme ese tipo de ideas en la cabeza, aunque tal vez ya estaban ahí antes de que él las mencionase, solo que en este caso habían despertado.

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