- No, Carlos, jamás me he enamorado -le respondí, totalmente seria-. Y me alegro de no haberlo hecho, porque ya me hicieron mucho daño.
- Pero es que volvemos a las mismas de siempre, te agarras siempre a un pero, siempre tienes una excusa para no cambiar, y el hecho de no querer afrontar esas cuestiones te están generando mucho mal y mucho más dolor. Te mereces poder hablar con gente, y también poder enamorarte. ¿Que la gente te va a traicionar? Sí, por desgracia no todo el mundo es bueno, pero lo malo nos ayuda al menos a poder diferenciar lo que realmente merece la pena. ¿Que te van a romper el corazón? Claro, el amor es impredecible y es algo que requiere de reciprocidad, y no tiene por qué corresponderte la persona de la que estás enamorada y/o viceversa -hizo una breve pausa-. Lo que quiero decir es que así es la vida, y eso es lo más normal que te puede pasar. Te han hecho mucho daño, lo sé de sobra porque he estado a tu lado cuando has vivido muchas de esas experiencias, pero esto no es nada comparado con lo que has pasado. Es como cuando te van a sacar una muela, ya te han retirado la muela, y lo que venga después va a ser inferior en lo que a sufrimiento respecta.
- Me da igual que sea inferior, Carlos, yo quiero tranquilidad, estoy harta de tener miedo a vivir.
- ¡Precisamente por eso me tienes que hacer caso! ¿Eres feliz ahora mismo? -me preguntó, sabiendo más que de sobra la respuesta-.
- Ahora mismo, en este preciso instante, no, pero mi vida sin tener que preocuparme por nadie estaba mejor, con mis cosas de siempre, sin tener que estar preocupándome por mis sentimientos hacia nadie.
- Eso es muy egoísta, Kat.
- No me refiero a ti, me remito a mi situación hace un mes aproximadamente. No tener a una persona metida en la cabeza estaba bien, yo estaba tranquila, y no creo que esté a gusto con mi situación actual. No quiero enamorarme.
- Eso no lo eliges, querida -contestó Carlos, mientras me ponía una mano en el hombro-. De momento, tus sentimientos están siguiendo un curso, y es algo natural lo que suceda, ya sea que esos sentimientos proliferen y te enamores de Tom, o que no sea así y quede todo en una anécdota, y podáis así ser amigos sin que tú te preocupes -me quedé callada, no quería añadir nada-. Yo, si fuese tú dejaría que los eventos sucediesen, sin pensar en qué pueda suceder después, fluye con lo que pase, ya sea lo que te gustaría, o lo que no. Cuando llegue el momento de preocuparte, lo haces, pero de momento no te preocupes por lo que no te ha pasado, ni te asustes de lo que pueda pasar, simplemente deja que la corriente te lleve.
- O sea, que haga lo mismo de siempre.
- No, tú no haces eso siempre, más bien todo lo contrario. Lo que tienes que hacer es disfrutar del momento. ¿Tú lo pasas bien en compañía de Tom, a pesar de que te pones nerviosa?
- Sí, al cabo de un rato se me pasa y me siento cómoda.
- Bueno, pues ya está, haz eso, tienes que darte tiempo. Recuerda que has empezado a socializar más hace muy poco tiempo, y necesitas una adaptación e ir a pasos de bebé, poco a poco, pero afianzando ese poco que avances, aunque tú consideres que no es nada -me sonrió-. Por favor, hazme caso en este, creo que es lo más importante que te he dicho nunca, y como mejor amigo tuyo que soy, quiero que seas feliz y hagas del mundo tuyo, porque te lo mereces -le sonreí de vuelta-.
- No sé cómo lo haces, pero siempre logras convencerme -me levanté de la silla-. Pues nada, sigamos con nuestro día, y a ver qué pasa.
- Esa es la actitud que quiero ver siempre reinando en ti -celebró Carlos, alzando su taza de leche-.
Terminamos la conversación ahí. Sentí que había pasado prácticamente por todas las emociones básicas posibles durante la misma, había sido muy intensa, y eso por la mañana era ya un motivo de fatiga cognitiva. Me tomé un café para recargar las pilas, me sentía exhausta, tenía mucho día por delante, y quería de verdad esforzarme al máximo por enfrentarme a mis demonios. Era algo que siempre pensaba y que decía para mí misma, pero sentía que nunca terminaba consiguiéndolo, y esperaba que aquella vez fuese diferente.
Fuimos a clases, debido a la lluvia nos perdimos una parte de la primera, ya que para coger el autobús había una cantidad masiva de gente. Pensamos incluso en coger el metro, pero nos dejaba muy retirados de nuestra facultad e íbamos a necesitar un autobús igualmente para que nos acercase, motivo por el cual descartamos la idea de inmediato. Tendríamos que esperar a que varios autobuses de los nuestros pasaran, pero al menos tendríamos una garantía de que llegaríamos a clases.
La mañana pasó rápido, aunque estaba preocupada por mi cita con la psicóloga. No por el hecho de tener que ir, porque no era la primera vez que hablaba con ella, pero sí por el tiempo, que iba a llegar muy justa, y si me demoraba demasiado perdería el turno, y no me gustaba nada ser impuntual y, mucho menos, faltar a citas, independientemente de la índole de las mismas.
Carlos y yo fuimos a almorzar a la cafetería, como acostumbrábamos a hacer, y estuvimos un rato charlando, haciendo tiempo para entrar al laboratorio. Mis nervios volvieron, pero esta vez estaban para quedarse, y me intenté distraer para no pensar en ello.
La alarma del móvil de mi amigo sonó, ya había llegado la hora de ir al laboratorio. De camino, una figura nos llamó la atención a lo lejos:
- Buenas tardes, chicos -saludó Tom, como siempre sonriente-.
- Hola Tom, bienvenido a la segunda sesión -le dijo Carlos, agitando la mano-.
- Hola -saludé, mientras pensaba en decir algo con más trascendencia, pero me puse tan nerviosa que mi mente se quedó en blanco-.
- ¿Qué tal? -nos preguntó Tom, mientras dejaba en una papelera de la entrada el paraguas, y se acercaba hacia nosotros para ir al laboratorio-.
- Bien -respondí, rápidamente-.
- Sí, la verdad es que no nos podemos quejar, aunque faltan poco para los exámenes finales y estamos con esos nervios encima -respondió Carlos, mirándome-.
- Vaya, espero que os vayan bien esos exámenes -contestó con amabilidad Tom-.
- Chicos, me voy a adelantar un poco si no os importa, que tengo que hablar con el tutor -dijo Carlos, mientras se iba a paso ligero, dejándome nuevamente en una de sus ya clásicas encerronas-.
- Bueno, ¿sabes si hoy van a ser las mismas pruebas que me hiciste la semana pasada? -me preguntó Tom, algo cortado-.
- Sí, es exactamente igual que la anterior sesión, así que puedes estar tranquilo, que no te vamos a abrir en canal ni nada por el estilo -respondí, intentando ser algo más sociable y no limitarme a los monosílabos, a lo que Tom respondió con una risa muy entrañable-.
- Menos mal, no me había preparado para que me rajasen -me reí-. Por cierto, olvidé decirte que Benedict, no sé si te acuerdas de él -asentí enérgicamente con la cabeza-., odia la pizza vegetariana y te estará eternamente agradecido por tu sinceridad.
- Vaya, nunca me había sentido tan bien de perder un cliente -nos reímos-. La verdad es que para mí es un completo enigma cómo mi empresa sigue comercializando esa basura que llaman pizza vegetariana, no creo ni siquiera que sea saludable algo que sabe tan mal -Tom se rio-.
- No puedo estar más de acuerdo contigo.
Justo en aquel momento entramos en el laboratorio, y estaba Vincenzo con un par más de los miembros del equipo hablando. Nada más entrar, noté que había un charco de agua en el suelo, y se acercó preocupado Carlos:
- No sabemos cómo, pero he entrado muchísima agua al laboratorio, y están todas las salas igual -dijo Carlos-.
- ¿Y cómo vamos a hacer las evaluaciones? Quiero decir, ¿afecta esta cantidad de agua al desempeño normal de tareas? -le pregunté a Carlos con preocupación-.
- Desde luego, no podemos poner en peligro la investigación, los ordenadores ni a nuestros miembros, hay numerosos enchufes que están a nivel del suelo y, estando el suelo encharcado, es un riesgo seguro e inminente accionar cualquier instrumento que requiera electricidad -respondió Vincenzo, que se había acercado hasta nosotros-.
El resto de personas en el laboratorio parecían también preocupadas ya asustadas. Un pequeño fallo, y perdíamos todo el tiempo, esfuerzo y progreso que habíamos logrado hasta el momento en lo que al estudio respectaba:
- Entonces, ¿qué vamos a hacer? -pregunté al aire, esperando a que alguien me respondiese-.
- Por el momento tienen que venir a sacar el agua y a mirar desde dónde se ha producido la entrada del agua -respondió una de las mujeres que formaba parte del equipo técnico-. Hasta mañana o pasado no podemos reanudar la actividad normal, así que hoy no se pueden hacer las evaluaciones programadas.
- Pero Paige, eso va a repercutir en los resultados y lo sabes -le dijo Vincenzo-. Deberíamos encontrar otro modo de hacerlo.
- Vamos a ver, no es seguro estar aquí, así que eso ya nos limita enormemente -le contestó la mujer, muy seria-. No voy a arriesgar la integridad física de nadie por no alterar los calendarios, si tenemos que entregar los avances más tarde se tendrá que hacer así.
- Ya, pero nos dejan de paga, y así no podemos entonces mantener esta investigación, y tiraríamos todo esto por la borda. ¿Quieres hacer eso? -preguntó Vincenzo, enfadado-. Imagino que no, pues entonces habrá que buscar otra solución.
- ¿Se puede hacer la evaluación sin monitorizar al voluntario? -preguntó Carlos-.
- No es lo ideal, desde luego, pero es la única opción que queda -contestó la mujer cuyo nombre parecía ser Paige-.
- Podemos ir a hacer la evaluación a otro sitio, y los resultados se pueden enviar después por correo, así no hay ningún peligro imagino, ¿verdad? -preguntó Tom, y esperé de verdad que no fuese así-.
- Es buena idea, joven -respondió Vincenzo, convencido se lo que decía-.
- Pero no es lo mismo, quiero decir, el ambiente diferente nos impide que tengamos un control sobre el mismo, y eso puede alterar sin duda los resultados -comenté, esperando que Vincenzo recapacitara-.
- Tienes razón, pero tenemos que cumplir con los horarios estipulados si queremos seguir haciendo este estudio, porque hay que presentar resultados periódicamente -contestó Vincenzo-. Si no tenemos nada, se acabó -tragué saliva al escuchar aquello, por mucho que me fastidiara, era verdad-. Así que, como la situación es excepcional, tomaremos medidas como tal.
- ¿Entonces los que introducimos datos lo hacemos desde nuestra casa o lo mandamos? -preguntó Carlos-.
- Exacto, eso es lo que haremos hasta que podamos volver al laboratorio sin peligro -respondió Paige-. Vosotros tendréis que buscar un lugar similar en el que llevar a cabo la evaluación, aunque no dispongamos en esta ocasión de la monitorización -añadió, dirigiéndose hacia Tom y a mí-.
- Sin problema -respondí, fingiendo una leve sonrisa que en cuestión de segundos se transformaría-.
Todos los que estábamos en el laboratorio salimos menos Vincenzo y su compañera, que probablemente se quedarían allí para buscar una solución y evitar perder todo lo que habíamos hecho hasta el momento del estudio.
Me sentí como un pollo sin cabeza, estaba tan desorientada que dejé que el pánico se apoderara de mí. Miré a mi alrededor, y vi que estaban todos intercambiando preocupaciones al respecto, y algunas incluso organizándose para poder ponerse con la introducción de los datos en la biblioteca de la facultad.
Sentía que debía decir algo, estaba al lado de Tom, y teníamos que encontrar un sitio para poder completar las evaluaciones de la segunda semana:
- Vaya mala suerte -comentó Tom, algo cortado-. Lo bueno es que parece que no se ha estropeado nada, ¿no?
- Parece que todo está bien -respondí, intentando pensar dónde podríamos ir-. ¿Te parece que vayamos a la biblioteca para que te pase la evaluación?
- Claro, pero, ¿no se supone que un sitio para estudiar y no hablar? -me preguntó-.
- Sí pero no. Hay un área específica para trabajos de grupo, y ahí podemos hablar lo que queramos -le respondí-.
- ¡Vaya, parece que ha pasado un siglo desde que yo estudié! Cuando yo iba a la universidad solo había una biblioteca, y ahí como levantases un poco la voz o siquiera estornudaras te echaban -le miré sorprendida-. Si ibas a estudiar y estabas resfriado, te dabas por condenado casi antes de entrar -nos reímos-. Es broma, pero sí que es cierto que mantenían a raya cualquier ruido, por mínimo que fuese.
- Aquí es más o menos parecido, pero te dejan hablar en voz baja, así que espero que seas capaz de aguantarme susurrando como si estuviese planeando algo -Tom se rio-.
- Me parece interesante ver cómo reaccionaría la gente, podría ser un nuevo estudio para tu laboratorio -comentó en broma Tom, mientras íbamos de camino al laboratorio-.
- No lo digas dos veces, porque ellos ven oportunidades en todas partes y son capaces de hacerlo -nos reímos-.
No tardamos en llegar, la biblioteca estaba bajando las escaleras según se salía del laboratorio. El problema era que, al ser un día tan lluvioso, estaba especialmente concurrida y, tal como me imaginaba, cuando entramos la zona de trabajo en equipo estaba prácticamente llena. Había un ruido insoportable, no era algo elevado, pero el murmullo era tan evidente que resultaba imposible trabajar.
Salimos de la biblioteca, descartando esta como opción. Estaba falta de ideas, y me sentía mal por hacer a Tom esperar, ya que probablemente él tendría también cosas que hacer, y perder el tiempo no sería una de ellas.
Anduvimos hasta la entrada de la facultad mientras pensaba en algún sitio en el que poder hacer la evaluación, la última opción era mi casa, por supuesto, y esperaba no tener que recurrir a ello:
- Oye, Katherine, conozco una cafetería que es muy tranquila, tal vez allí puedas hacerme la evaluación de esta semana -dijo, mientras salíamos del edificio-.
- Igual al ser un sitio público nos ponen alguna pega...
- Para nada, allí de hecho hice una entrevista de trabajo y no hubo ningún problema -me sorprendí al escuchar aquello-.
- Vaya, qué lugar más peculiar para una entrevista, si te entraban nervios te podías pedir una tila -se rio-.
- Estuvo bastante bien, me dieron el puesto de hecho -respondió Tom, sonriendo-.
- ¿De qué fue? Si se puede saber, claro.
- Por supuesto, fue de camarero para un teatro, aunque no duró mucho porque el contrato era bastante corto, pero me sirvió para pagarme un par de meses de universidad -al escuchar aquello, me sentí mal por haber presupuesto previamente que era un niño de papá, había trabajado duro para conseguir sacar su carrera, y deseaba no haber sido tan idiota por pensar así-. ¿Te parece buena idea it a esa cafetería entonces?
- Sí, yo creo que es una buena solución -le respondí, algo cortada-.
- Está a unos quince minutos de aquí en coche, no tardaremos nada en llegar -dijo, mientras sacaba las llaves del coche-.
- Vaya, soy otra vez tu copiloto, al final te voy a tener que pagar por el trasporte -se rio-.
- Para nada, se agradece la compañía y, además, ¿quién me iba a evaluar si tú no vienes? -nos reímos-. ¿Me puedes esperar aquí un momento? -me preguntó Tom, educadamente-. Me he olvidado de una cosa dentro.
- Por supuesto, no me voy a mover -le respondí, y vi cómo se alejaba y entraba de nuevo en la facultad-.
Me concentré en el tiempo que hacía. Estaba lloviendo muchísimo fuera, y por muy cerca que tuviese el coche, sabía que nos íbamos a empapar, sobre todo teniendo en cuenta que Carlos y yo habíamos venido con un paraguas, y se lo había quedado él. Pensé en entrar y pedírselo, pero me dio corte hacer esperar a Tom, y dejar adicionalmente a mi amigo sin paraguas, así que me mentalicé de que iba a disfrutar de una agradable ducha con agua del cielo.
- Ya estoy -dijo Tom, que había regresado, lo cual casi me provoca un infarto dado el estado de reflexión en el que me hallaba-. Perdona, no quería asustarte.
- No pasa nada, es que estaba embobada con la lluvia, aunque no sé de qué me sorprendo, la lluvia en Londres está a la orden del día -nos reímos-.
- Totalmente de acuerdo, es más necesario un paraguas que las llaves de casa -respondió, señalando a su paraguas, el cual supuse que era lo que había olvidado dentro del edificio dado que no había visto que lo llevara antes-. Bueno, ¿vamos? - me preguntó, mientras abría el paraguas-.
- Claro -le respondí, mientras salíamos-.
Antes de salir de la protección de la fachada de la facultad, Tom se acercó hacia mí con el paraguas. No, no estaba dispuesta a compartir paraguas con él:
- Hay sitio de sobra para otra persona en el paraguas -me dijo Tom-.
- No hace falta, de verdad, no me importa mojarme un poco.
- ¿Un poco? Vas a tener que tenderte como estés más de diez segundos bajo la lluvia -nos reímos-.
- Que no, de verdad -pude ver qué Tom se dio cuenta de que la propuesta me incomodaba-.
- Entonces toma -dijo, pasándome el paraguas-. No voy a dejar que te mojes -respondió, con seriedad-.
- Me niego rotundamente -rechacé, a pesar de que era la proposición más amable que había recibido en mucho tiempo-. ¿Por qué tengo yo menos derecho a mojarme que tú? A lo mejor yo tampoco voy a dejar que te mojes -le respondí con bravuconería, y me miró sonriendo-.
- ¿Nos vamos a quedar aquí entonces? -preguntó Tom, aun cediéndome el paraguas-.
- Es posible, pero soy muy cabezona, te lo tengo que... -antes de que pudiese terminar de hablar, vi que una ráfaga de aire se llevaba el paraguas-.
Tanto Tom como yo intentamos atraparlo, pero lo único que conseguimos fue ponernos bajo la lluvia y empaparnos.
Al final tuvimos que ir hasta el coche ambos corriendo, para evitar estar bajo la lluvia lo máximo posible, pero fue inevitable acabar empapados. Fue un desafortunado pero divertido incidente.



