sábado, 13 de enero de 2024

Don't say a word

El poder de las palabras es tanto que no hay cifra real que pueda reflejarlo. Pueden suponer la diferencia entre la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, el júbilo o la desesperación, el amor o el odio.

Y son tan sencillas, tan fáciles, que muchas veces las usamos sin pensar, las sacamos de nosotros como si de ropa se tratasen. Y así acaban muchas veces quedando desvirtuado el mensaje que nos transmiten. "Las palabras se las lleva el viento", y así es.

De qué sirven si lo que decimos no es realista, ni somos sinceros. Sería mejor no decirlas a la ligera, obviamente, pero por mucha conciencia que haya de ello nada va a cambiar. No va a cambiar nada, las cosas con fortuna van a seguir igual o van a ir empeorando paulatinamente, que es lo más factible.

Somos cada vez menos humanos y más animales, aunque más quisiéramos, tenemos en realidad mucho que aprender de ellos. No sabemos transmitir mensajes, no sabemos lo que sentimos, ni entendemos lo que decimos, y parece tampoco importarnos, mucho menos, cómo pueden resonar en los demás. Las repercusiones no entran ya en el catálogo de intereses ajenos, tal vez los más afortunados podamos ser conscientes, pero no consecuentes. Cada día que pasa esa capacidad la vamos perdiendo, se va mermando hasta tal punto que dejará de existir.

Entonces las palabras ya no nos harán daño. Porque ya no habrá nada que romper, nada que destruir, nada que cuidar ni por lo que luchar.

Mientras tanto, aquí seguimos. Promesas rotas, verdugos, víctimas y castigo. 

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