sábado, 1 de junio de 2019

Equilibrio

Qué sería de lo bueno sin lo malo. Y viceversa.

Muchas veces lo malo tiene que llegar para que apreciemos lo bueno, y otras veces simplemente lo malo llega porque lo bueno se ha acabado. Tal vez no ha sido su fin, tal vez ha sido el final de un capítulo, pero no el de la historia. No tenemos que darnos por vencidos fácilmente, porque es un ciclo, como la vida en sí, y lo normal y adaptativo es que no se mantengan estables.

Hablando de adaptativo, tenemos una concepción muy generalizada de lo "bueno" que es lo bueno y lo "malo" que es lo malo, pero en muchas ocasiones actúan como fruto envenenado. Lo malo puede ser bueno para nosotros cuando se trata, por ejemplo, evitar que nuestros derechos sean vulnerados, caer enfermo para que algo tóxico de nuestro cuerpo sea expulsado... En general esto nos hace más fuertes. 

Diría que lo mejor de lo "malo" para mí es la acción de llorar, porque en mi caso tiene una labor curativa muy importante, que me permite analizar la situación, verla con otra perspectiva y apreciar mejor lo que tengo. Y no creo ser la única persona que piense así. 

Lo "malo" de lo bueno también es importante considerarlo, sobre todo respecto al proceso de transición de lo bueno a lo malo, que puede llegar a ser muy doloroso. Perdemos algo bueno de nuestra vida, lo cual nos hace sentir mal, y necesitamos un tiempo para volver a ese estado de bienestar que nos proporcionaba lo bueno, pero sin ello, o puede que no lleguemos a perderlo, puede tratarse de un cambio doloroso. 

De cualquier forma, tenemos que impedir que la posibilidad de que lo bueno se esfume nos atormente y esté constantemente en nuestra cabeza, porque sino no vamos a poder disfrutar de lo que tenemos o lo que somos.  

Ni lo bueno ni lo malo duran para siempre, están en constante evolución, progresan, se intercambian los roles, es como una danza, o mejor dicho, una lucha, por gobernar un cuerpo durante un tiempo determinado. No sabemos quién ganará, incluso pueden interferir la una en la otra, provocando una transición de lo bueno-malo o al revés.

Puede no estar bajo nuestro control, nos vemos enormemente influidos por el entorno, nuestro contexto es fundamental y determinante en muchísimos casos, ya no solo depende de la personalidad de cada uno, aunque depende del caso.

Lo bueno provoca unas emociones, y lo malo otras, se pueden intercala, solapar, etc., pero  son inevitables. Y es que, como ya he mencionado anteriormente, qué sería de lo bueno sin lo malo, y viceversa. No valoraríamos una sonrisa sin conocer el precio, por ejemplo, de la amargura, la tristeza o la ira, y no conoceríamos la utilidad del llanto si algo no lo provocase.

Este tema da muchísimo que pensar y hay mucha literatura al respecto, y cada uno tiene su opinión al respecto. Probablemente lo que ahora escribo sea objeto de discrepancia de muchas personas, pero como todo sobre lo que reflexiono, es mi opinión.

Me resulta de gran utilidad ponerme reflexiva y plantearme estas cuestiones, sobre todo en horas de necesidad suelo recurrir a estos pensamientos, cuando estoy transicionado de lo bueno a lo malo, y estoy asumiendo mi situación.

Voy a ser absolutamente sincera, la primera línea y el título lo tenía escrito hace más de una semana, así que el tema lo iba a tratar sí o sí, pero la forma de abarcarlo ha cambiado enormemente por los acontecimientos más recientes de mi vida.

Doy las gracias a todas las personas, tanto las que están a mi lado, como las que no están ahora mismo pero espero que estén en un futuro, acompañándome y haciéndome feliz. Seguro que sabéis quiénes sois porque sabéis quién soy.


También quiero dar las gracias a la gente que lee lo que escribo, gracias por seguirme y leer mis barbaridades.


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