domingo, 5 de julio de 2020

Navras - Capítulo 1



Narra Katherine

- ¡Eureka! - gritó Carlos, provocando que derramase parte del té que me estaba tomando-. 

- Gracias, ahora tendré que volver a limpiar la mesa -dije, mientras me levantaba a la cocina a por una bayeta y retirar el té que había derramado-. ¿Qué se supone que has conseguido? - le pregunté mientras me acercaba a él, que estaba en la cocina-.

- Es posible que no lo creas, pero he arreglado el fregadero y ya tenemos agua en la cocina.

- Tienes razón en que es posible que no lo crea -me acerqué al fregadero, y sorprendentemente, al accionar el tirador salía el agua-. Oh vaya, merece la pena haber tirado parte de mi desayuno por la mesa entonces.

- Eres una desconfiada, llevamos ya cuatro años viviendo juntos y parece que no eres consciente de mis capacidades -dijo Carlos, esbozando una amplia sonrisa, y yo me reí-. Uy, ¿qué?

- Precisamente desconfío porque llevamos ya bastante tiempo viviendo juntos, y no sé si quieres que te recuerde que nos conocemos casi desde que usamos pañales - Carlos puso gesto de falsa ofensa mientras yo hablaba-. ¿Te acuerdas de esa muñeca que teníamos a la que le arrancaste la cabeza para hacer algunos cambios y terminó siendo la nueva jinete sin cabeza? -nos reímos-.

- ¿Quién te dice que eso no era lo que quería conseguir? -comentó Carlos, mientras arqueaba sus brazos en señal de duda-. Bueno, lo importante es que ya hay agua en la cocina, y eso es gracias al atractivo y habilidoso mexicano con el que compartes piso.

- Oye, pues se ha debido de ir rápido, no le he llegado a ver -me reí maliciosamente, acto que llevó a Carlos a darme un golpe en el brazo a modo de réplica-. ¡Mira, ya nos estás entreteniendo y vamos a llegar tarde a clase! -exclamé mientras salía disparada hacia la habitación para vestirme y coger la mochila-.

- ¡Eh, pero no olvides limpiar el té! -me recordó Carlos, a lo que volví rápidamente a la cocina, cogí la bayeta y limpié la mesa lo más rápido que pude-. Trabajo en equipo -dijo, mientras se acercaba a mí para chocar-.

- Totalmente -dije, mientras respondí a su oferta de chocar-. 

La convivencia con mi mejor amigo durante todo este tiempo me había resultado enormemente beneficiosa, era una especia de terapia a la que estaba sometida de manera continua, aunque a lo mejor el hecho de que él estuviese estudiando psicología también podía tener algo que ver. 

Fui a la habitación, recogí un poco la ropa del trabajo y la metí en una bolsa, porque el día anterior no había tenido tiempo y la necesitaba al salir de clase. Cogí la mochila, me puse lo primero que cogí de la silla en la que tenía la ropa que más me ponía organizada y las botas, y salí corriendo de la habitación. Al llegar al salón, pude ver a Carlos, que ya estaba preparando con su mochila también. Cogí las llaves de la moto, que estaban colgadas el lado de la puerta, y salimos del piso. 

Bajamos las escaleras despacio para no molestar a los vecinos, ya que el estado del edificio no nos permitía ser todo lo rápidos que queríamos, y era demasiado pronto como para armar escándalo. Adicionalmente, nuestra vecina de abajo, Doris, tenía poco oído, pero las vibraciones las notaba como si tuviese un sexto sentido, y meterse con una persona que nos la tenía jurada desde el primer día que entramos en aquel piso a vivir y que tenía todo el tiempo del mundo para vengarse, no era lo que Carlos y yo íbamos buscando. 

Al salir a la calle nos costó encontrar la moto, ya que el día estaba especialmente nublado, y a pesar de ser algo ciertamente habitual, era tan espesa la niebla que se podía cortar con un cuchillo:

- Menudo día -balbuceó Carlos, mientras nos dirigíamos hacia donde supuestamente estaba la moto-.

- Ya, yo tampoco soy partidaria de los días en los que cuesta ver a más de medio metro, pero supongo que el tiempo no lo podemos controlar -le respondí-. 

- Al menos es viernes y tenemos el fin de semana por delante -añadió Carlos, con un tono de voz más animado-.

- Ya, pero te recuerdo que tú mañana también trabajas -hice una breve pausa, pensando en los turnos que yo tenía de trabajo-. Y yo, es verdad, así que no es que vayamos a tener mucho tiempo.

- Kat por qué me lo recuerdas -dijo, poniéndose las manos en el rostro y estirándoselo hacia abajo, dramatizando la reacción-. 

Por suerte habíamos dado con la moto, y según llegamos coloqué rápidamente la mochila para que él se pudiese subir. Mientras acomodaba los últimos detalles para no tener ningún accidente de camino a la Universidad, Carlos continuó con nuestra anterior conversación:

- De todas formas, sigo sin entender como sigues viva con dos trabajos y la universidad, porque nunca te veo detenerte. De hecho, hay días que literalmente no te veo - cuando vio que ya estaba, se agarró a mí-.

- Es lo que hay, y aún con  dos trabajos la universidad me la costeo gracias a becas, así que imagina si no tuviese uno de los dos, o ninguno -le respondí, antes de arrancar, para que me pudiera escuchar-. 

Nuestro destino era la ya habitual Universidad Metropolitana de Londres. Fui tan rápido como pude, ya que las clases empezaban a las ocho de la mañana y habíamos salido más tarde de lo que nos gustaba de casa. Intenté no saltarme los semáforos ni rebasar el límite de velocidad para evitar accidentes dada la situación temporal, y a pesar de la esperanza de Carlos, ya tenía interiorizado que íbamos a llegar tarde a la primera clase.

En media hora estábamos allí, busqué un aparcamiento y nos bajamos con tranquilidad, ya que definitivamente habíamos llegado tarde y el profesor de la primera asignatura no nos dejaría entrar.

- Mi gozo en un pozo -dijo Carlos, mientras se sentaba en las escaleras de la facultad-. Quería preguntar al profesor por el proyecto, pero mejor me espero al próximo día. 

- Yo también le quería preguntar porque tengo que empezar esta tarde a hacerlo sin falta... -respondí, cabizbaja-.

- ¿Hoy no tenías la convención de juristas en el hotel? -me recordó Carlos-.

- Joder, menuda mierda, es verdad, pensaba que hoy sería un rato en la barra del bar y ya para casa -dije mientras revisaba si no me faltaba nada en la bolsa del trabajo-. Pues va a ser un día entretenido, porque  el jefe me ha comentado que son una panda de imbéciles. 

- No hay nada que tu amigo no pueda remediar -dijo Carlos, mirándome con una sonrisa-.

Hacía un par de semanas me avisaron de uno de mis trabajos, camarera del hotel Queens, de que habría un encuentro de juristas, y que necesitaban que la gente de recreación nos quedásemos más tiempo e hiciésemos horas extras para poder atender correctamente a todos los clientes... Como si eso no lo hiciéramos ya de costumbre. Sería viernes tarde y noche, y sábado mañana y tarde, hasta que la convención terminase, como es lógico.

Cuando me lo comunicaron, se lo comenté a Carlos, porque sabía que no podría hacerme cargo de las tareas que tuviese pendientes para ese (este) viernes y sábado en el piso, pero en lugar de cambiarme turnos de lavar la ropa y demás me dijo que me acompañaría el viernes, ya que el sábado el tenía que trabajar y no podía. Al principio pensé que era por hacerme compañía y lo consideré como un acto de buena fe por su parte, pero la realidad es que iba conmigo para dos cosas: la primera, encontrar algún aficionado del derecho de su tipo; y lo segundo y más importante, para mantenerme a raya. 

Una de las quejas que había tenido trabajando de cara al público es mi actitud, porque me resulta complicado controlar mi carácter, y si alguien no obraba de manera correcta, ni corta ni perezosa se lo hacía saber sin delicadeza alguna. Nunca he sido partidaria de la premisa "el cliente siempre tiene razón", y ante las injusticias con las que a veces he tenido que lidiar no he querido mantenerme al margen. 

Retomando el tema de mi carácter, ya mi jefe me había advertido de que tuviese cuidado qué decía, porque en el último año le habían llegado varias quejas sobre mí, y en eventos tan "importantes" como hospedar una convención de juristas tenía que dar la mejor imagen del personal para que, al menos, se hiciese eco de lo bueno que es el hotel Queens y la clientela fuese en aumento. Desde aquel día hasta que ha llegado la fecha, he intentado mantener la compostura, y estaba muy segura de que podría fácilmente con ello.

Lo malo de todo esto era que, a pesar de que  me pagarían más que un día normal de trabajo, no podría aprovechar la tarde del viernes ni prácticamente el sábado entero para empezar con uno de los trabajos que tenía pendientes, y me fastidiaba ir tan pillada de tiempo acabando la carrera, cuando anteriormente me había podido gestionar mejor. Tendría que sacar tiempo el domingo para empezar.

Carlos y yo nos entretuvimos hablando hasta que terminó la clase a la que no habíamos podido asistir, y entramos para la siguiente. Después tuvimos un descanso para almorzar, y otra clase para terminar. Normalmente los viernes salíamos a las dos de la tarde de clase, pero en este último año teníamos prácticas, y en el laboratorio de psicología nos habían cogido a Carlos ya mí. Bueno, en realidad no nos cogieron, sino que más bien suplicamos al jefe del departamento de investigación que nos permitiese hacer las prácticas con ellos, ya que tanto Carlos como yo teníamos un proyecto de investigación que queríamos sacar adelante al terminar la carrera, y sabíamos que entrar en contacto con el mundo de la investigación profesional antes de ello nos abriría más puertas. 

Las prácticas eran para el último semestre, ya que teníamos menos asignaturas que cursar y, por lo tanto, más tiempo que poder dedicar a los proyectos de fin de carrera y a las prácticas. Las habíamos empezado recientemente, y lo que habíamos estado haciendo hasta hacía poco era meter datos a Excel para confeccionar un cuestionario. Según nos dijo Vincenzo, que era nuestro tutor de prácticas y encargado del departamento, la semana siguiente empezaríamos a aplicar dichos test, a lo cual me lleva una de las tareas adicionales que tengo durante la convención: poner carteles en el hotel para buscar participantes. Ya lo había hablado con mi jefe, porque sabía que sin autorización no podría, y de este modo tenía más posibilidades de encontrar gente para el estudio, aunque fuese alguno de los cretinos que asistiría al evento.

Mientras Carlos iba al baño, yo fui a por la moto, la arranqué y le esperé en la entrada de la facultad para irnos hacia el hotel. 

Mis ganas de vivir decrecían a medida que nos aproximábamos al hotel Queens, y al ver la fachada sentí una intensa oleada de pánico, que siguió de un miedo atroz. Un miedo infundado e irracional que me provocaba el hecho de estar en multitudes y tener que interactuar con ellas. Mi psicólogo me diagnosticó cuando tenía 15 años el trastorno de ansiedad social (TAS), y aunque había recibido terapia y tenía ejercicios para controlarlo, seguía siendo algo que estaba presente en mí y que, por lo tanto, tenía que afrontar. Mi miedo a la gente y a socializar en la actualidad es nada en comparación con el que había tenido en mi adolescencia; sigue sin ser un comportamiento normal, pero no es tan patológico e invasivo; es decir, me dejaba hacer mi vida con cierta normalidad. 

Cuando ya estábamos a unos pocos metros del hotel, pude ver que el aparcamiento estaba lleno de coches, y en la entrada del hotel había una importante aglomeración de gente, en su mayoría hombres. No me resultó sorprendente, ya que seguíamos viviendo en un mundo machista a pesar de lo que se quería aparentar. No alcancé a ver más, ya que el aparcamiento para los empleados del hotel estaba alejado del principal. Ofrecí a Carlos dejarle cerca de la entrada principal, porque no podía entrar conmigo por la de empleados, pero me dijo que ni me molestara, porque iba justa de tiempo y a él no le importaba ir andando unos pocos metros hacia la entrada principal. Quedamos en mi lugar de trabajo, que era en la cafetería-bar del hotel.

Aparqué rápidamente la moto, cogí la bolsa de la ropa y entré al vestuario de los empleados. Vi que había bastante jaleo en la sala, muchas de mis compañeras estaban hablando sobre los clientes y la convención, como era de esperar, aunque a un volumen para mi gusto excesivo, su conversación no tenía por qué ser la mía también. 

Dejé mi ropa en la taquilla, me puse el uniforme y acto seguido, la cerré, olvidando en ella los carteles con la información para el estudio del laboratorio, a lo que me di la vuelta de inmediato y los recuperé. Necesitaba aprovechar la oportunidad, porque si conseguía gente para el estudio estaba segura de que Vincenzo lo tendría en cuenta para la nota de las prácticas, y si quería una recomendación necesitaba la más alta posible.

Cuando salí al vestíbulo vi que había mucho personal atendiendo, prácticamente veía a más compañeros del trabajo que clientes. Normalmente el ambiente del hotel era tranquilo, se celebraban bastantes eventos importantes y el funcionamiento bajo dichas circunstancias era bastante bueno. 

Me dirigí a la sala en la que estaba la barra en la que yo estaría atendiendo para relevar a mi compañero de la mañana, que se estaba encargando del ala este del bar, pero antes de entrar me encontré con mi jefe, que parecía estar estresado, aunque era normal dadas las circunstancias:

- Menos mal que doy contigo, Evans -me dijo, secándose el sudor de la frente con un elegante pañuelo que llevaba en el bolsillo de su traje barato-.

- Bueno, usted me dirá -le comenté, mientras volvía a guardar el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta-.

- Esto ya lo hablamos y sé que eres una chica lista y me entiendes -tal y como había empezado la frase ya sabía cómo seguiría-, pero necesito que seas amable con los clientes -se aclaró la garganta, y miró hacia los lados con cierto nerviosismo-. Si hacemos esto bien salimos todos ganando, así que es lo único que te voy a pedir.

- Ya lo sé, no hacía falta esta advertencia tan repentina -le respondí, mientras intentaba zafarme de su presencia e ir a mi lugar de trabajo-.

- ¡Espera! -exclamó mientras me agarraba del brazo para detenerme-. Esta gente es muy seria, ¿vale? No se vana  tomar a bien en general lo que digas si les llevas la contraria, y son en su gran mayoría varones ingleses de más de cincuenta años, quiero decir...

- ¡Ya sé lo que quiere decir! -le grité, me estaba poniendo muy nerviosa-. Mire, tengo la situación bajo control, mantendré la compostura y todo bien, ¿vale? No hace falta que se preocupe tanto por mí, conozco gente aquí que da muchos más problemas.

- Bueno, no quiero ni una queja si tan claro lo tienes todo -se quitó de mi camino y me dejó seguir-.

Me sentía violenta después del encuentro que había tenido con el jefe. Era un auténtico lameculos, dispuesto a vender su alma por dar la mejor imagen de sí mismo, y sabía que me estaba invitando a seguir el juego de aquellos carcamales del Derecho, aunque ello supusiera ir contra mis principios morales y éticos. Trataría de sobrellevar la situación como mejor pudiese, pero lo que no sabía es que estaba lejos de tener la situación bajo control, y que en muy poco tiempo puede cambiar absolutamente todo. 

Nada más entrar pude ver que la zona de las mesas estaba perfectamente colocada, ordenada y limpia, y ya había algunos tipos trajeados charlando y tomando algo en las mismas. Había un intenso murmullo, pero era soportable, aunque me imponía la cantidad de gente que había, y la sobriedad que se respiraba. Me sentí más tranquila al ver a lo lejos a Carlos, que estaba en la barra tomándose algo. Estaba hablando con el chico que atendía la barra, y me acerqué para relevarle y saludar a Carlos:

- Hola Harvey, disculpa el retraso, pero el jefe me ha entretenido un poco antes de entrar -le comenté a mi compañero-.

- No hay problema, yo me voy ya -dijo Harvey mientras salía de la barra y me pasaba el paño-. Bueno chicos, un placer, que os vaya bien -y se marchó-.

- ¡Podías haberte quedado un rato más fuera! -me reprochó Carlos, con los brazos cruzados-. 

- No sé qué le habría parecido eso a su novia, se lo puedes preguntar, que está en recepción ahora mismo atendiendo...

- Ni que eso fuese para mí un problema.

- Ay por favor, no sé qué va a ser peor, si aguantar a esta gente o a ti.

- Espero que lo último - nos reímos-.

Entre en mi lado de la barra y coloqué las cosas a mi gusto, así al menos me sentiría más cómoda. Pensé en poner los carteles antes de que entrase más gente, pero justo cuando los agarré vi que tres tipos se acercaban a la barra. 

Era un tipo moreno, con una calvicie pronunciada, de estatura media, con bigote, de unos cuarenta y largos años; otro de estatura media, con el pelo canoso completamente peinado hacia atrás, ligeramente encorvado que se acompañaba de un bastón para andar a pesar de que no parecía tener ninguna afección al andar; y el último era bastante alto en comparación con sus acompañantes, rubio de pelo rizado, y de facciones ciertamente atractivas. Este último me llamó la atención porque era más joven que el resto, pero iba vestido de igual manera, lo cual era esperable, probablemente era algún hijo de alguien y estaría heredando la fortuna de su papá. 

- Esa cara de asco, Kat -me dijo Carlos, en voz baja-.

- Gracias -le respondí, mientras cambiaba la expresión de mi rostro por algo más amigable-.

- Buenas tardes, señorita -dijo el hombre más joven-, ¿nos podría servir unas bebidas?

- Por supuesto, necesito que me digan que quieren, y en seguida se lo sirvo -le respondí, con la misma amabilidad con la que él me había preguntado, la verdad es que si todos los clientes eran así no tendría problemas-.

- Pues nos pones tres cafés bien fuertes, dos de ellos con leche caliente, y el otro con hielo -dijo el hombre mayor con el bastón, que estaba a la derecha del joven-.

- Muy bien -dije, mientras les dedicaba una falsa sonrisa y trazaba mentalmente lo que les tenía que servir-. ¿Les pongo algo más?

- A mí me pones mucho la verdad -dijo con voz lasciva el tipo moreno que iba con ellos, a lo que decidí ignorarle-. ¡Eh, pero no seas estrecha, que seguro que nos lo pasamos bien!

Acto seguido, el tipo se empezó a reír a carcajada limpia, a lo que el señor mayor le siguió, y el chico joven sonrió. Supongo que cuando había pensado que quería que mis clientes fuesen tan educados como el jovencito con cara de niño bueno debía haber tenido en cuenta eso, al final todo el mundo es igual, y hacía bien en no fiarme de nadie nunca. Carlos me miró preocupado, me hizo una señal de calma con las manos y me sonrió. 

Respiré profundamente, y mientras aquellos tipejos se alejaban hacia su mesa, me limité a servir los cafés como me habían pedido, y esperé a ver a algún compañero libre podía servirlo, porque yo estaba en la barra y tenía que preparar más comandas que no tardarían en llegarme, pero como vi que estaban todos ocupados limpiando, recogiendo y sirviendo, así que cogí una bandeja y fui a servirlos yo misma. Volví a respirar, porque sabía que ese tipo de gente no iba a dejar la broma en un  estado tan prematuro. Y no me equivocaba.

Hola chicas y chicos, espero que os haya gustado. Ante cualquier cambio, duda, sugerencia, etc. no dudéis en hacérmelo saber. Quería dar un especial agradecimiento y reconocimiento a las personas que participasteis en la votación de Instagram sobre si debería volver a escribir: Marta, Noe, Jose, Naomi, Anna e Irene. ¡Muchísimas gracias!

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