lunes, 28 de septiembre de 2020

Navras - Capítulo 13

 


Lunes de la siguiente semana

Había dedicado mucho tiempo y esfuerzo para terminar el trabajo que tenía pendiente, y había tenido también algo de tiempo para ir al cine con Carlos a ver "El curioso caso de Benjamin Button", aprovechando que ya había salido en DVD, estaba en el cine más barata, y nos dimos el capricho, ya que ambo adorábamos ir al cine, pero el precio se había elevado más de lo que la gente normal podía permitirse con frecuencia. 

Podía decir que había estado algo feliz, aunque los nervios me podían. Aunque le había dicho a Carlos que intentaría ser amable, me preocupaba no poder dar más de mí de lo habitual. Al menos, si algo tenía claro, es que sería profesional y que ya luego saliese la amabilidad o lo que fuese.

El paciente que me asignaron estaba asociado a un código determinado, y tenía que incluirle en la documentación como tal ya que, aunque nosotros supiésemos a quién estábamos evaluando, para las estadísticas y las comparativas era necesario mantener el anonimato, teniendo bien clasificados los distintos parámetros a través de dichos códigos. 

Tenía curiosidad por saber quién me había tocado, y a quién le había tocado a Carlos, pero en el laboratorio nos contestaron al darnos los códigos que no era pertinente ni relevante para la investigación revelar esa información, que cuando nos reuniésemos con cada persona lo sabríamos, y solo sería necesario para tratar con la misma. 

La mañana pasó rápido, sin novedades, aunque me preocupaban los exámenes, que tendrían lugar en un mes, ya que aún no me había preparado la rutina de estudio, y con las prácticas me sería más complicado gestionarme, aunque lo acabaría consiguiendo, como ya era costumbre.

Carlos y yo estábamos en la cafetería sentados, tomando un pequeño descanso tras las clases y esperando a que llegara la hora para ir al laboratorio. Por mi cabeza estaban pasando muchas cosas, más de lo habitual, y mi amigo se dio cuenta de que estaba algo ausente:

- ¿Qué tal va tu plan malévolo para dominar el mundo? -me preguntó con sorna-.

- Eres estúpido -le respondí-.

- Hala, mira que eres borde... -me contestó, falsamente ofendido-. Estás muy abstraída, y eso no es normal en ti. 

- No lo estoy, simplemente estaba organizando mis ideas -hice una breve pausa para beber un trago del té que me estaba tomando-. ¿Has pensado que en nada vamos a acabar la carrera? -de inmediato, Carlos asintió-.

- Ya, y eso es buena señal, deberías estar contenta, no preocupada.

- Por supuesto, es algo que me alegra, pero hay cosas que estoy considerando. En primer lugar, los exámenes, tengo que buscar en el horario huecos para estudiar, porque tengo que empezar ya o no me va a dar tiempo a prepararme el temario, por no hablar de los trabajos finales...

- Eh, eh, eh, para -respondió, agobiado-. Vas a tener tiempo, y todo va a ir bien -sonrió-. Tómate las cosas con calma, Kat, siempre estás agobiada, y vivir así no es sostenible.

- Ya, bueno, pero es algo que debo tener en cuenta.

- Yo también tengo que organizar el horario de estudio, y tengo que ponerme con los trabajos, recuerda que estamos estudiando lo mismo -tenía razón, la carga de materia era exactamente la misma para ambos-. Pero también hay que sacar tiempo para uno mismo, para salir, divertirse... "No todo es estudiar y trabajar", te lo voy a tatuar en la frente.

- Carlos, en periodo de exámenes no puedo estar luchando con las limitaciones de horario y fomentar mi capacidad de socializar, porque entonces sí que estaría jodida y me hundiría en mi propia mierda sin siquiera pestañear.

- ¡Pero no puedes dejar eso de lado! Sacarte la carrera es importante, pero también lo es que inviertas tiempo en ti y tu salud, así que tendrás que sacar tiempo para todo, porque seguro que luego te arrepentirás de no haberme hecho caso.

- No lo creo, me gusta tener tiempo para estudiar y prepararme bien las materias -Carlos se puso la mano en la cara en señal de decepción-.

- Bueno, allá tú -respondió, molesto-.

- Y no he terminado de decirte en lo que pensaba. Al margen de los exámenes, antes de acabar la carrera quiero hablar con los superiores del laboratorio y con la facultad de psicología para ver si es posible que nuestro proyecto se lleve a cabo.

- Por supuesto, pero eso no lo tienes que hacer sola, es un proyecto común, y como tal prepararemos todo a su tiempo, no te preocupes -se aclaró la garganta-. Bueno, en general nada lo tienes por qué hacer sola, puedo ayudarte a preparar tu horario de estudio incluso.

- Es una buena idea, creo que podría funcionar y así sacar tiempo para ser menos Grinch -le sonreí, agradecida-. 

- Oye, ¿y no estabas pensando tampoco en lo que nos toca ahora? -me preguntó Carlos, curioso-.

- Sí, es algo que también me he planteado, pero bueno, que sea lo que sea -respondí, sin muchas expectativas-. 

- No quieres hablar de ello, ¿no?

- ¿De qué? -le pregunté, teniendo una vaga idea en mente, para cerciorarme si era lo que él referenciaba-.

- A la posibilidad de Tom pudiese haber sido elegido y te tocase a ti -asentí, efectivamente, era lo que yo pensaba-.

- Es algo que barajo y que me gustaría que ocurriese, pero no me obsesiona. Quiero decir, no tengo esperanzas puestas en ello, si ocurre bien, si no, pues lo tomaré como una señal del destino para no volver a pensar en ello.

- Bueno, tienes su número de teléfono y podrías llamarle para quedar un día, que no tiene por qué quedar la cosa en "una vez conocí a un tipo que me cayó bien y pudimos haber sido amigos".

- Tienes razón -suspiré-. Ya veré de todas formas, no es algo que me preocupe.

En realidad no estaba siendo sincera. Era un asunto que me estaba preocupando más de lo deseable. Quería pensar en las bajas posibilidades que había de que Tom hubiese sido elegido, y aún menos de que me hubiesen asignado a él como participante al que evaluar, pero algo en mí fantaseaba constantemente con que, al entrar en el laboratorio, le vería y sería mi voluntario asignado.

Había pensado también en que, si era así, le diría lo que sucedió con su expediente, e intentaría ser menos fría y dar la cara a mis miedos, como ya había hablado anteriormente con Carlos. Había depositado unas expectativas demasiado elevadas en una simple evaluación de laboratorio, no era un cambio vital relevante, pero para mí podría suponer un gran avance personal. 

Temía todo el material con el que había jugado mi mente y la posibilidad tan grande que había de que no ocurriese nada de lo que había pensado. Quería convencerme de lo absurdo que era todo y que tenía que ser más indiferente y fluir con lo que sucediera, pero mi parte más irracional se aferraba a esas ideas. Realmente quería pensar como le había transmitido a Carlos.

Terminamos nuestras bebidas, y abandonamos la cafetería, dirigiéndonos derechos al laboratorio. Estaba nerviosa, y buscaba con la mirada desesperadamente algún rostro familiar, sin éxito alguno. No tardamos en llegar, ya que estábamos a escasos minutos porque estaba en el mismo edificio de la facultad, pero se me había hecho más corto, si cabía esperar: 

- Llevas un rato muy callada, y normalmente a estas alturas ya te has quejado de algo -dijo Carlos, mientras entraba al laboratorio, a lo que yo le seguí-.

- Estoy normal -le contesté, sin demasiada convicción-.

- No lo estás, ni siquiera tú eres capaz de creerte eso que has dicho... -me miró, entrecerrando los ojos-. ¿Qué tal crees que va a ir nuestra primera sesión? - habíamos llegado a la primera sala del laboratorio, y esperamos a que el resto de personas llegaran, sobre todo Vincenzo, que nos tenía que dar la información, test y barómetros-.

- Pues en tu caso creo que va a ir bien, eres una persona sociable, versátil, resolutiva y profesional -hice una breve pausa-. En lo que a mí respecta, sabes que me cuesta hablar con la gente, pero eso no quita que no vaya a hacer mi trabajo, así que estoy casi segura de que va a ir bien también.

- Me esperaba una respuesta más concreta, pero me vale, al menos te veo con la actitud idónea para ello -me sonrió-. Ojalá el voluntario que me ha tocado se parezca a Brad Pitt... -me reí-. ¿Qué? Soñar es gratis.

- Pero es algo poco probable -me seguí riendo-.

En cuanto vimos entrar a Vincenzo ambos nos callamos y permanecimos en silencio, esperando con cierta ansiedad nuestras instrucciones. Tras él, llegaban el resto de compañeros, y vi algún rostro desconocido, asumiendo que alguno de los voluntarios ya había llegado. 

Vincenzo nos dio las carpetas con toda la información, y nos explicó qué hacer y cómo hacerlo y, en caso de precisar de ayuda, estaba a nuestra completa disposición. 

Cuando se marchó, un murmullo creciente empezó a surgir, y me acerqué a Carlos para poder hablar con él un poco antes de comenzar, y así poder ver quiénes nos habían tocado:

- ¿Nerviosa? -me preguntó Carlos, con una sonrisa pilla-. 

- ¿Por qué lo iba a estar? -mentí, por supuesto que lo estaba, pero no quería reconocerlo-.

- Bueno, no vamos a discutir lo falso que es eso que acabas de decir, porque no quiero que se me note en la cara y perder mi encanto natural -nos reímos-. Yo pensaba que lo iba a manejar muy bien, pero estoy intranquilo.

- Normal, es una experiencia nueva, y eso produce siempre cierto nerviosismo.

- ¡AJA! -exclamó, llamando la atención de toda la sala-. Uy, perdón -se disculpó, sonriendo, y el murmullo continuó-. Por eso mismo que has dicho, tienes que estar al menos un poco nerviosa, ¿no?

- Sí, pero lo normal, por eso no lo he querido destacar, este es mi día a día: sentir ansiedad por el mero hecho de estar cerca de un desconocido...

- O no -me interrumpió-. Recuerda que sí que conoces a alguien más que al resto de gente.

- Si te refieres a Tom, en realidad no le conozco, aunque sí que me sentiría más cómoda si fuese él, pero no me importa si no es.

- Bueno, pues vamos a ver entonces quién nos ha tocado, ¿no?

Carlos abrió su carpeta de inmediato, y a mí me costó algo más. Sentí cómo me latía más fuerte el corazón, y estaba asustada. Realmente quería que fuese Tom, aunque me repetía constantemente que no era para nada probable, pero esa fantasía recurrente, ese escenario, no se me dejaba de figurar en la cabeza, y era imposible ser objetiva cuando hay una emoción y/o sentimiento que lo altera todo.

Mi amigo me miraba, extrañado por mi tardanza, y entonces abrí la carpeta. Sentí una enorme decepción al leer el nombre de mi voluntario, aunque intenté disimularlo para evitar que interfiriese más en mi trabajo de lo que ya lo iba a hacer, y para esquivar comentarios que sabía que Carlos me haría:

- ¿Y bien? -me preguntó, acercándose a mí ligeramente para ver mi papel-.

- Creo que a este hombre ni siquiera le hemos hecho las primeras pruebas tú y yo -comenté, intentando controlar mis emociones y ser lo más neutral posible-. 

- No me suena -respondió Carlos-. Si te sirve de consuelo, me ha tocado esa chica -dijo, señalando de manera discreta a una chica joven que estaba en la sala, esperando-. No es que no se parezca a Brad Pitt, pero no es mi estilo, y creo que tampoco la evaluamos -esbocé una ligera sonrisa ante el comentario de Carlos-.

- Pues supongo que ya está -comenté, suspirando-.

-¿Estás más tranquila?

- Totalmente.

- Bueno, te dejo, que mi chica me espera -se rio-. Nunca me volverás a escuchar esa frase, así que grábatela bien -me reí-.

- Ánimo con ello -le comenté antes de que se fuera-.

- Igualmente bombón, lo vas a hacer genial.

Vi como Carlos se levantó y se dirigió hacia su voluntaria para presentarse. Yo esperé sentada, hasta que vi que el voluntario que me había tocado apareció. Me fijé, por si algún casual Tom era otro de los que habían sido seleccionados, pero desafortunadamente no parecía que así fuese. 

Me levanté de la silla, y traté de ser lo más amable posible con mi paciente, James, aunque era difícil ser algo cercano con alguien que no había visto en mi vida, y mucho menos, siendo la otra parte yo.

La sesión se me hizo eterna, a pesar de que fuimos los primeros en terminar, duró aproximadamente unos 30 minutos. Disponíamos de 30 minutos adicionales, pero dada la agilidad del proceso y mi ausencia de voluntad por comunicarme con aquel hombre, no quise añadir nada más que se saliera del guión que Vincenzo nos había dado. 

Cuando di por finalizada la sesión, James se levantó de la mesa, se despidió de mí y se fue. Me quedé sentada en la silla en la que estaba, no quería que nadie fuese a hablar conmigo en aquel momento. Estaba tan desanimada y desmotivada que podía quedarme allí sin hacer nada por horas. 

Me sentí decepcionada, sobre todo conmigo misma por dos razones. La primera de ellas, por la mala jugada que mis sentimientos me habían jugado. Con el tema de Tom, no me esperaba verle, pero aquella pequeña parte que planteaba la posibilidad de que sí le viese y que, adicionalmente, fuese mi voluntario, era tan fuerte que había conseguido invalidar la lógica aplastante de toda esta situación. 

Y, en segundo y último lugar, pero no menos importante, había dado un paso atrás en mi objetivo de ser más sociable. Probablemente horroricé a James, el trato fue frío, y me sentí incómoda, a pesar de que el hombre fue neutral e intentó ser educado. Simplemente no quería vivir aquella situación, no me veía capaz de comunicarme con alguien que no conozco sin dudar hasta la última coma que salía de mí.

Sabía que lo que había pasado estaba mal, que tenía que cambiar, me había comprometido a hacerlo, y en cuestión de unos minutos lo he echado a perder. Carlos se iba a enfadar, y con razón, porque podía haberme hecho bien distraerme más de mis propios pensamientos y mis estupideces comunicándome con mi paciente, siendo algo más cercana. Pero a pesar de saber que lo he hecho todo mal, no he cambiado nada en ningún momento, siempre he pensado que sería tarde para cambiarlo, me daba excesiva vergüenza hablar con James cuando pasaron cinco minutos desde que entró, diez, quince y veinte. Siempre era tarde, no era el momento.

Al cabo de unos diez minutos escuché una puerta abrirse y reconocí una de las voces que se escucharon. Al parecer, Carlos ya había terminado, o al menos había abandonado la sala. Recogí mis cosas, esperando a que se despidiera de su voluntaria y así poder irnos juntos a casa.

Salí de mi sala intentando no hacer mucho ruido a la zona principal, en la que habíamos estado sentados inicialmente, y pude ver que la chica con la que estaba Carlos ya se estaba despidiendo. 

Al contrario que yo, Carlos estaba muy sonriente, se le veía en su salsa completamente, y la chica parecía contenta también, aunque él creaba entornos muy cómodos y es tan cercano que seguramente la chica habrá quedado encantada y le habrá caído fenomenal. 

Cuando mi amigo me vio, inmediatamente se acercó a mí, conservando aún la amplia sonrisa que tenía dibujada antes:

- ¿Qué tal? -le pregunté, adelantándome para evitar que me preguntara a mí-.

- Muy bien, Tiffany ha sido muy maja y se me ha pasado la sesión volando.

- Perfecto, vamos a llevarle esto a Vincenzo -dije rápidamente para evitar lo máximo posible la pregunta-.

- Uy, es verdad, que se me olvidaba -dijo, volviendo rápidamente a la sala en la que había estado, y regresó con la carpeta-. No sé dónde tengo la cabeza, a veces solo pienso que es para portar este rostro de infarto... -se rio, y yo estaba demasiado distraída como para siquiera reaccionar-. Qué sosa, hija.

- No, es que estoy cansada -le respondí con una vaga sonrisa forzada, lo cual no fue creíble en absoluto para Carlos-.¿Vamos?

- Por supuesto -me contestó-. ¿Ha ido todo bien? 

- Sí, sin más -quise contestar, siendo lo más ambigua posible para no mentirle sin tampoco decir la verdad del todo-.

Entramos en la oficina donde estaban nuestro tutor y la mujer que nos dio las instrucciones la semana pasada. Entregamos las carpetas, y Vincenzo parecía satisfecho:

- Buen trabajo chicos, revisaremos estos primeros resultados y los digitalizaremos -dijo Vincenzo-. ¿Qué tal?

- Bien -respondimos Carlos y yo al unísono-.

- Me alegro -contestó-. En estas mismas carpetas iréis guardando los registros y test de las siguientes semanas.

- Sin problema -contestó Carlos-.

- Es bastante probable que me ponga en contacto el miércoles con alguno de vosotros por unas cuestiones, pero no os preocupéis, no es nada malo.

- ¿Es relativo al estudio? -pregunté, curiosa-.

- Sí, es que hay dos miembros de los becarios que han acabado las prácticas y se nos han quedado dos personas descolgadas, así que vamos a cuadrar uno en vuestro grupo, y otro en el de martes y jueves, pero ya avisaremos a la persona que tenga que hacerse cargo en cada grupo, porque no queremos tampoco ir rotando a esos voluntarios, porque podría alterar los resultados, así que van a ser las mismas condiciones, lo único que uno de los que estáis en este horario tendrá a dos voluntarios en vez de a uno, y lo mismo en el otro grupo.

- ¿Vais a elegir? -preguntó Carlos-.

- No, va a ser algo al azar, no queremos alterar los resultados lo más mínimo -respondió Vincenzo-. Os mantendré informados, e iré comentando este asunto al resto de compañeros para que no os pille desprevenidos -se aclaró la garganta-. De todos modos, vamos a ver si encontramos otra alternativa para no cargar más a nadie.

- Perfecto, Vincenzo, muchas gracias -le dije-.

- Nos vemos el miércoles -se despidió Vincenzo-.

Genial, tal vez tendría la oportunidad de pasar nuevamente un mal rato y sentirme como una basura. Carlos parecía indiferente, y tal vez debía tener una actitud más similar a la suya. Aunque sin el "tal vez". 

lunes, 21 de septiembre de 2020

Navras - Capítulo 12

 



- Te voy a plantear una situación hipotética.

- ¿Te preocupa algo que has creado tú en tu mente? -preguntó Carlos, ligeramente extrañado-. Bueno, eres tú, así que nunca se sabe. Venga, plantéame esa situación.

- Pues verás, imagina que conoces a alguien.

- Creo que puedo imaginar eso -respondió, aún extrañado-.

- Vale, pues imagina que después, sin querer, cero intencionalidad por tu arte -quise hacer énfasis en aquello ya que era el meollo de la cuestión-, te enteras de algo sobre la otra persona, algo privado, pero no terrible. No sé si me estoy explicando -esperé, mientras Carlos parecía más confuso aún-.

- Espera un momento... Ya sé lo que está pasando aquí -respondió, con cierta seguridad, lo cual me dejó helada, esperaba que no lo supiese, no al menos del todo-.

- No pasa nada, Carlos, esto es una invención mía, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

- ¿Has mirado en mi segundo cajón del armario? -al escuchar aquello, sentí un gran alivio y me empecé a reír-. ¿Qué pasa?

- ¡No, no he mirado en ningún cajón tuyo! ¿Por qué lo iba a hacer? -me seguí riendo, lo que dejó más perplejo a mi amigo-. Además, ¿qué tienes ahí que no quieres que vea? -le pregunté, curiosa-.

- Nada, nada, lo mío también era hipotético, como lo que me estás contando... Pero de todas formas, no mires, no por nada, sino porque lo tengo todo muy desordenado...

- Vale, vale. Bueno, a ver, retomando lo que te he comentado, ¿tú qué harías?

- Primero voy a ver si me he enterado bien de la historia: te has enterado por accidente de algo sobre alguien, ¿no? -asentí inmediatamente-. ¿Y cuál es el problema?

- A ver, conoces a esa persona de la cual deriva dicho "secreto" -gesticulé con los dedos simulando las comillas-, y tienes ciertos sentimientos de culpa y remordimientos por saberlo.

- Pero eso es absurdo -contestó Carlos, decidido-. Te has enterado de algo sin querer, y no pasa nada.

- ¿No crees que la otra persona podría estar molesta? -le pregunté-.

- Es posible que al principio sienta algo de enfado, pero no sería producto tuyo, sino de la situación. Quiero decir, Tom no se va a enfadar contigo si le dices que accidentalmente has leído algo de su expediente -al escuchar aquello, me quedé congelada-.

- ¿De qué estás hablando? -vi como Carlos se empezaba a reír-.

- Cuando nos hemos ido esta mañana del laboratorio, me ha dicho Vincenzo que tengas más cuidado con lo de los expedientes, que aunque sea un accidente hay gente muy tiquismiquis y se puede liar muy gorda -no tenía salida, me había pillado-.

- Bueno, sí, y qué -dije, cruzando los brazos, intentando salvar la situación-. Pero estamos hablando de algo hipotético, no de Tom.

- No, no, aún no he acabado, Kat -hizo una breve pausa-. Todo lo anterior que te he dicho está confirmado, pero aquí viene mi hipótesis, impulsada por esa situación "hipotética" que me has planteado -se aclaró la garganta, y esperé que no continuase, no quería saber más de la conversación ni del tema-. Por algún motivo miraste el expediente de Tom, y leíste algo que no debías haber leído, y te sientes culpable. ¿He acertado? -me preguntó, orgulloso de sus deducciones-.

- Eres imbécil -le respondí, y sonrió, satisfecho-.

- Ahora ya sabiendo bien la historia, podemos pensar en qué hacer a continuación, ¿no?

- Pues no sabes toda la historia, porque resulta que hoy durante el reparto uno de mis clientes han sido Tom y un amigo suyo -respondí, no queriendo darle la razón bajo ningún concepto a Carlos, y pareció sorprendido tras escuchar mis palabras-.

- Oh, vaya, vaya. Bueno, pues estás tardando en contarme qué ha pasado.

- En realidad nada, he conocido a Benedict, que es su amigo, y a su perro Bobby.

- ¡Ya te está presentando a sus amigos! -exclamó casi de inmediato cuando terminé de hablar-. Qué fuerte...

- ¿Puedes dejar de ser imbécil por un rato, o no te cuento nada más?

- ¡¿Que hay más?! 

- No mucho más, pero me ha preguntado si habíamos recibido el formulario porque alguien -levanté más la voz para que Carlos se diese por aludido- había olvidado contestarle, y me ha preguntado qué tal estaba.

- Ohhhh, qué majo es -dijo mi amigo, sonriendo-. Yo creo que le gustas, y mi sexto sentido en esto no falla.

- No, no, no, ese no es el tema. Además, no le gusto, según me ha dicho Benedict, soy su "amiga", y no voy a arruinar esa posible amistad con una buena persona porque a mí me guste -fue la primera vez que reconocía aquello, y más en voz alta, y me quedé perpleja, al igual que Carlos-.

- Sorprende escucharte decir algo así, aunque lo de que a ti ese chico te gusta ya lo sabía.

- Es que decir que me gusta es demasiado fuerte, en realidad no...

- En realidad sí, Kat, dejémoslo ahí porque vamos a hablar de lo mismo de siempre y ni tú ni yo queremos -no sabía cómo, pero Carlos siempre acababa teniendo razón-. Entonces, sabes algo de Tom porque lo has leído sin querer, y te sientes muy mal por ello, así que quieres hacer algo para dejar de sentirte mal.

- Exacto, eso es lo que llevo media hora intentando decirte de manera encubierta sin éxito -hice una breve pausa-. Entonces, ¿me has estado vacilando al principio?

- Un poco, pero podrás perdonarme -nos reímos-. Bueno, yo creo que le deberías contar lo que ha pasado tal cual. No conozco a Tom, pero no creo que se enfade contigo por ello.

- ¿Y si no le vuelvo a ver? Sería tontería decirle nada entonces...

- Oh, ya veo lo que pasa aquí...

- ¿El qué? -pregunté, sin entender muy bien por dónde iba él-.

- Puede que te sientas mal por saber eso de Tom, pero lo que realmente te produce malestar es la incertidumbre de si le volverás a ver o no.

- Eso me da igual... -en realidad no, y hasta que Carlos lo había dicho no había caído en la cuenta-.

- Katherine, estás preocupada porque no sabes si vas a volver a ver a una persona que te gusta, independientemente de que sea en calidad de amigo o de cualquier otra cosa, y eso es normal.

- ¿Tú crees que es algo que merece la pena? Quiero decir, esforzarme por intentar conocerle.

- ¡Por supuesto! Te vendría muy bien ir abriendo poco a poco tu círculo social e ir desenvolviéndote de una manera menos introvertida. El hecho de conocer a una persona e ir forjando una amistad no puede sino hacerte bien y ayudarte con tus propósitos, así que yo creo que merece la pena que lo intentes.

- Pensaré en ello -respondí, pensativa-.

- Eso espero, sino voy a estar yo aquí para recordártelo -nos reímos-.

El resto del día, que era poco, pasó rápido, y no tardé en irme a dormir para descansar, ya era prácticamente viernes y tenía mucho que hacer por delante.

Miércoles de la semana siguiente

Había tenido una semana muy ajetreada, mucho más de lo que me hubiese gustado, pero me sirvió para volver a centrarme en apartados importantes de mi vida que requerían atención. Quería obtener los mejores resultados, y para ello tenía que ser más dedicada en ese aspecto. Dejé de lado el tema de Tom, ni siquiera habíamos vuelto a hablar, y a pesar de que no quería perder el contacto con él, pensé en que tal vez necesitaba algo de tiempo para adaptarme a una socialización más "sana".  

Fue una mañana tranquila, pintaba como uno de esos días que fluían por sí solos. Además, Carlos y yo teníamos laboratorio después de las clases y tenía curiosidad por saber cómo iba la investigación y qué planes tenía Vincenzo y el resto del equipo. Teníamos una reunión a las tres de la tarde con ellos, por lo que teníamos una hora por delante de introducir datos y revisar estadísticas.

Estuvimos trabajando un buen rato con los ordenadores, y unos minutos antes de las tres, vi que Vincenzo se acercaba a donde estábamos Carlos y yo para invitarnos a la sala en la que se organizaban las reuniones:

- ¿Cómo vas? -nos preguntó Vincenzo-.

- Bien, he terminado de meter los datos que me faltaban y estaba revisando si están bien -contesté-.

- Yo aún tengo mis dificultades, jamás me apañaré con este programa... -respondió Carlos, con apuro-.

- Me lo podías haber dicho y te habría ayudado -le comenté-.

- Ya bueno, prefiero sufrir por mi cuenta que me intentes ayudar y me grites porque soy una ameba con estas cosas -me reí, la verdad es que tenía bastante carácter y entendía que no quisiera mi ayuda-.

- No te preocupes Carlos, la reunión no va a ser larga, luego podéis seguir con ello -respondió Vincenzo son cierto sosiego-.

Ambos nos levantamos de nuestros puestos, y seguimos a Vincenzo hasta la sala, aunque ya sabíamos por dónde era, pero era cuestión de cortesía y educación más que desconocimiento en sí. Al entrar vimos que ya estaban los otros miembros del equipo reunidos, incluyendo los otros chicos que estaban haciendo las prácticas en el laboratorio los martes y jueves.

Cuando estuvimos todos sentados, una de las integrantes del equipo, cuyo nombre, al igual prácticamente que del resto, desconocía, inició la reunión:

- Buenas tardes a todos -se oyó un murmullo en forma de "buenas" y "buenas tardes" por nuestra parte-. En el día de hoy hemos convocado esta reunión para organizar lo que haremos a continuación con el estudio para avanzar, ya que hemos conseguido a unos cuantos candidatos de primeras para trabajar, ¡lo cual no supone que no necesitemos más! Al contrario, seguiremos en ello, pero por el momento vamos a trabajar con este porcentaje para ir teniendo resultados -se hizo una pausa, mientras la mujer leía el guión que tenía sobre la mesa-. Ya hemos seleccionado a los candidatos a los que vamos a estar examinando, a continuación os voy a pasar la referencia de sus expedientes para que empecemos con la organización de los mismos -cogió una serie de papeles, y fueron circulando por la mesa hasta que todos tuvimos uno-.

- ¿Qué tenemos que hacer con esto? -preguntó uno de los otros estudiantes que estaban de prácticas-.

- Con estos códigos vamos a contactar con un correo común a todos los participantes que han sido elegidos. Hoy nos encargaremos los superiores de mandar los correos, y entre mañana y pasado esperamos que esos participantes nos respondan y podamos concertar con ellos una cita para que la semana que viene sean evaluados.

- ¿Cómo se van a hacer las evaluaciones? -pregunté, con cierta preocupación por el posible requerimiento de un nivel medio o alto de contacto social-.

- Os vamos a dar unas preguntas que les vais a tener que hacer, y para ello tenéis una hora -al ver nuestra reacción, la mujer sonrió-. No os preocupéis, son pocas preguntas y en veinte minutos deberían estar hechas, pero hay que dar margen suficiente para que la gente se mueva, y que todo salga bien.

- Las asignaciones de cada persona las haremos según los horarios que escojan, y se harán una vez a la semana en el laboratorio, a lo largo de un mes, o si es necesario, un mes y medio. Para cualquier cambio, modificación o novedad, os lo diremos en cuanto lo sepamos, o haremos una reunión si es pertinente -añadió la mujer que estaba al lado de la que había llevado la voz cantante-.

Me quedé pensativa en aquel momento, desconectando totalmente de la reunión. No me preocupaba perder el hilo, ya que se había dicho lo más importante, y si había algo más, ya le preguntaría a Carlos.

¿Y si Tom era uno de los elegidos? Cabía la posibilidad, ya que había participado, aunque era poco probable que hubiese tanta coincidencia que fuese yo la que le hiciese las preguntas, siendo que éramos ocho las personas que nos ocupábamos de hacer el "trabajo sucio" de laboratorio. Tal vez ni siquiera había sido elegido.

Al pensar en aquello sentí como las palmas de mis manos se enfriaron, me había puesto algo nerviosa. Es posible que fuese por todo el tema de tener que hablar con gente desconocida más de la cuenta, que me producía más ansiedad que hablar con gente que veía día a día, y era ya algo a tener en cuenta.

Terminó la reunión al cabo de unos minutos, y Carlos y yo volvimos a nuestros puestos:

- ¿Quieres que te ayude? -le pregunté, intentando ser amable-.

- La pregunta es, ¿quiero que me ayudes? -se rio-. Claro, pero por favor, no me pegues.

- No pensaba hacerlo -respondí, aunque cabía la posibilidad de que lo hiciera si me sacaba de quicio-. Oye, ¿qué te ha parecido la reunión? -le pregunté, mientras acercaba mi silla a su puesto-.

- Normal, no me esperaba que fuese una fiesta, aunque me habría gustado -nos reímos-. Es lo que toca, así que al menos no nos vamos a aburrir o a pelear metiendo datos en estos programas asquerosos -nos reímos de nuevo-.

- Ya, pero eso significa más trabajo, menos tiempo para hacer otras tareas...

- Y la posibilidad de tener que hablar con gente y poner buena cara cuando lo único que te generan son náuseas, ¡si ya sé lo que piensas!

- Es que para ti es fácil decirlo, Carlos, eres una persona muy sociable, cálida y abierta, pero es que en mi caso, además de no sentirme cómoda, soy un témpano de hielo. ¡Un iglú se queda en una minucia algo fría a mi lado!

- No, Kat, no eres fría, te cuesta empezar a hablar con la gente, pero luego eres simpática, mira con Tom, te has portado como si llevases hablando con gente toda la vida.

- Hombre, a ver, pero eso es diferente, he hablado con él más de una vez, y en el trabajo me siento más cómoda con gente con la que ya he hablado antes...

- ¡Claro, pero es que al resto de sujetos les hemos evaluado! Bueno, no a todos porque lo hemos hecho entre todos los del laboratorio, pero simplemente actúa como si ya hubieses hablado con ellos, porque ellos ya han estado aquí, aunque no sea con nosotros.

- No me queda más remedio que hacer eso, sí -contesté con desgana-.

- A lo mejor así conoces más gente y te empiezas a desenvolver con más soltura -añadió Carlos, contento-.

- A ver, no nos pasemos, tampoco soy tú.

- ¿Me estás diciendo que soy suelto? -me reí al escuchar aquello dicho del modo en el que lo dijo-.

- ¡No! Es que tú tienes don de gentes, no conozco a nadie a quien no le gustes.

- Puedes hablar con racistas y homófobos, ellos tendrían algo que objetar respecto a esa afirmación tuya.

- Bueno, lo que quiero decir es que eres una persona muy sociable y yo, por mucho que invierta y trabaje en ello, no voy a poder ser así.

- Nadie te ha dicho que seas así, yo me paso y los extremos no son buenos. Tú tienes que ser tú misma, porque eres una buena persona y el mundo merece conocerte -al escuchar aquello sonreí-. Mereces ser feliz y disfrutar de las cosas buenas de la vida, y no todo es trabajo y estudio.

- Ya lo sé, gracias -hice una breve pausa para aclararme la garganta, no me esperaba algo tan profundo en aquel momento-.  Me voy a comprometer a intentar ser más sociable.

- Me parece perfecto, Kat -respondió Carlos, sonriendo-. Oye, si me toca Tom, ¿puedo tirarle los tejos? -al escuchar aquello, me quedé sorprendida-. ¿No te había dicho hace 8 años que era gay? -me reí-.

- No, es que me ha hecho gracia que de repente digas eso, no me lo esperaba -hice una pausa, no sabía qué decir-. Puedes hacer lo que quieras, pero no es ético ni está permitido tener relaciones con los participantes -en aquel momento, Carlos se empezó a reír-. A ver, ¿de qué coño te ríes tú ahora? -pregunté, enfadada-.

- De que te gusta y no quieres que te lo quiten -contestó-. No iba a hacer nada con él, puedes estar tranquila, pero se me había ocurrido decirte eso para ver qué cómo reaccionabas.

- Pues no me gustan esos comentarios tan espontáneos tuyos -añadí, aún molesta, lo cual le hizo reír más-. Tú sigue riéndote, que ya te la devolveré...

- Ay, pero mira que eres tonta -me intentó dar un abrazo, pero me aparté-.

- No, ahora no me vale que me hagas la pelota.

- Eres de lo que no hay, de verdad -hizo una pausa-. Pero oye, estoy contento de todo lo que has avanzado en este tiempo.

- Gracias, la verdad es que yo también -sonreí ligeramente-. Bueno, ¿y si nos dejamos de cháchara y terminamos esto? Porque si no no nos vamos a ir a casa nunca.

- Cuando tienes razón, es que hay que dártela -respondió, mientras centrábamos nuestra atención en la pantalla del ordenador-.

Terminó el día sin nada destacable, no había dejado de ser un día más, normal, monótono, aunque no me podía quejar, porque el cambio no era algo a lo que me adaptase con facilidad. O al menos, no estaba tan segura de ello hasta que vinieron varios cambios seguidos. 

sábado, 19 de septiembre de 2020

Afkicken

Todo está en completo silencio. Puedo oír como los últimos fragmentos caen al suelo.

Puedo oír el miedo también. La incertidumbre. Temor. Absoluto desconocimiento, completo terror, una caída. 

[...]

Contemplo una travesía, que va a acabar siempre de la misma manera, lo que cambia es el recorrido. 

Acompaña siempre la complejidad, el miedo, la incertidumbre, la inseguridad. No todo es negativo, y no todo lo malo ha de ser visto como una amenaza.

Un devenir; nos rompemos poco a poco en un constante equilibrio entre el bien y el mal.

[...]

No creo en nada, pero haría lo que fuera para dar marcha atrás. Evitar que se rompa, que nada de esto ocurra.

Tengo tanto miedo que podría romperme ahora mismo y toda la fuerza del mundo no podría pararlo.

Tal vez ya ha empezado, o tal vez ya me ha quebrado.

¿Es tarde? Solo sé que quiero cerrar los ojos. Evitar el silencio.

[...]

Dicen que no hay mal que por bien no venga, que tras las nubes siempre hay un rayo de luz. Me gustaría que así fuese, pero cada vez lo creo menos.

Los fragmentos no se recogen solos.

El miedo no se va.

La incertidumbre no cesa.

¿Cuánto va a acabar todo esto? 

[...]

El silencio absoluto no existe, pero estoy segura de haberlo vivido; de haber escuchado los últimos fragmentos caer...

lunes, 14 de septiembre de 2020

Navras - Capítulo 11

 


Era Tom. ¿Qué podía querer de mí? Tal vez era algún problema con el formulario que tenía que rellenar. Cuando fue a responder, recordé que leí algo de su expediente, y la culpabilidad me impidió responder, simplemente dejé que el teléfono sonara hasta que Tom colgase. Noté la mirada de Carlos clavada en mí, y sabía que me iba a preguntar, pero no quería hablar de ello, simplemente quería olvidarme de lo que había hecho. 

¿Cómo se supone que iba a dirigirme a Tom si volvía a hablar con él? Había invadido su intimidad, había hurgado en su historia de vida, algo que estaba lejos de estar autorizada a hacer, y probablemente si lo supiera pensaría que soy una basura. Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un toque que sentí en el brazo:

- ¿Qué pasa? ¿Por qué no has respondido? -pensé rápido para cambar el rumbo de la conversación y evitar contarlo todo-. 

- Ah, era un número desconocido, probablemente alguna compañía que querría venderme algo -respondí, rápidamente-. Perdona, es que me he quedado embobada.

- Eso es algo que suele pasar -se rio, y le devolví una maligna mirada que detuvo su risa-. ¿Me vas a matar por decir eso?

- Por ahora no, que tenemos que ir a clase y eso de cargar con un cadáver y limpiar la escena es algo que no entra en mi horario -nos reímos-. Por cierto, ayer me llamaron de las pizzas y me han dicho que me han ampliado la zona de reparto. 

- ¿Eso significa que puedes traer pizzas gratis aquí? -preguntó Carlos, ilusionado-.

- ¡No! -exclamé-. Significa que tengo que repartir más lejos, y sigo sin poder traer comida gratis a casa. 

- Es como tener el cielo al lado y no poder tocarlo... -respondió Carlos, exagerando su reacción, lo cual me hizo especial gracia y me reí-. 

- Bueno, deberíamos desayunar ya si no queremos llegar tarde a coger el autobús, ¿no?

- Tienes razón. Oh dios, odio no poder ir en moto, con lo cómodo que es -comentó Carlos, acompañándolo de un suspiro-.

- Hasta que no cobremos a finales de mes no puedo meter más dinero para gasolina, a no ser que quieras hacer una aportación extra.

- Ojalá, pero no hay más que verme, que me estoy depilando el pecho con celo, ¡con celo!

- Espero que recuerdes ese tipo de escenas cuando me digas a mí que estoy loca -nos reímos-. Ojalá poder ir en moto, pero habrá que esperar hasta nuevo aviso -añadí con cierta tristeza-.

Con aquel pesimista fin de la conversación dimos por concluida la charla y nos dispusimos a desayunar. Miré el reloj, íbamos bien para poder ir antes de las clases al laboratorio, pero tampoco nos podíamos distraer, así que le metí un poco de prisa a Carlos para que terminara y cogiera sus cosas para irnos. 

Mientras iba a su habitación a por la mochila, cogí el teléfono, y miré la pantalla, sintiendo como la culpa volvía a mí. Le mandaría un correo cuando volviese, así le preguntaría el motivo de la llamada, y no tendría que hablar con él, lo cual me quitaría un enorme peso de encima, al menos por el momento. Vi que Carlos ya había cogido sus cosas, así que nos abrimos camino hasta la parada del autobús.

La mañana fue intensa y fluida, por lo que tuve la mente ocupada y se me pasó volando. Habíamos llegado pronto a la facultad, así que fui sin problema al laboratorio, Carlos y yo nos tomamos un café antes de empezar las clases, y habíamos tenido muchos apuntes que tomar. Salí incluso contenta, sentí que había aprovechado muy bien el tiempo, y que había sabido apartarme de los pensamientos que me estaban atormentando. 

Planeé una tarde de hacer tareas de clase, y ponerme con el trabajo que el día anterior había confundido con el expediente de Tom. Recordé que le tenía que escribir el correo, y sentí un cambio de temperatura cernirse sobre mi cuerpo. Era pronto, y si le escribía él respondería de inmediato, o incluso podría llamar, así que decidí escribirle el correo cuando regresara de repartir pizzas. Era consciente de que igualmente él me podía llamar a la mañana siguiente, pero ya sería cosa del próximo día, y necesitaba no pensar tan a largo plazo. 

El resto del día pasó volando, y en cuanto me quise dar cuenta ya era hora de trabajar. Me preparé, tomé algo de comer antes de salir de casa ya que los días que repartía llegaba tarde a casa, y me dispuse a coger el autobús para dirigirme a la pizzería donde me darían la moto y la ruta. 

Como ya me había informado mi jefe el día anterior, mi zona de reparto se había ampliado, lo cual supuse que estuviese algo más confundida respecto al reparto de los pedidos; no obstante, no me paré mucho, ya que no quería que se me acumulasen los pedidos y, por lo tanto, el trabajo. 

Al principio no tuve muchos pedidos pero, como era de esperar y pasaba casi siempre, según se iba a acercando la media tarde/noche, se empezaron a acumular, pero por suerte ya me había acostumbrado y sabía cómo manejar la situación. 

Hice las entregas la manera más rápida y eficaz que estaba en mi mano. Una de las entregas era en una casa unifamiliar, en la zona nueva que me habían asignado, y con la que aún no estaba familiarizada, era el primer pedido que recibía de allí. Di algunas vueltas, pero terminé encontrando el lugar, aunque había tardado más de lo que esperaba y esperaba no tener muchos más pedidos que entregar o sino tendría que hacer a esa gente esperar. 

Me bajé de la moto, comprobé el pedido "una carbonara y una vegetariana". Cogí las cajas con las pizzas correspondientes y de camino pensé en qué pobre alma habría pedido la vegetariana. Dada mi opción de no comer carne, la había probado años atrás, y era una auténtica basura, así que probablemente la persona que la había pedido no tenía ni idea de lo mala que era, y es posible que perdiera así un cliente. "Bueno, al menos no tendría que alejarme de mi zona de reparto, no aquí al menos" pensé. 

Llamé al timbre, y esperé unos segundos, era la parte que más odiaba de mi trabajo, pero al fin y al cabo era imposible entregar la pizza sin hablar con el cliente y cobrarle. Me abrió un tipo alto, esbelto, muy pálido y con los ojos muy claros, de aspecto avispado:

- Buenas, aquí le traigo su pedido, son una carbonara y una vegetariana, ¿correcto?

- Está perfecto, señorita -me contestó, dedicándome una sonrisa aparentemente amable, y vi cómo la puerta se movía y salía un perrito, lo cual me hizo cambiar totalmente de actitud-. Uy, disculpa -comentó el tipo, mientras intentaba sujetar al perro, que se acercó a mí, y yo aproveché para acariciarle-.

- Hola precioso, eres un amor -le decía al perrito mientras le acariciaba, como si me entendiese, y el chico sonreía, intentando agarrar al perro-.

- Tom, ¿puedes coger a tu perro? Se está volviendo loco con la repartidora -dijo el chico, dirigiéndose a alguien que estaba dentro de la casa-. Perdona, es que le veo muy contento contigo y prefiero molestar un poco a mi amigo para que Bobby disfrute de mimos, se ve que le gustas -por un momento estuve tranquila, hasta que caí en la cuenta de los nombres, y en ese momento me intenté ir lo más rápido posible-.

- Uy me tengo que ir ya -dije, aún con Bobby a mi lado demandando más atención-. 

- Te he dicho que tuvieras cuidado con la puerta porque Bobby es muy pesado y siempre que puede sale -dijo Tom, mientras aparecía al lado del tipo del principio, y en ese momento intenté disimular mi rostro ocultándome en la chaqueta y la gorra, cabía la posibilidad de que no me reconociese-. ¿Katherine?

- ¿Os conocéis? -dijo el hombre del principio-.

- Oh, hola, Tom -respondí, dando por perdido mi intento de huida, y acariciando a Bobby-.

- Bueno, ya conoces a mí perro -dijo, sonriendo, y le devolví la sonrisa-. Y él es Benedict -dijo, señalando a su amigo-.

- Encantado -dijo, tendiéndome la mano para saludarme, y por cortesía se la estreché-.

- Igualmente -sonreí, algo incómoda-.

- ¿Eres la chica del estudio en el que participó ayer Tom? -al escuchar que Tom le había comentado algo sobre mí a su amigo sentí como un sudor frío empezó a caerme en la espalda-.

- Eh, supongo que sí -contesté-.

- Bueno, yo te voy a pagar, que al final te robamos las pizzas -dijo Benedict, sonriendo-. ¿Cuánto es?

- Son trece libras -le respondí, esperando poderme ir lo antes posible, aunque Tom seguía allí-.

- Perfecto, ahora te lo pago -dijo Benedict, mientras hurgaba en sus bolsillos con una mano con dificultad, mientras con la otra sujetaba el pedido -.

- Si no tienes lo pago yo y esta vez lo pagas tú la siguiente -le comentó Tom-.

- No hace falta, si he venido preparado, pero coge las pizzas por favor, que se me van a caer.

- La vegetal va a saber igual si se cae o si no -le contestó Tom, riéndose, mientras le cogía las pizzas-.

- Tiene razón -dije-. Yo le di una oportunidad porque es la única que puedo tomar de las que comerciamos y es como comer cartón.

- ¿Tienes alguna intolerancia, o eres vegetariana? -me preguntó Benedict-.

- Soy vegetariana -contesté-.

- Pues ya sois dos -comentó Tom-.

- No, soy vegano, llama a las cosas por su nombre, Tom -le dijo Benedict, picándole, y Tom le hizo burla-. Aquí tienes -me dio veinte libras-.

- Gracias -guardé el dinero y fui a buscar cambio en mi riñonera-.

- No, no, quédate con el cambio -me dijo Benedict-.

- No pienso hacer eso -le dije, dándole las cinco libras restantes-.

- No pienso aceptar el cambio -me respondió Benedict-.

- Creo que sois igual de tercos y uno de los dos va a tener que ceder si no queréis estar aquí ad infinitum.

- ¡Ya está el pedante con sus latinismos! ¿Te digo yo algún término forense? -me reí ante la situación, me recordó bastante a mis encuentros con Carlos-. Le voy a dar mala impresión a tu amiga por tu culpa -al escuchar "amiga" me quedé petrificada, ¿en qué momento me había convertido en amiga de Tom y cómo?-.

- Bueno, cederé yo, pero si vuelves a pedir, que no creo porque la pizza vegetariana de mi pizzería es pésima, que sepas que no tendrás derecho a dejarme nada de propina.

- Me parece un trato justo -dijo, extendiendo la mano en señal de trato, lo cual me hizo gracia y acepté su manera de cerrar la decisión-. Un placer hacer negocios contigo.

- Igualmente -le respondí, sonriendo, la verdad es que él también era un tipo simpático-.

- Parecéis dos mafiosos -añadió Tom, y nos reímos-.

- Bueno, déjame las pizzas y las pongo en la mesa, que parece que tus piernas no son funcionales -dijo Benedict, mientras se metía en la casa-. Un placer, Katherine, que tengas buena noche -se despidió Benedict-.

- Muchas gracias, Benedict, igualmente -al ver que Tom no le imitaba, mis alarmas empezaron a sonar, y no podía dejar de pensar en lo mucho que la había cagado, así que busqué la manera más rápida de irme para no habar con Tom-. Bueno, me tengo que ir, que me quedan muchos repartos por hacer, nos vemos -le dije, mientras me daba la vuelta sin apenas darle tiempo a interactuar-.

- ¡Espera! -me dijo Tom deteniéndome, poniendo su mano levemente sobre mi hombro-. ¿Estás bien?

- Sí, sí, ¿por qué iba a estar mal?

- Oh, lo siento, ayer estabas bastante preocupada y solo quería saber si estás algo mejor que ayer.

- Ah claro, estoy mejor -le respondí, sonriendo, a lo que él me devolvió la sonrisa-. Gracias por preguntar.

- No hay de qué -hizo una breve pausa-. Me alegro, espero que no tengas más sustos de ese estilo -añadió Tom-.

- Yo también -le respondí-. Por cierto, perdón por no haberte devuelto la llamada, hoy he tenido mucho lío y...

- No pasa nada, llamaba para preguntar si habíais recibido el formulario y te quería preguntar de paso cómo estabas, pero supongo que ya no hace falta -sentí cierta tristeza al escuchar aquello, ojalá tuviese algún motivo para llamare y así hablar con él-. 

- Ah sí, recibimos el formulario, lo que pasa es que nos olvidamos de contestar, lo siento, porque era lo primero que teníamos que haber hecho nada más haberlo visto.

- No hay problema, era para reenviarlo en caso de que no hubiese llegado o estuviese mal -me contestó, sonriendo-

- Tom, me voy a comer el cartón frío -dijo desde dentro de la casa gritando Benedict-.

- Uy es verdad, perdón Katherine, te estoy haciendo perder mucho el tiempo y tienes que trabajar, perdona.

- No pasa nada -me reí-. Será mejor que no hagas esperar a tu amigo o le va a saber aún peor la pizza.

- Desde luego -respondió con una amplia sonrisa-. Buenas noches, que tengas unos buenos repartos.

- Muchas gracias, disfrutad de la cena -le contesté, y me di la vuelta-.

Durante el tiempo que había estado allí sorprendentemente había olvidado que había mirado un poco del expediente de Tom, y los sentimientos de culpa y remordimiento regresaron, ampliados más de lo que ya lo estaban. No solo Tom había sido tan encantador como siempre conmigo, sino que además me ¿consideraba su amiga? Era algo que su amigo Benedict había mencionado, pero Tom ni lo había confirmado ni desmentido, por lo que estaba en duda. En este caso, no solo había traicionado a alguien que se había portado muy bien conmigo, sino que también esa persona estaba depositando su confianza en mí y parecía que estaba interesado en seguirme conociendo.

"Eres una basura", me dije a mí misma, mientras me ponía el casco de la moto y seguía con mi trabajo. Deseaba que aquella noche terminara lo antes posible para poderme ir a dormir.

No me había podido quitar de la cabeza el encuentro con Tom, ni a él tampoco. No me quería obsesionar con nada ni nadie, ni que me gustara, ni nada por el estilo, quería seguir viviendo mi vida como lo había hecho hasta el momento, solo que siendo un poco más sociable. ¿Qué es, la primera persona con la que me desenvuelvo un poco más en el plano social me tiene que gustar? ¿Así de mal estoy? 

Consideraba que había tenido suerte al encontrarle y poder contar con él, pero no podía ir más allá de eso, porque si había un interés amoroso lo iba a echar todo a perder. ¿Iba a dejar que el hecho de que Tom me llamase la atención se interpusiese en mi camino de tener una amistad sana y duradera, más allá de mi único amigo Carlos?

Obviamente no, pero por desgracia los sentimientos no son algo tan fácil de controlar, aunque iba a hacer lo posible para que me dejase de gustar. Solo quería ser su amiga, y haría lo posible para que así fuese. 

Hice los últimos repartos de la noche, y me fui a casa. No había dejado de darle vueltas a lo que había pasado, y sobre todo lo que tenía pensado hacer. Le contaría a Tom que había leído algo de su expediente por error solo si volvíamos a hablar, ya que no había más motivos o cuestiones por el momento que nos fuesen a juntar. Si no nos volvíamos a ver era tontería decirle nada, motivo por el cual consideré que mi decisión era la más acertada. 

Pensaba que era lo mejor, pero no podía dejar de sentirme mal de nuevo, ojalá poder dejar al margen las emociones por un rato.

Entré en casa, y vi que Carlos estaba viendo la tele:

- ¡Hola Kat! ¿Qué tal?

- Hola Carlos -le dije, neutral-. Pues normal, ¿y tú? -me senté junto a él en el sillón-.

- He estado haciendo unas cosas de clase y después me he puesto a ver una película, pero hay tantos anuncios que se me ha olvidado cuál era -se rio-. ¿Quieres comer algo? Total, ya he perdido el hilo de la película...

- No tengo hambre, gracias -respondí, con cierto desánimo-.

- ¿Estás bien? -me preguntó, preocupado-.

- Sí, es que estoy cansada, nada más -en aquel momento pensé en que tal vez su consejo me podría ser de ayuda, así que intenté contarle la verdad con pinzas-. Bueno, en realidad hay algo que me preocupa...

- Soy todo oídos -respondió al instante.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Navras - Capítulo 10

 


Llegué a casa, y el panorama al entrar ya me levantó en cierto modo los ánimos. Carlos conocía prácticamente por completo todo lo que había tras mi historia familiar y lo que tenía que ver con mi padre, y en cuanto le dije que tenía que irme al juzgado él sabía que no estaría psicológicamente bien al regresar a casa, por lo que había preparado tarta, que era mi debilidad. 

Carlos era increíblemente habilidoso con los postres y, en concreto, tenía una receta que a mí me encantaba, que se llamaba "pan de elote". Según me contó hace unos cuantos años, era un postre mexicano típico, y en su familia se comía los días de fiesta, porque su abuela tenía una receta especial espectacular, y consideraban que era digna de hacerse solo patente en aquellos momentos. 

Y es ahí cuando llegamos a la actualidad, en la que Carlos había cocinado pan de elote porque sabía que yo iba a necesitar más que palabras para animarme. Me sentí tan tonta al entrar que me salió una lágrima, no tenía a nadie a mi lado salvo a él, y estaba muy feliz de poder contar con un apoyo tan fuerte como lo había sido su amistad:

- Quería que fuese una sorpresa, pero el hecho de no saber cuándo ibas a llegar me ha dejado pocas opciones -me Dijo Carlos, con una sonrisa-. ¿Quieres un trozo? -me preguntó, señalando al pastel-.

- El día que te diga que no deberías preocuparte, y mucho -le respondí, limpiándome la lágrima y sonriendo ligeramente-. 

- Espero que el veneno de rata le dé el gusto que quería -añadió Carlos, más serio de lo normal-. 

- Me da igual que lleve veneno, moriré al menos feliz -respondí indiferente, sabiendo que era un inocente intento de acobardarme-. 

- Iba a seguir la broma, pero me la has chafado por completo -respondió, riéndose-. Bueno, aquí tienes tu trozo de veneno en forma de pastel -me pasó el plato-. Yo me voy a servir un poco también, a ver si vivo una experiencia cercana a la muerte. 

- Me sorprende que sigas la broma -le respondí, riéndome-. 

- Es que la había pensado mientras cocinaba, y tampoco quería desecharla del todo. Digamos que te quería confundir -ambos nos reímos-. ¿Cómo estás?

- Pues extraña, la verdad -hice una breve pausa para dar un mordisco al trozo de pan de elote-. No sé muy bien cómo sentirme, o cómo debería sentirme en este momento...

- Vayamos por partes, que el drama va mejor en pequeñas dosis -dijo Carlos, mientras se sentaba en la silla del comedor, y yo le imité-. ¿Por qué extraña?

- Porque no sé cómo sentirme -le repetí-. Es que, verás, yo sabía que no iba a estar bien por la cuestión de los juzgados, y en cuanto me llamaron ya sabía cómo iba a estar, pero no me siento tal y como pensaba que me iba a sentir. 

- Me gustaría entenderte, pero estás siendo demasiado enigmática -comentó Carlos, esperando que me explicara mejor-. 

- A ver, sabes que no me gusta hablar de lo de la cárcel, mi padre, mi familia ni nada de eso, y todo lo que tiene que ver con ello y en lo que yo me hallo implicada me genera un importante malestar, enfado, tristeza y dolor. 

- Vale, eso es normal, te sigo.

- Pues pensaba que me sentiría así, pero estoy algo más indiferente al respecto, podría decir que estoy también orgullosa de mis progresos, porque he sido capaz de ser más sociable. 

- ¡Oh sí hablemos de eso! -dijo Carlos casi al instante de terminar yo de hablar-. 

- Mmmm, pues me siento orgullosa de mí porque hablamos de que tenía que afrontar mi fobia social y trabajar poco a poco en ella, y eso estoy haciendo. 

- Ya, eso ya me lo puedo imaginar y enhorabuena, pero a ver, ¿qué tal con Tom? 

- Bien, no pasó nada en especial, me llevó amablemente al juzgado. 

- ¿Nada especial?

- ¿Por qué habría de haber algo "especial"? -le pregunté, ya algo malhumorada-. 

- No lo sé, yo solo te preguntaba...

- Ya, Carlos, pero cuando preguntas algo es porque te has planteado una situación, y eso te ha generado la duda que buscas aclarar -le miré seriamente-. Así que dime qué se te ha pasado por la cabeza ya, porque si insisto me lo vas a decir, pero nos podemos saltar esa parte y ahorrarnos tiempo. 

- A ver, Kat, yo solo me baso en hechos -asentí, dándole la razón, sin entender muy bien por dónde iba a ir su discurso-. 

- Muy bien, el respaldo empírico es importante pero, ¿y a mí qué coño me importa eso ahora? No es lo que te he preguntado. 

- ¡Qué borde! -exclamó, pero me limité a escucharle, porque no quería añadir más agresividad a la conversación-. Es que yo creo que a Tom le gustas -me sorprendió escuchar aquello-.

- ¿Perdona? Lo de que te basas en hechos lo decías para confundir entonces, ¿no?

- A ver, yo he dicho que creo, no que así sea, porque no estoy seguro de ello, pero tengo mis razones para pensar así. 

- Partiendo del hecho de que ni siquiera le conoces, ¡decir eso no llega ni a ser una conjetura!

- No le conozco, pero no hace falta conocer a alguien para ver señales de algunas cosas.

- Mira Carlos, no vamos a hablar de eso ahora, he tenido un día complicado y quiero tomar aunque sea un respiro. Además, voy a revisar lo que llevo hecho del trabajo hasta ahora para poder seguir el jueves antes de trabajar y avanzar.

- Vale, puedo entender que no quieras hablar de ello, pero considéralo una posibilidad. ¿Por qué no le ibas a gustar? 

- Para empezar, ni siquiera me conoce, así que ahí ya voy ganándote en cuanto a razonamiento lógico.

- No necesitas conocer a alguien para que te guste, no puedes confundir que te guste alguien con estar enamorado, para lo último ya sí que hace falta conocer algo o bastante más a la otra persona. 

- ¡Que hemos hablado literalmente dos veces! -exclamé, furiosa-. Además, ¿no puedo caerle bien? ¿no puede hablar conmigo porque le caiga bien? ¿ni siquiera eso?

- Déjalo, tienes razón, es mejor no hablar de esto -respondió derrotado Carlos-. Eres muy terca.

- Lo sé, y es algo de lo que también estoy orgullosa -respondí, terminándome el pastel-. 

- Bueno, ¿balance de todo el día?

- Le doy un aprobado por los pelos, los he tenido mejores, pero también peores.

- Me parece una buena conclusión del día -respondió-. 

- Bueno, ahora me voy a poner con el trabajo, y me iré a dormir pronto, estoy bastante cansada. 

- Oye, pero tendrás que cenar algo antes.

- Tienes razón, me haré un sándwich ahora y así puedo aprovechar más el tiempo.

- Vale, así me gusta, que si no me llevo la tarta y no comes más. 

- Si haces eso entraré en una espiral de depresión muy autodestructiva -nos reímos-.

Seguía teniendo el sabor agridulce del día, y mientras me preparaba la cena, continué pensando en ello, pero en cuanto tuve el sándwich listo intenté centrarme para al menos poder revisar el trabajo con cierta calma.

Al sacar la carpeta de la bolsa tuve una sensación extraña, porque parecía más delgada de lo que esperaba, pero no recordaba si había quitado algo de la carpeta o no, así que me fui a la mesa y la abrí, y al comprobar que, efectivamente, no era mi trabajo, entré en cierto pánico, pero intenté mantener la calma. 

Miré el primer papel que había en la carpeta para saber al menos qué era lo que había llevado conmigo, desde cuándo, y dónde podría estar mi trabajo. Era el expediente de Tom, y en aquel momento supuse que, al sacar las cosas de la mochila y volver a meterlo todo, me había confundido y había metido la carpeta del estudio con los datos de Tom en vez de mi trabajo, ya que ambas carpetas eran exactamente iguales. 

Negué con la cabeza, mientras me ponía la mano en la cara en señal de decepción. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? 

Lo único que podía hacer en aquel momento era esperar a que llegase el día siguiente e intercambiar la carpeta errónea con la que me pertenecía. No obstante, llamé a Vincenzo para avisarle sobre el incidente, ya que cabía la posibilidad de que tirase el documento al verlo, ya que era el primero en entrar al laboratorio. Marqué el número con cierta torpeza, y esperé a que me cogiese el teléfono a pesar de las horas:

- ¿Sí? -preguntó Vincenzo, con voz carrasposa-.

- Buenas Vincenzo, ¿te pillo en mal momento?

- No, estaba viendo una película -respondió con rapidez-. ¿Qué ocurre?

- Pues verás, he tenido que irme hoy muy rápido, y sin querer me he llevado el expediente de unos de los participantes...

- ¿Qué has hecho qué? -contestó, sorprendido-.

- Fue sin querer, pero no lo he mirado ni nada, ni pensaba hacerlo.

- Es lo mínimo que espero -suspiró-. Bueno, no pasa nada, eres responsable además, así que no te preocupes, mañana si puedes tráelo antes de tus clases y así podemos pasar los datos al ordenador.

- Perfecto, sin problema -hice una breve pausa para permitirle un poco asimilar lo anterior dicho-. Bueno, me he dejado en una carpeta de la facultad un trabajo que estaba haciendo, así que si la ves no la tires. De hecho, en lo que mañana te llevo el expediente lo recogeré.

- Vale -respondió Vincenzo, con un tono regular de voz-. Mañana nos vemos entonces. 

- Hasta mañana -colgué el teléfono-.

Me sentí francamente mal por la torpeza, pero al menos el problema había sido pequeño y de fácil solución. Fui a guardar la carpeta en mi mochila para llevarla al día siguiente antes de las clases al laboratorio. 

No pude evitar fijarme en la letra de Tom, era una caligrafía muy agradable. Me senté un momento en el borde de la cama antes de dejar la carpeta, y quise ver si tenía alguna particularidad grafoscópica ya que, a pesar de que no se pueda ver la personalidad a través de la letra de su letra, siempre me había llamado la atención.

Intenté no leer nada, era un documento privado y si leía era una violación de la intimidad y, por lo tanto, estaría incurriendo en un delito. Además, ¿qué interés podía suscitar leer la ficha de un abogado? Sería buena persona, pero era un niño de papá, como el resto de los elementos con los que se juntaba. No me gustaba juzgar un libro por su portada, pero era la manera más sencilla de evitar que la gente me tomara el pelo. 

Me limité a mirar su nombre: "Thomas William Ferguson". Un nombre británico tan común que hasta dolía, aunque yo no era quién tampoco para reprocharlo. Junto a su aspecto, la verdad es que estaba segura de que tenía razón en lo que pensaba sobre él. Sin querer seguí leyendo un poco, solo los datos básicos, por simple curiosidad. 

Nació el 9 de febrero de 1981 y, oh, sorpresa, en Westminster, Londres. Todo parecía concordar con lo que pensaba, pero al llegar al apartado de progenitores, me quedé ciertamente desconcertada. Figuraban dos nombres en el apartado de madre, y dos en el de padre, siendo que en los primeros constaba de una fecha, 1985. 

Permanecí dubitativa unos instantes, hasta que caí en lo que aquello significaba, y de inmediato guardé el papel en la carpeta. Me sentí tan mal que me puse a llorar, no solo había hurgado en la privacidad de una persona, sino que además la había prejuzgado muy duramente. Había hecho todo aquello que me habían hecho a mí tantas veces y de lo que tanto me había quejado. 

Me sentí como basura, y de inmediato aparté tanto como pude la carpeta de mi sitio. Sentía muchas cosas en aquel momento, nada bueno, y me puse a sollozar. ¿Cómo podía haber sido tan idiota? Carlos tenía toda la razón del mundo, y era más que obvio que necesitaba cambiar, o me acabaría convirtiendo en todo aquello que me hirió en su momento. 

Me calmé y me limpié las mejillas, y cuando estuve más tranquila guardé la carpeta en la mochila. Dejé todo a un lado, me preparé la ropa para el día siguiente, y me fui a dormir.

Me desperté extraña, en parte desubicada, sin saber muy bien cómo sentirme. Lo único que tenía claro era que intentaría hacer las cosas bien desde el momento en el que pusiera un pie en el suelo. ¿Lo conseguiría? No estaba segura, pero iba a hacer lo posible por ello. 

Me preparé para las clases, cogí la mochila y mientras me hacía el desayuno encendí el teléfono. A mi lado estaba Carlos, que estaba también haciéndose el desayuno:

- Bueno, ¿qué tal? -me preguntó, de repente-.

- Pues normal... ¿Por qué preguntas?

- Ayer fue un día duro para ti, y estaba preocupado, solo por eso. ¿No puedo preocuparme por mi mejor amiga?

- Claro -sonreí-. Soy una maleducada, ni siquiera te he preguntado, ¿qué tal tú?

- Como de costumbre -añadió Carlos, riéndose, a lo que le di un puñetazo en el brazo aprovechando la cercanía-. Estoy bien, al menos antes de que me pegaras lo estaba. 

- Me has llamado maleducada, por lo cual me has autorizado a hacerlo -nos reímos-. Por cierto, luego antes de entrar en clase tengo que ir al laboratorio.

- ¿Por qué? Si hoy no nos tocaba ir, ¿no?

- Ya, pero me dejé el trabajo que estaba haciendo allí con las prisas ayer y tengo que ir a recuperarlo.

- ¿Y tiene que ser antes de clase? Porque si no nos tenemos que ir antes de casa... -estaba intentando evitar contarle a Carlos que me había llevado el expediente de Tom por error-.

- Sí, es que Vincenzo me ha dicho que por la tarde iban a tener lío y no iba a poder ir a recogerlo... 

- Pero si para hoy solo había una persona a la que hacer pruebas. ¿Le has preguntado? -suspiré, no sabiendo qué hacer a continuación para que Carlos dejara de preguntar de una maldita vez-. ¿Le llamo y le pregunto?

- No, no, si ya lo hablamos, es que van a estar metiendo datos y había una inspección y claro... -justo en aquel momento empezó a sonar mi teléfono-.

Carlos y yo nos miramos extrañados, normalmente no recibía llamadas tan pronto, y no me daba buena espina. Podría ser Vincenzo, o de alguno de mis trabajos, con suerte era de la pizzería para dejarme con la zona de reparto habitual. Pero no era ninguno de ellos.