lunes, 7 de septiembre de 2020

Navras - Capítulo 10

 


Llegué a casa, y el panorama al entrar ya me levantó en cierto modo los ánimos. Carlos conocía prácticamente por completo todo lo que había tras mi historia familiar y lo que tenía que ver con mi padre, y en cuanto le dije que tenía que irme al juzgado él sabía que no estaría psicológicamente bien al regresar a casa, por lo que había preparado tarta, que era mi debilidad. 

Carlos era increíblemente habilidoso con los postres y, en concreto, tenía una receta que a mí me encantaba, que se llamaba "pan de elote". Según me contó hace unos cuantos años, era un postre mexicano típico, y en su familia se comía los días de fiesta, porque su abuela tenía una receta especial espectacular, y consideraban que era digna de hacerse solo patente en aquellos momentos. 

Y es ahí cuando llegamos a la actualidad, en la que Carlos había cocinado pan de elote porque sabía que yo iba a necesitar más que palabras para animarme. Me sentí tan tonta al entrar que me salió una lágrima, no tenía a nadie a mi lado salvo a él, y estaba muy feliz de poder contar con un apoyo tan fuerte como lo había sido su amistad:

- Quería que fuese una sorpresa, pero el hecho de no saber cuándo ibas a llegar me ha dejado pocas opciones -me Dijo Carlos, con una sonrisa-. ¿Quieres un trozo? -me preguntó, señalando al pastel-.

- El día que te diga que no deberías preocuparte, y mucho -le respondí, limpiándome la lágrima y sonriendo ligeramente-. 

- Espero que el veneno de rata le dé el gusto que quería -añadió Carlos, más serio de lo normal-. 

- Me da igual que lleve veneno, moriré al menos feliz -respondí indiferente, sabiendo que era un inocente intento de acobardarme-. 

- Iba a seguir la broma, pero me la has chafado por completo -respondió, riéndose-. Bueno, aquí tienes tu trozo de veneno en forma de pastel -me pasó el plato-. Yo me voy a servir un poco también, a ver si vivo una experiencia cercana a la muerte. 

- Me sorprende que sigas la broma -le respondí, riéndome-. 

- Es que la había pensado mientras cocinaba, y tampoco quería desecharla del todo. Digamos que te quería confundir -ambos nos reímos-. ¿Cómo estás?

- Pues extraña, la verdad -hice una breve pausa para dar un mordisco al trozo de pan de elote-. No sé muy bien cómo sentirme, o cómo debería sentirme en este momento...

- Vayamos por partes, que el drama va mejor en pequeñas dosis -dijo Carlos, mientras se sentaba en la silla del comedor, y yo le imité-. ¿Por qué extraña?

- Porque no sé cómo sentirme -le repetí-. Es que, verás, yo sabía que no iba a estar bien por la cuestión de los juzgados, y en cuanto me llamaron ya sabía cómo iba a estar, pero no me siento tal y como pensaba que me iba a sentir. 

- Me gustaría entenderte, pero estás siendo demasiado enigmática -comentó Carlos, esperando que me explicara mejor-. 

- A ver, sabes que no me gusta hablar de lo de la cárcel, mi padre, mi familia ni nada de eso, y todo lo que tiene que ver con ello y en lo que yo me hallo implicada me genera un importante malestar, enfado, tristeza y dolor. 

- Vale, eso es normal, te sigo.

- Pues pensaba que me sentiría así, pero estoy algo más indiferente al respecto, podría decir que estoy también orgullosa de mis progresos, porque he sido capaz de ser más sociable. 

- ¡Oh sí hablemos de eso! -dijo Carlos casi al instante de terminar yo de hablar-. 

- Mmmm, pues me siento orgullosa de mí porque hablamos de que tenía que afrontar mi fobia social y trabajar poco a poco en ella, y eso estoy haciendo. 

- Ya, eso ya me lo puedo imaginar y enhorabuena, pero a ver, ¿qué tal con Tom? 

- Bien, no pasó nada en especial, me llevó amablemente al juzgado. 

- ¿Nada especial?

- ¿Por qué habría de haber algo "especial"? -le pregunté, ya algo malhumorada-. 

- No lo sé, yo solo te preguntaba...

- Ya, Carlos, pero cuando preguntas algo es porque te has planteado una situación, y eso te ha generado la duda que buscas aclarar -le miré seriamente-. Así que dime qué se te ha pasado por la cabeza ya, porque si insisto me lo vas a decir, pero nos podemos saltar esa parte y ahorrarnos tiempo. 

- A ver, Kat, yo solo me baso en hechos -asentí, dándole la razón, sin entender muy bien por dónde iba a ir su discurso-. 

- Muy bien, el respaldo empírico es importante pero, ¿y a mí qué coño me importa eso ahora? No es lo que te he preguntado. 

- ¡Qué borde! -exclamó, pero me limité a escucharle, porque no quería añadir más agresividad a la conversación-. Es que yo creo que a Tom le gustas -me sorprendió escuchar aquello-.

- ¿Perdona? Lo de que te basas en hechos lo decías para confundir entonces, ¿no?

- A ver, yo he dicho que creo, no que así sea, porque no estoy seguro de ello, pero tengo mis razones para pensar así. 

- Partiendo del hecho de que ni siquiera le conoces, ¡decir eso no llega ni a ser una conjetura!

- No le conozco, pero no hace falta conocer a alguien para ver señales de algunas cosas.

- Mira Carlos, no vamos a hablar de eso ahora, he tenido un día complicado y quiero tomar aunque sea un respiro. Además, voy a revisar lo que llevo hecho del trabajo hasta ahora para poder seguir el jueves antes de trabajar y avanzar.

- Vale, puedo entender que no quieras hablar de ello, pero considéralo una posibilidad. ¿Por qué no le ibas a gustar? 

- Para empezar, ni siquiera me conoce, así que ahí ya voy ganándote en cuanto a razonamiento lógico.

- No necesitas conocer a alguien para que te guste, no puedes confundir que te guste alguien con estar enamorado, para lo último ya sí que hace falta conocer algo o bastante más a la otra persona. 

- ¡Que hemos hablado literalmente dos veces! -exclamé, furiosa-. Además, ¿no puedo caerle bien? ¿no puede hablar conmigo porque le caiga bien? ¿ni siquiera eso?

- Déjalo, tienes razón, es mejor no hablar de esto -respondió derrotado Carlos-. Eres muy terca.

- Lo sé, y es algo de lo que también estoy orgullosa -respondí, terminándome el pastel-. 

- Bueno, ¿balance de todo el día?

- Le doy un aprobado por los pelos, los he tenido mejores, pero también peores.

- Me parece una buena conclusión del día -respondió-. 

- Bueno, ahora me voy a poner con el trabajo, y me iré a dormir pronto, estoy bastante cansada. 

- Oye, pero tendrás que cenar algo antes.

- Tienes razón, me haré un sándwich ahora y así puedo aprovechar más el tiempo.

- Vale, así me gusta, que si no me llevo la tarta y no comes más. 

- Si haces eso entraré en una espiral de depresión muy autodestructiva -nos reímos-.

Seguía teniendo el sabor agridulce del día, y mientras me preparaba la cena, continué pensando en ello, pero en cuanto tuve el sándwich listo intenté centrarme para al menos poder revisar el trabajo con cierta calma.

Al sacar la carpeta de la bolsa tuve una sensación extraña, porque parecía más delgada de lo que esperaba, pero no recordaba si había quitado algo de la carpeta o no, así que me fui a la mesa y la abrí, y al comprobar que, efectivamente, no era mi trabajo, entré en cierto pánico, pero intenté mantener la calma. 

Miré el primer papel que había en la carpeta para saber al menos qué era lo que había llevado conmigo, desde cuándo, y dónde podría estar mi trabajo. Era el expediente de Tom, y en aquel momento supuse que, al sacar las cosas de la mochila y volver a meterlo todo, me había confundido y había metido la carpeta del estudio con los datos de Tom en vez de mi trabajo, ya que ambas carpetas eran exactamente iguales. 

Negué con la cabeza, mientras me ponía la mano en la cara en señal de decepción. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? 

Lo único que podía hacer en aquel momento era esperar a que llegase el día siguiente e intercambiar la carpeta errónea con la que me pertenecía. No obstante, llamé a Vincenzo para avisarle sobre el incidente, ya que cabía la posibilidad de que tirase el documento al verlo, ya que era el primero en entrar al laboratorio. Marqué el número con cierta torpeza, y esperé a que me cogiese el teléfono a pesar de las horas:

- ¿Sí? -preguntó Vincenzo, con voz carrasposa-.

- Buenas Vincenzo, ¿te pillo en mal momento?

- No, estaba viendo una película -respondió con rapidez-. ¿Qué ocurre?

- Pues verás, he tenido que irme hoy muy rápido, y sin querer me he llevado el expediente de unos de los participantes...

- ¿Qué has hecho qué? -contestó, sorprendido-.

- Fue sin querer, pero no lo he mirado ni nada, ni pensaba hacerlo.

- Es lo mínimo que espero -suspiró-. Bueno, no pasa nada, eres responsable además, así que no te preocupes, mañana si puedes tráelo antes de tus clases y así podemos pasar los datos al ordenador.

- Perfecto, sin problema -hice una breve pausa para permitirle un poco asimilar lo anterior dicho-. Bueno, me he dejado en una carpeta de la facultad un trabajo que estaba haciendo, así que si la ves no la tires. De hecho, en lo que mañana te llevo el expediente lo recogeré.

- Vale -respondió Vincenzo, con un tono regular de voz-. Mañana nos vemos entonces. 

- Hasta mañana -colgué el teléfono-.

Me sentí francamente mal por la torpeza, pero al menos el problema había sido pequeño y de fácil solución. Fui a guardar la carpeta en mi mochila para llevarla al día siguiente antes de las clases al laboratorio. 

No pude evitar fijarme en la letra de Tom, era una caligrafía muy agradable. Me senté un momento en el borde de la cama antes de dejar la carpeta, y quise ver si tenía alguna particularidad grafoscópica ya que, a pesar de que no se pueda ver la personalidad a través de la letra de su letra, siempre me había llamado la atención.

Intenté no leer nada, era un documento privado y si leía era una violación de la intimidad y, por lo tanto, estaría incurriendo en un delito. Además, ¿qué interés podía suscitar leer la ficha de un abogado? Sería buena persona, pero era un niño de papá, como el resto de los elementos con los que se juntaba. No me gustaba juzgar un libro por su portada, pero era la manera más sencilla de evitar que la gente me tomara el pelo. 

Me limité a mirar su nombre: "Thomas William Ferguson". Un nombre británico tan común que hasta dolía, aunque yo no era quién tampoco para reprocharlo. Junto a su aspecto, la verdad es que estaba segura de que tenía razón en lo que pensaba sobre él. Sin querer seguí leyendo un poco, solo los datos básicos, por simple curiosidad. 

Nació el 9 de febrero de 1981 y, oh, sorpresa, en Westminster, Londres. Todo parecía concordar con lo que pensaba, pero al llegar al apartado de progenitores, me quedé ciertamente desconcertada. Figuraban dos nombres en el apartado de madre, y dos en el de padre, siendo que en los primeros constaba de una fecha, 1985. 

Permanecí dubitativa unos instantes, hasta que caí en lo que aquello significaba, y de inmediato guardé el papel en la carpeta. Me sentí tan mal que me puse a llorar, no solo había hurgado en la privacidad de una persona, sino que además la había prejuzgado muy duramente. Había hecho todo aquello que me habían hecho a mí tantas veces y de lo que tanto me había quejado. 

Me sentí como basura, y de inmediato aparté tanto como pude la carpeta de mi sitio. Sentía muchas cosas en aquel momento, nada bueno, y me puse a sollozar. ¿Cómo podía haber sido tan idiota? Carlos tenía toda la razón del mundo, y era más que obvio que necesitaba cambiar, o me acabaría convirtiendo en todo aquello que me hirió en su momento. 

Me calmé y me limpié las mejillas, y cuando estuve más tranquila guardé la carpeta en la mochila. Dejé todo a un lado, me preparé la ropa para el día siguiente, y me fui a dormir.

Me desperté extraña, en parte desubicada, sin saber muy bien cómo sentirme. Lo único que tenía claro era que intentaría hacer las cosas bien desde el momento en el que pusiera un pie en el suelo. ¿Lo conseguiría? No estaba segura, pero iba a hacer lo posible por ello. 

Me preparé para las clases, cogí la mochila y mientras me hacía el desayuno encendí el teléfono. A mi lado estaba Carlos, que estaba también haciéndose el desayuno:

- Bueno, ¿qué tal? -me preguntó, de repente-.

- Pues normal... ¿Por qué preguntas?

- Ayer fue un día duro para ti, y estaba preocupado, solo por eso. ¿No puedo preocuparme por mi mejor amiga?

- Claro -sonreí-. Soy una maleducada, ni siquiera te he preguntado, ¿qué tal tú?

- Como de costumbre -añadió Carlos, riéndose, a lo que le di un puñetazo en el brazo aprovechando la cercanía-. Estoy bien, al menos antes de que me pegaras lo estaba. 

- Me has llamado maleducada, por lo cual me has autorizado a hacerlo -nos reímos-. Por cierto, luego antes de entrar en clase tengo que ir al laboratorio.

- ¿Por qué? Si hoy no nos tocaba ir, ¿no?

- Ya, pero me dejé el trabajo que estaba haciendo allí con las prisas ayer y tengo que ir a recuperarlo.

- ¿Y tiene que ser antes de clase? Porque si no nos tenemos que ir antes de casa... -estaba intentando evitar contarle a Carlos que me había llevado el expediente de Tom por error-.

- Sí, es que Vincenzo me ha dicho que por la tarde iban a tener lío y no iba a poder ir a recogerlo... 

- Pero si para hoy solo había una persona a la que hacer pruebas. ¿Le has preguntado? -suspiré, no sabiendo qué hacer a continuación para que Carlos dejara de preguntar de una maldita vez-. ¿Le llamo y le pregunto?

- No, no, si ya lo hablamos, es que van a estar metiendo datos y había una inspección y claro... -justo en aquel momento empezó a sonar mi teléfono-.

Carlos y yo nos miramos extrañados, normalmente no recibía llamadas tan pronto, y no me daba buena espina. Podría ser Vincenzo, o de alguno de mis trabajos, con suerte era de la pizzería para dejarme con la zona de reparto habitual. Pero no era ninguno de ellos. 

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