lunes, 31 de agosto de 2020

Navras - Capítulo 9



- Por favor, Kat, me estás preocupando mucho, ¿qué pasa? -me preguntó Carlos, mientras notaba que me había cogido de las manos-.

Me encontraba arrodillada en el suelo, con la mochila a un lado, la cual amablemente Carlos y Tom me habían ayudado a colocar. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, y me sentí muy desorientada hasta que recordé lo que tenía que hacer a continuación. Miré a Tom, y él también parecía preocupado, aunque entendía su estado, ya que una completa desconocida que le había gritado, ni corta ni perezosa, se había vuelto loca y había empezado a llorar delante de él. 

Carlos seguía hablándome, pero no reaccioné. Tenía la mirada perdida, y estaba pensando en qué podría hacer para llegar a los Juzgados. Allí tirada estaba perdiendo tiempo, y si no iba todo sería mucho peor, pero necesitaba tener claro qué hacer, y volver a casa no era una opción. 

Pensé en que tal vez podría pedirle dinero prestado a Carlos, pero era algo que jamás había hecho, y que no me gustaba nada, el hecho de tener deudas me producía un mayor malestar del que me suponía saber que tenía que pagar algo y me faltaba dinero.

Noté nuevamente un toque en el hombro, y esta vez sentí que reaccioné, sacándome este gesto de mis pensamientos: 

- ¡Katherine, por favor! ¿qué pasa? -me preguntó Carlos-.

- Tengo que irme al Juzgado Penal del Interior y no sé cómo hacerlo.

- Yo te puedo llevar -me dijo Tom, que estaba agachado al lado de Carlos, esperando a que reaccionara-. 

- No te preocupes, puedo apañármelas -le dije, sabía que aquello me salvaría, pero no me gustaba tener deudas con alguien-.

- No es nada, de verdad, está a media hora de aquí, y el sitio me lo conozco muy bien.

- ¿Cuáles son tus opciones, Kat? -me preguntó Carlos-.

- Volver a casa a por dinero o ir andando -respondí, decepcionada por mi falta de imaginación-.

- Pues deberías aceptar la propuesta que te ha hecho Tom entonces -me contestó-.

- Si no te sientes cómoda no quiero tampoco insistir más, pero de verdad que no me cuesta nada llevarte -dijo nuevamente Tom-. Si no te fías de mí le doy mi número de matrícula a Carlos, y le puedes llamar cuando ya estés allí. Tenéis mis datos además por si ocurriera cualquier cosa -me sentí mal al oír aquello, era una cuestión personal más que por ausencia de confianza-. 

- No es necesario -respondió Carlos, sonriendo agradecido-. Muchas gracias, Tom, estoy seguro de que aunque no lo diga, le haces un favor tremendo. 

- Carlos tiene razón -le dije-. Me fío de ti, y ante todo, muchísimas gracias, porque estoy en un apuro y me salvas la vida llevándome allí. 

- De nada, mujer -me sonrió Tom-. Me falta rellenar un formulario, pero te puedo dar mi correo y me lo mandas ahí, y lo relleno en cuanto llegue a casa -le dijo a Carlos, y acto seguido le apunto su correo en un papel que Carlos le había facilitado-.

- Sin problema, ahora mismo lo escaneo y te lo paso -dijo Carlos, yendo a por el papel, y guardándose la nota con el correo de Tom-. Bueno chicos, no os entretengo más. Muchas gracias por haber participado, Tom, si el jefe decide que entras en el rango que quiere estudiar, te veremos algunas veces más. 

- De nada, he pasado un buen rato -le sonrió Tom a Carlos-. Nos vemos. 

- Luego nos vemos -le dije a Carlos, mientras me ponía en pie y cogía mi bolsa-. 

Seguí a Tom, incapaz de articular una palabra, estaba tan avergonzada y tan incómoda que prefería haber ido andando hasta el Juzgado, al menos no tendría que vivir ese momento si lo hubiera hecho así.
 
En cuestión de cinco minutos llegamos a su coche, era un Peugeot 106 1.1. de color rojo en muy buen estado, se notaba que lo cuidaba. Desbloqueó las puertas, y pensé en principio en sentarme atrás, pero con el objetivo de no resultar descortés o antisocial después de cómo él se había portado conmigo, opté por sentarme en el sitio del copiloto. 

Me sentía bloqueada, no quería hablar, pero lo mínimo que podía hacer era dar las gracias a Tom, ya que me estaba llevando sin pedir nada a cambio, y no estaba demasiado acostumbrada a recibir nada de los demás "gratis". Tom arrancó, me fijé en que conducía con soltura, y a pesar de verse relajado, se notaba que estaba concentrado, así que aproveché para darle las gracias, al menos antes de llegar a mi destino y no atreverme a hacerlo:

- Oye Tom, muchísimas gracias, de verdad -le expresé, dedicándole una leve sonrisa, ya que era lo máximo que me permitían los ánimos en aquel momento-. 

- No es nada, de verdad, me alegro de poder ayudar -respondió, sonriendo, aunque mirando al frente-. Espero no parecer indiscreto pero, ¿estás bien?

- Sí, bueno, es una larga historia y es difícil y el tema no me gusta tocarlo, porque es algo que ya dejé atrás...

- Pero te estoy preguntando si estás bien, no qué ha pasado -añadió Tom, con bastante razón, porque no había respondido a su pregunta-. Soy un completo desconocido, y sería de muy mal gusto preguntarte por algo privado, sabiendo que es algo que te afecta.

- Estoy mal, pero supongo que es normal dadas las circunstancias, gracias por preguntar, eres muy amable, Tom, de verdad -suspiré, tal vez no debía haberle dicho aquello, pero lo sentía en el alma-. Me siento fatal por todo.

- ¿Por todo? -me preguntó, confuso-.

- Por una serie de motivos, hace un año que decidí dejar de hablar con la gente, cerrarme al mundo, se podría decir que había perdido la fe en el ser humano. Y tú has sido la única persona que ha sido educada, respetuosa y amable conmigo desde entonces, y me siento tan agradecida y tan mal por no haber respondido del mismo modo -Tom se sorprendió al escuchar aquello-. No solo has sido cliente mío, sino que me has salvado de perder mi trabajo y encima has participado en el estudio del laboratorio, lo cual me hace un grandísimo favor, y ahora me llevas al dichoso Juzgado -me reí, sintiéndome estúpida y avergonzada por decir aquello, pero sentía que necesitaba decírselo-. Y mírame, ahora estoy contando a un completo desconocido mi vida, supongo que me has inspirado confianza, aunque estoy completamente fuera de contexto. Todo esto para decirte que me caes bien.

- ¿Te inspiro confianza? -sonrió-. Vaya, me alegro -hizo una breve pausa-. La verdad es que no sé qué decir, siento que no debo comentar nada de algunas cosas, aunque me gustaría hacerlo, pero no te conozco lo suficiente como para poder opinar. Nunca hay un contexto determinado para nada, mucha gente no llega a expresar lo que piensa y/o siente por pensar que no es el momento adecuado, pero a mí por ejemplo, aunque sea llevándote a un sitio en una situación de emergencia, me alegra haber escuchado eso, te agradezco tus palabras, y tú también me caes bien -me sonrió-. Y he de clarificar una cosa.

- Claro, dime -le di paso, expectante a qué sería lo que diría a continuación-. 

- No me debes absolutamente nada por nada de lo que has mencionado, lo he hecho con la mejor de mis intenciones y, por otra parte, tú has sido también amable, educada y respetuosa conmigo, lo que pasa es que el contexto te puede haber dado la sensación de que no, pero te puedo garantizar que no es así. 

- Ojalá todas las personas a las que grito pensaran así -nos reímos-.

- Sería un mundo muy raro, la verdad -se rio, pero acto seguido se puso serio-. ¡No lo digo porque no le puedas caer bien a la gente, sino por el hecho de que la gente fuese buscando que le gritasen siempre! -respondió apurado Tom-. Fuiste sincera y valiente, y admiro muchísimo eso en una persona.

- La verdad es que sí -me reí para no parecer que me había ofendido-. Gracias -le sonreí-. Me resulta curioso que el cincuenta por ciento de tiempo que hablo contigo estoy todo el rato diciéndote "gracias". También me llama la atención que soy capaz de mantener conversaciones de más de cinco minutos.

- Jejeje, me gusta tu manera de pensar -se río, y me pareció adorable-. No es necesario que des las gracias, debería ser algo normal, quiero decir, la gente comportarse con un mínimo de educación y cada vez es menos patente, aunque probablemente yo también he pecado en ocasiones de ser un maleducado y no voy a decir que mi conducta sea ejemplar tampoco -hizo una pausa-. ¿Te puedo preguntar algo?

- Te reto a intentarlo -se volvió a reír-. Eres libre de preguntar lo que quieras, según sea la pregunta, responderé, o tal vez no lo haré.

- Para no hablar con mucha gente eres buena -me dijo, lo cual me hizo sentir que me subían los colores y empezaba a transpirar-. ¿Echas de menos hablar con gente? -me sentí aliviada al escuchar aquella pregunta, me esperaba algo privado de familia o amigos, lo cual no estaba dispuesta a comentar-.

- Durante todo este tiempo me he querido convencer a mí misma de que no, porque antes de "alejarme del mundo" -entrecomillé con los dedos- sentía que solo se me acercaba la gente para hacerme daño, y que la manera de arreglar ese problema era cortar por lo sano -hice una breve pausa-. Hago un inciso para advertirte de que hablo mucho, antes lo hacía, y ahora por lo visto también -Tom se rio, la verdad es que me sentía muy cómoda hablando con él aunque apenas nos conociéramos-. Pero he discutido muchísimas veces con Carlos al respecto, y ha llegado un punto en el que me he dado cuenta de que echo de menos tener a más gente con la que hablar, con la que vivir. Así que en resumen, sí, lo echo de menos, aunque la única persona con la que he llegado a sentirme completamente bien, segura y feliz es con Carlos, mi mejor amigo desde que tengo uso de razón, y no sé si podría tener lo que otras personas tienen como "grupos de amigos" para salir, quedar a jugar a los bolos... Son cosas que siempre he querido hacer y nunca he podido.

- No quiero sonar cínico ni parecer que quiero quedar bien o quitar importancia a tus palabras, pero entiendo tu manera de pensar -noté como su rostro adoptó un gesto serio, algo sombrío-. La gente es realmente cruel, y cuando ni tu entorno más cercano te entiende o no te quiere siquiera entender, ¿a qué te agarras? Pues a nada, no hay nada, o al menos en ese momento lo piensas así. Estoy seguro de que, aunque no te conozca, esas cosas las vas a poder hacer, y vas a ser muy feliz.

- Lamento que entiendas mi punto de vista por lo que implica -le dije, sin saber muy bien qué más añadir-. Bueno, supongo que nunca es tarde para recuperar la esperanza, ¿no?

- Por supuesto -me respondió, adoptando de nuevo un gesto facial más neutral-. ¿Eso quiere decir que vas a luchar por esa partida de bolos? -me reí al escuchar aquello-. 

- Desde luego -ambos nos reímos-. Puede merecer la pena, o al menos haré lo posible para que así sea. 

- Si no estuviese conduciendo te aplaudiría, es una decisión muy valiente -me sentí muy halagada y le sonreí, aunque estaba demasiado cortada como para añadir algo más a la conversación-. En unos cinco minutos estaremos en el Juzgado.

- Vaya, qué rápido -no solo el trayecto había sido breve, sino que habría disfrutado tanto de la compañía de Tom que no había sido consciente de que siquiera el tiempo había pasado-. 

- Y casi sin saltarme los límites de velocidad -bromeó-. Por cierto, ¿luego tienes trasporte para volver?

- Sí, tengo el billete de vuelta a mi casa, por suerte me vale para volver ya que aquí cerca está la parada del autobús, y mientras el destino sea el que figura en el billete, no hay problema desde dónde vaya. 

- Ah, perfecto entonces-respondió-. ¿Está esto lejos de tu casa?

- Bueno, se podría decir que sí, aunque estoy acostumbrada a trayectos largos cuando voy en trasporte público y ya voy preparada. Lo voy a decir de nuevo, te lo advierto: te agradezco muchísimo que me hayas traído.

- Todavía no hemos llegado, podría dar la vuelta y pedir un rescate por ti -me quedé seria, sabía que era una broma, pero me sentía lo suficientemente cómoda hablando con él como para vacilarle un poco-. Es broma, no te voy a secuestrar -respondió Tom, inseguro, a lo que me empecé a reír, hacía tiempo que no me escuchaba esa risa-. Vaya, te tomas libertades para bromear al bromista -se rio-. ¿Eso significa que no estás tan mal de ánimo como antes has expresado?

- Estoy más tranquila, desde luego -le sonreí-. 

- Me alegro entonces -me sonrió Tom de vuelta-. Allí está -dijo, señalando hacia la izquierda, y frenando el coche-. Espero que vaya todo lo mejor posible -dijo, dedicándome una cálida sonrisa-. 

- Gracias, espero que tengas buena tarde y te agradezco muchísimo que me hayas traído -le respondí con una sonrisa sincera-.

- No hay de qué -me bajé, y cerré la puerta del copiloto, volviendo a sentir la misma inseguridad que cuando estaba al teléfono-. Nos vemos -arrancó el coche-.

- Nos vemos -me despedí-.

Escuché cómo el coche se alejaba por el asfalto, y sentí una extraña sensación. Estaba nerviosa, inquieta y preocupada debido a la razón por la que había asistido allí, pero el camino había sido tan corto y tan ameno que estaba segura de que quería seguir conociendo a Tom, era una persona totalmente encantadora, y sentía mucha curiosidad por saber cuál era su historia, y por que "entendía" lo que estaba diciendo, ya que mi visión era excesivamente pesimista, y si él era capaz de concebir dicha manera de pensar, era porque habría vivido algo semejante a lo que yo había vivido. 

¿Cómo una persona como él podría haber pasado por algo así y ser como era? Mientras me acercaba a la puerta del Juzgado, pensé en los posibles escenarios, y en la multitud de posibilidades. Mi curiosidad no era por puro morbo, como podría parecer, sino porque nunca había conocido a alguien que fuese capaz de entender ese extremo pesimismo que se había cernido sobre mí, y que aún conservaba. 

Cuando estuve al lado de la puerta para entrar, dejé de lado todos mis pensamientos, cuando saliera podría seguir pensando en mis cosas, pero ahora no era el momento, no al menos lo que durara mi presencia allí. 

[...]

Salí exhausta del juzgado, había sido todo un completo desastre, aunque no me esperaba gran cosa de la situación de la cual se había derivado todo aquello. Pensé en llamar a Carlos para avisarle de que ya volvía a casa, pero tampoco tardaría tanto en llegar, y no tenía gran cosa que contarle, realmente nada había cambiado desde la última vez que nos habíamos visto. 

No obstante, cogí el teléfono, y comprobé que tenía una llamada perdida de mi trabajo de repartidora. Cuando aquello ocurría, era porque algún compañero no podía ir a trabajar por el motivo que fuera, y me mandaban a mí para ir fuera del horario, que eran martes, jueves y domingos. 

Me dirigí a la parada del autobús, y una vez estuve allí marqué el teléfono de mi jefe, y esperé a que el autobús llegara. La primera vez no me respondió, pero era habitual, por la hora que era había bastante trabajo y no estaría tan libre como quisiera para hablar con él, pero en cuestión de segundos me devolvió la llamada, coincidiendo casi con la llegada del autobús:

- ¿Sí? -respondí a desgana, sabiendo lo que me esperaba-.

- Hola Katherine, soy Thomas -hizo una breve pausa para aclararse la garganta, al parecer había interrumpido su cena-. Esta mañana ha llamado un compañero porque se va del puesto, y ha dejado una zona sin cubrir. Para hoy ya tenemos solución, pero para mañana no -me sentí aliviada al escuchar que no iba a tener que trabajar fuera del horario-. 

- Pero yo mañana tengo trabajo y mi área asignada.

- Exacto, lo que te quería proponer es lo siguiente: ampliar tu zona de reparto para poder ocupar una parte del área que le pertenece al compañero que se ha ido, y la otra parte que queda ya la he cuadrado con otro compañero. Aunque tengáis que alejaros un poco más de lo habitual, no es excesivo, y os pagaremos cinco libras más a hora -era una miseria, pero sabía que no me quedaba más remedio que aceptar y, aunque fuera poco, el dinero no venía nada mal-.

- Vale, haré mi área y esa parte. ¿El horario se mantiene?

- Sí, por eso no te preocupes -pausó un momento, pensativo-. Ah, sí, cuando llegues a la pizzería te daré el mapa de la zona que te corresponde para que no tengas problema alguno y no os solapéis Adam y tú.

- Perfecto, entonces mañana nos vemos. 

- Hasta mañana -se despidió mi jefe, y colgó-.

No sabía cómo sentirme en aquel momento, había sido un día complicado y extraño, al menos en comparación a lo que yo estaba acostumbrada, porque quitando lo del juzgado, todo lo demás era algo que es perfectamente habitual en la vida de la gente común. 

Había socializado más de lo habitual y lo había disfrutado, tal vez aquello era lo que más me chocaba de todo, y estaba segura de que al menos iba por buen camino en cuanto a mi objetivo de ser más sociable y afrontar mis problemas en vez de darles la espalda o huir. 

Apoyé la cabeza en la ventana del autobús, mientras veía como avanzaba, subían y bajaban personas. Normalmente aprovechaba el trayecto para leer, por lo general cómics de Marvel, mi favorito sin dudas era Iron Man, y de hecho, el cómic que llevaba era precisamente de este superhéroe. No obstante, me sentía cognitivamente incapaz de afrontar nada más, tal vez necesitaba reflexionar más sobre lo que había pasado, aunque cada vez que intentaba pensar en ello, me acordaba del juzgado, y era un tema que ni siquiera quería plantear. 

Tal vez aquello iba en contra de no huir de los problemas, pero que mi padre fuese un convicto y, ahora, reincidente, era algo que se escapaba de mis manos. Entendía que aquello a lo que no debía darle la espada era lo que estaba bajo mi control porque, ¿qué iba a hacer con el asunto de mi padre? ¿iba a poder yo cambiar algo? Ni siquiera quería cambiar nada, estuvo y estaba en aquel momento en prisión por razones más que justificadas y, de hecho, esperaba que se pudriera allí, que era lo único que merecía. 

Rencor. Eso era lo que supuraba por cada poro de mi piel cada vez que pensaba mínimamente en ello. Los sucesos que habían llevado al sujeto que biológicamente se correspondía con mi "padre" al lugar en el que estaba los conocía más que de sobra, y no sabría decir si del todo, pero los había asumido y vivía con ello, porque no me quedaba más remedio. Pero lo que hizo jamás se lo podría perdonar, y no había terapia, tiempo, voluntad ni esfuerzo suficiente en el mundo para hacerlo.
   

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