lunes, 24 de agosto de 2020

Navras - Capítulo 8



Recogí el bolígrafo, y continuamos haciendo algunas pruebas más a Tom, aunque en aquel momento teníamos que monitorizarle, y el aparato estaba al otro lado de la mesa. Debido a la falta de espacio, tuve que acercarme a él y pasar por delante para encender y conectar la máquina, así como para coger los conectores que irían a sus muñecas. Noté que Tom se retiró hacia atrás lo máximo posible, y escuché a Carlos reírse, sabiendo que lo que estaría a punto de comentar a continuación no sería bueno:

- Se lo hace a todos, al final se terminará tirando encima de alguien -dijo Carlos, divertido, a lo que me aparté, bastante incómoda, con los enganches de la máquina en la mano-.

- Oh, lo siento, la verdad es que lo hago así constantemente y hasta que mi amable compañero no lo ha mencionado no sabía que podía incomodar tanto.

- No te preocupes -me dijo, sonriendo-. No todos los días pasa gente tan cerca de mí -noté cómo mi temperatura subía, y que me estaba empezando a poner algo roja-.

- Ya somos tres Tom, no estás solo -ambos se rieron, aunque el rostro de Tom era más de nerviosismo-. Lo siento, es que las gracias fáciles me pueden. 

- Bueno, pues céntrate en lo que hay que hacer, que no estamos en una reunión de cómicos -le advertí, enfadada e incómoda a partes iguales-.

- Pero si eres tú la que tiene que poner la máquina, yo estoy aquí de mero ayudante -respondió Carlos, dejándome aún en peor lugar que antes-.

- Tú y yo tendremos unas palabras muy serias cuando volvamos a casa -amenacé a Carlos, mientras me acercaba de nuevo a Tom para ponerle en las muñecas los medidores-. 

- Ni es mi novia ni estamos casados, que es lo peor -le dijo Carlos a Tom, generando en él una sonrisa nerviosa-. ¿Tú en qué situación te encuentras? -no podía creer que le estuviera preguntando aquello, me acerqué a Carlos y le di un codazo-.

- Estás yendo demasiado lejos, y le estás incomodando -le dije, con los brazos en jarras-.

- No te preocupes, no me siento incómodo ni me importa responder a la pregunta -respondió educadamente Tom-. Vivo solo, pero no tengo nadie con quien pelearme. Bueno, sí, con mi perro.

- ¡¿Tienes un perro?! -le pregunté, sentía una gran fascinación y amor hacia los perros, pero debido al piso en el que vivíamos nos era imposible adoptar uno-.

- Ella pierde la profesionalidad al hablar de perros, como puedes ver -Tom se rio ante el comentario de Carlos-.

- Sí, se llama Bobbie, y tiene dos años -sacó el teléfono, y se puso a buscar-. Es mediano, muy cariñoso, y tiene bastante energía, aunque en casa es tan tranquilo que a veces me asusto porque pienso que no está -sonrió tiernamente, y sonreí por el bonito gesto que había tenido al hablar de su perro-. Aquí, mira -me acerqué, y me enseñó un par de fotos de su perro-.

- Oh, es precioso, tiene carita de ser un angelito. 

- No te haces una idea de lo bueno que es -presumió Tom, aun sonriendo-.

- Mira, está a esto -Carlos hizo un gesto con los dedos- de pedirte que se lo presentes. Adora a los perros con toda su alma. 

- Pues cuando quieras, a él le encanta la gente -sonreí, notando como el calor me volvía a subir-.

- Genial, sería un placer conocer al perrete que ha cautivado tu corazón -nos reímos-. Bueno, voy a ponerte ya esto, que te estamos encima entreteniendo.

- No te preocupes, no tengo nada que hacer, y aquí estoy pasando un rato agradable -respondió, sonriendo-.

Tom era un chico encantador, hecho indiscutible, y tal y como se estaba comportando, no hacía más que sumar puntos. Sentía que quería hablar con él, conocerle, tomar café, reír y llorar a su lado. ¿Mi cabeza iba demasiado rápido? Más de lo habitual, desde luego, pero podía controlar mis sentimientos y evitar que pasara de resultarme "llamativo" a que me gustara directamente.

Retomé mis quehaceres, abrí la muñequera que llevaba a la máquina, y se los coloqué con cuidado a Tom en sus muñecas. Me fijé en sus manos, eran grandes, pero las tenía cuidadas, y me di cuenta de que tal vez él se había percatado y se sentiría incomodado, pero estaba mirando la máquina.

- Va a medir tus pulsaciones y la presión -le comenté, por si era lo que quería saber-.

- Ah, vale -me respondió-. 

- ¿Puedes darle al botón rojo? Es que cuando no se usa por unos minutos se apaga sola.

- Sí, por supuesto -contestó, mientras le daba al botón-. 

Me fijé en las cifras que empezaron a salir en la máquina, le lleva entre uno y dos minutos calibrarse y tomar bien las medidas, en primera instancia no es fiable. Al ver las pulsaciones de Tom, me quedé algo preocupada, eran ligeramente superiores a la media, incluyendo a los otros participantes a los que habíamos estado evaluando:

- Oh vaya, tus pulsaciones son altas -le informé, sin mostrar demasiada preocupación-. ¿Estás nervioso?

- No sé, yo me noto bien, no creo que sea preocupante -respondió, con aparente tranquilidad-. 

- Bueno, pero si te encuentras mal o estás incómodo nos lo puedes decir en cualquier momento.

- Vale, en ese caso os lo diré.

Me acerqué al ordenador, y lo puse en marcha de nuevo, preparando la tarea que tendría que desempeñar a continuación Tom. Eran una serie de pruebas variadas que medían diversos aspectos, y cuyo registro quedaba guardado en el ordenador principal. 

Una vez estaba todo listo, pasamos a explicar a Tom lo que tendría que hacer, ya que era lo principal de la sesión, y lo último que quedaba:

- Bueno, ya está todo listo, así que te vamos a dejar con una serie de tareas para que realices. No hay tiempo definido, puedes tomarte el que necesites, y son unas cuantas, así que no te agobies -dijo Carlos-. Si es tu caso, pausa la tarea que estés haciendo en el momento, y cuando estés mejor sigue. La cuestión es que estas actividades solo se pueden hacer una vez, y necesitamos que te concentres en ello. 

- Vale, de momento lo tengo todo claro. 

- Ahora nosotros vamos a salir de la sala para dejarte tranquilo, pero como tenemos esta cristalera -dije, señalando a la parte de la pared que se correspondía con dicha cristalera a la que me refería-. En caso de que tengas algún problema con alguna tarea, se te quede pillado el ordenador, o lo que sea, levanta la mano y uno de los dos entraremos para atenderte. Ah, y te tienes que poner los cascos -le señalé al lado de la torre del ordenador, donde estos estaban-.

- Entendido -respondió Tom, mientras se colocaba los cascos y miraba la pantalla del ordenador-.

- ¿Quieres que te traigamos algo de beber? -le pregunté, no lo habíamos hecho con ningún participante, pero me pareció un buen gesto de educación que tener hacia él-.

- No es necesario, no te preocupes, pero te lo agradezco igualmente -me respondió Tom, dedicándome su encantadora sonrisa-.

- Insisto, aquí hace calor, y encima que no pagamos ni nada, es lo mínimo que te podemos ofrecer en agradecimiento -le repliqué-.

- No la hagas insistir más, porque si no te convertirás en la persona con más probabilidades de morir en sus manos -añadió Carlos, mirándome y sonriendo porque sabía que no quería más comentarios del estilo pero a él le daba aparentemente igual-.

- Vale -respondió Tom, riéndose-. 

- ¿Qué quieres?

- Un café estaría bien -me respondió, nuevamente sonriendo-. 

- Está hecho, ahora te lo traemos. Puedes empezar cuando quieras con las tareas del ordenador, y cuando termines levanta la mano también, por favor, que eso no lo habíamos dicho y es importante.

- Perfecto. Muchas gracias -nos dijo-.

Salimos de la sala, y no me hizo falta que abriera la boca para saber que Carlos tenía mucho que decir y estaba a reventar por decirlo:

- No me extraña que te guste -me dijo-. 

- Que no me gusta, me llama la atención, punto.

- Bueno, vale, pues no me extraña que te llame la atención -dijo, haciendo comillas con los dedos-. Es un tipo arrebatador, ¿no lo es?

- Según como lo quieras ver, a mí me cae bien, eso lo puedo afirmar con seguridad.

- Odio a mi amiga, que se convierte en un robot cuando quiere -me dijo, intentando ofenderme-. Hay una cosa que me ha demostrado que es un chico legal.

- No tiene nada que demostrarte, eso se sabe con el tiempo...

- Bueno, pues de momento está demostrando que lo es. Es un absoluto caballero inglés, el hombre perfecto para una chica que está tan loca como tú. 

- Dios no digas eso -le dije, gesticulando con reparo-. 

- Es que, cuando tú has metido tu delantera delante de él ni corta ni perezosa, él se ha alejado, y no solo eso, porque tenía pleno campo de visión, pero ha apartado la vista. ¡Le tenías que haber visto la cara! -me sentí extraña, era un gesto pequeño y tonto, pero me reconfortaba saber que mostraba respecto hacia mí-. 

- Es buen tipo.

- Es un chico educado, aparentemente inteligente, divertido, simpático, y muy atractivo. 

- ¡Madre mía me lo estás vendiendo! ¿Te da alguien comisión por ello?

- Ojalá -se rio-. Es que me gusta que te llame la atención - volvió a entrecomillar-. Creo que es alguien que no te haría daño, parece demasiado bueno como para sembrar el caos en una persona como tú. No le veo capaz de matar ni el tiempo.

- Bueno, Carlos, eso tú no lo sabes, y no te puedes basar solo en lo que ves, porque no es todo lo que hay, no le conoces, ni yo tampoco, y podemos decir de primeras que parece todas esas cosas que has dicho, pero no podemos poner la mano en el fuego por ello. No es oro todo lo que reluce, ya sabes.

- Tienes toda la razón, pero creo que es una persona a la que le puedes dar la oportunidad -antes de responderle, me hizo un gesto para continuar hablando-. Sea lo que sea, como amigo, pareja, o X, creo que es alguien que te podría ayudar con tus problemas, y estoy seguro de que no le tienes que dar explicaciones si quieres seguir conociéndole, porque parece abierto a conocer a gente.

- Ya veremos qué pasa con eso, voy a dejar que las cosas fluyan, no quiero forzar nada al respecto. Si surge que nos volvemos a ver, bien, pero tampoco le voy a pedir quedar, porque queda muy obvio, y parece que tengo interés romántico en él. 

- ¡Eso es lo que tú piensas! No tiene por qué pensar él eso, y si lo piensa pues, como tú has dicho, deja que fluyan las cosas, y que pase lo que tenga que pasar. 

- Lo discutiremos en otro momento, porque sé que no vas a quedar conforme con un simple "no estoy de acuerdo contigo". 

- Me conoces bien -respondió Carlos, asintiendo-. 

- Quédate vigilando, por si Tom tiene algún problema, yo voy a la máquina a por un café. 

- ¿Por qué no vas a la cafetería? El de allí es mejor.

- Está cerrada -le respondí, gesticulando con los brazos-. Así que aunque sea desagradable como tú, es lo que hay -Carlos se hizo falsamente el ofendido tras mi comentario, y acto seguido, me fui a la máquina-.

Estaba en el pasillo de camino a la cafetería, y saqué el café, sin entretenerme demasiado por si había algún problema, no me hacía especial ilusión dejar a mi gran amigo con una boca a escala chancla con Tom, a saber qué le podía decir. 

En cinco minutos estaba de vuelta, y Carlos parecía sorprendido por mi rapidez. Sostuve el café en la mano, mientras a través de la cristalera podía advertir la figura de Tom, atenta a la pantalla del ordenador. 

- Es un chico majo, en serio, me gusta que le quieras conocer -me dijo en un tono calmado mi amigo-.

- Gracias -le sonreí-. La verdad es que sigo confusa, no quiero abrirme y que me destrocen otra vez, porque siendo que no puedo, cada día se me hace todo más difícil, ser ajena al mundo no me gusta, pero prefiero lo malo conocido que lo bueno por conocer.

- Lo sé, Kat, lo sé, pero ahora lo estás haciendo muy bien, y te animo a seguir con ello. 

- No sé qué haría sin mi consejero espiritual -le dije, y nos reímos-. 

- Probablemente lo mismo que sin él, porque no le haces caso prácticamente nunca -me recriminó Carlos-. 

- Ya lo sé, debería escucharte más, pero no arruinemos este momento, porque tú estabas contento conmigo, y yo también.

- Tienes toda la razón -asintió con la cabeza enérgicamente-. Oh mira, nuestro amigo parece que ya ha terminado.

Miré hacia la cristalera, y vi que Tom tenía el brazo levantado, lo cual, por el tiempo que había transcurrido, parecía que era porque había terminado. Entramos ambos a la sala para comprobarlo:

- ¿Ya has terminado con las tareas? -le pregunté-.

- Sí, no he tenido ningún problema, ha sido muy entretenido -respondió Tom-.

- Pues si quieres, Kat, mira los registros de la máquina mientras yo cojo el último formulario para que lo rellene -me comentó Carlos-.

- Eso está hecho, dije acercándome hacia la mesa en la que estaba Tom para consultar la máquina-. 

- ¿Prefieres que me levante para que puedas verla bien? -me preguntó amablemente Tom-.

- No te preocupes, puedo verlo bien desde... -antes de que pudiera terminar la frase, me empezó a sonar el teléfono-. Perdonad, normalmente lo tengo en silencio -cuando fui a colgar, vi que el número no me resultaba familiar, y dadas las circunstancias pensé en responder-. ¿Me disculpáis un momento? -les pregunté, incómoda, y ambos asintieron-.

Respondí al teléfono allí mismo, pensando que sería algo breve, pero cuando escuché que se trataba del Juzgado de lo Penal de Londres Interior, salí muy apurada de la sala, temiéndome lo peor. 

No me enteré muy bien de lo que había ocurrido, pero debía asistir lo antes posible. Colgué, sin preguntar apenas nada, y entré corriendo en la sala, donde estaban mis cosas. Tenía que pensar rápido, porque tenía el transporte para volver a casa, pero no para ir hasta los Juzgados:

- ¿Qué ha pasado? -me preguntó Carlos, preocupado-. 

- Nada, me tengo que ir -respondí, intentando no distraerme demasiado de lo que estaba haciendo-.

- ¿Te puedo ayudar en algo? -preguntó también Tom, extrañado por mi repentino cambio de comportamiento-. 

- No, gracias. 

Saqué todo lo que tenía en la bolsa, incluso mi trabajo, y lo dejé encima de la mesa, esperando encontrar la cartera en la que llevaba siempre algo de dinero, pero me había olvidado de ella en casa. Eso solo me dejaba una posibilidad, que era volver a casa, coger el dinero, y esperar a tener suficiente como para ir a los Juzgados. Tardaría un rato, y no podía soportar el agobio, pero no me quedaba más remedio. 

Metí todo como pude, y mientras se me llenaban los ojos de lágrimas, sentí como Carlos y Tom se habían acercado y me estaban ayudando a recoger las cosas. Me sentí tremendamente avergonzada, sobre todo por Tom, que debía estar pensando que era absolutamente idiota, y a parte de una borde y cretina, una exagerada. 

Me sentía tan abrumada y tan agobiada que no pude evitar dejar caer una lágrima y romperme. No quería mostrar debilidad, pero últimamente era lo único que sabía hacer, sobre todo en los momentos en los que venía el pasado a acecharme cuando creía que ya lo había dejado a atrás, me producía auténtico pavor y me sentía miserable, culpable al fin y al cabo de todo lo que había pasado, y de la sombra que se había cernido sobre mi familia desde mi nacimiento.

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