lunes, 17 de agosto de 2020

Navras - Capítulo 7



En las notificaciones vi que tenía dos llamadas perdidas y un mensaje. Me sentí abrumada en primer lugar, pero comprobé el número, y sin poder evitarlo sonreí. Me había llamado Tom, ¡lo había hecho! Así que no había mentido, o al menos aparentemente no lo había hecho. Miré el mensaje, porque le llamaría de inmediato, pero si me había escrito tal vez había sido por algún problema. 

"Hola Katherine, muchas gracias, ya te he guardado en la agenda. Te he llamado de primeras, lo siento, espero no haberte molestado o incomodado, y disculpa ante todo mi demora. Siéntete libre de llamarme o escribirme cuando quieras, estaré encantado. Un saludo."

Automáticamente esbocé una sonrisa en mi cara, había sido muy desconfiada, y tenía que dar un voto de confianza, aunque fuese mínimo a la gente, si quería trabajar poco a poco en mi problema. 

Antes de llamar a Tom, quise hablar con Carlos para contarle todo y pedirle consejo, y justo en aquel momento recordé lo del uniforme, así que le llamé inmediatamente:

- ¿Kat? -me preguntó, completamente extrañado?

- No, soy la gemela malvada de Kat. ¿Crees que si no fuese Kat te lo diría?

- Mira que eres rencorosa -se rio-. ¿Por qué me estás llamando?

- Primero de todo, te has dejado el uniforme en casa, así que mueve tu culo de vuelta a por él o sino vas a tener que trabajar de encubierto -acto seguido, Carlos me colgó-. Pero será...

- ¿Qué? -en aquel momento, abrió la puerta de golpe y estuve a punto de sufrir un infarto del susto-. Jajajaja, me gusta esto, creo que lo haré más veces. 

- ¡Eres imbécil! -le acusé, mientras le golpeaba con el puño en el brazo-. ¿Cuánto llevas aquí?

- Va a sonar triste, pero desde ayer que volví del trabajo.

- ¿No deberías estar trabajando? 

- Los domingos la tienda abre más tarde, así que yo entro más tarde, como es lógico -se rio-. A saber qué más hubieras hecho sin saber que estaba yo aquí.

- En realidad nada habría cambiado y lo sabes -Carlos me miró, y asintió-. 

- Bueno, entonces era por lo del uniforme, ¿no? -hizo una breve pausa-. Que, por cierto, lo había lavado y cuando has salido a correr justo lo estaba sacando de la secadora para dejarlo preparado y llevármelo -añadió-.

- Qué iba a saber yo, a veces pareces un fantasma, he visto cojines más ruidosos que tú -nos reímos-. Bueno, no solo te llamaba por el uniforme hay más.

- Pues cuéntame, no me vayas a dejar ahora con esta incertidumbre.

- Cuando he vuelto de correr y he visto el uniforme, te iba a llamar para decírtelo, y al encender el teléfono me han saltado dos llamadas de Tom y un mensaje suyo, mira -le mostré el teléfono-.

- Nena, ese "estaré encantado" es maravilloso, dime que te vas a quedar tú con él, porque si no lo voy a hacer yo -noté cómo me empezaban a subir los colores, aquel tipo de situaciones me abochornaban muchísimo-. 

- No me voy a quedar a nadie porque, en primer lugar, esto es una relación meramente profesional, y no es ético lo que me sugieres, y en segundo lugar, me llama la atención, pero nada más. En cuanto le hagamos las pruebas le voy a perder de vista, y ni siquiera sé si coincidiré con él, que en ese caso ya no le voy a volver a ver nunca más. 

- ¡Para! -exclamó Carlos, agobiado-. No puedes ser así, y encima no me parecen razones suficientes ni racionales, ante todo prima que a ti no te da la gana porque eres así de mente.

- Ese también es un motivo, pero sabes que no es de los que más peso tiene -Carlos resopló, mostrando abiertamente su desacuerdo conmigo-. Mira, tal vez esté yéndome hacia el extremo precisamente del cual me quiero alejar, pero ese chico...

-¡ESE CHICO! -se empezó a reír-.

- ¡Joder, eres imbécil! - hice una breve pausa para dejar a Carlos que dejara de reírse y poder continuar hablando-. Tom - hice énfasis en el nombre, lo cual hizo gracia de nuevo a mi amigo- es un chico muy agradable, y si pudiese pues me gustaría conocerle más, pero no es probable que eso ocurra, y a pesar de que me gusta imaginar la mayoría de escenarios posibles para saber cómo poder actuar de manera correcta, priman aquellos en los que no llegamos siquiera a saludarnos, así que cuento más con eso que con que terminemos siendo amigos del alma. 

- Podrías ser pareja también, espero que te plantees ese escenario. 

- ¡Por supuesto, y podríamos ser un equipo de villanos que aterrorizan Londres! -dije, mientras Carlos no reaccionaba porque probablemente se esperaba un comentario así-. Yo no quiero salir con él in con nadie. 

- Te engañas y lo sabes. Nunca has tenido una relación seria porque te has topado con cientos de estúpidos que querían de ti X o Y.

- Sobre todo X -apunté-. Pero no me engaño, es que realmente no siento esa necesidad.

- ¡No sabes si la tienes porque nunca la has probado!

- Tampoco he probado a sacarme los ojos con una cuchara de postre y sé que no me gusta ni lo necesito.

- Eres tan terca que me dan ganas de estrangularte, espero que seas consciente -me reí-. Bueno, vamos a dejarnos de cháchara que yo en nada me tengo que ir a trabajar, así que al grano. 

- No tengo nada más que decirte -le dije, intentando entender cuál era su intención-.

- ¡No! Que le llames ya, hombre.

- ¡¿Estás loco?! Ni siquiera he pensado qué decirle -dije, mientras Carlos agarraba mi móvil y lo miraba-.

- Así es como mejor sale todo, toma -me pasó el teléfono, en el cual ya estaba marcando a Tom-.

- ¡Te mato! -vi como Carlos salía corriendo de la habitación, y antes de que yo pudiera seguirle para volver a pegarle o colgar, los pitidos dejaron de sonar-.

- ¡Buenos días, Katherine! Me alegro de que me hayas llamado -ya solo con oír aquello me sentí abrumada y estaba bloqueada, no sabía qué hacer-. ¿Hola?

- Sí, perdona -respondí, sintiéndome enormemente avergonzada por mi comportamiento-. Buenas a ti también Tom, el placer es mío. Verás, eh, te llamaba para comentarte lo de los horarios. 

- Perfecto, adelante.

- Llamé ayer a mi jefe, y me ha dicho que el horario es de lunes a viernes, de dos a cuatro, ambas horas incluidas -hice una breve pausa para mirar el papel-. El lunes y el viernes están todas las horas cogidas, así que sería martes de dos a tres o de tres a cuatro, miércoles de tres a cuatro, o jueves de tres a cuatro. 

- Vale, muchísimas gracias -me respondió, cordialmente-. 

- Cuando sepas el horario que mejor te venga bien, dímelo para que se lo haga llegar a mi jefe -dije, cerrando la conversación-. Que tengas un buen día.

- ¡No, no, espera! -me volví a poner el teléfono en la oreja-. Directamente te lo digo ya, y así no te tengo que molestar más -ojalá no hubiese insistido, así me llamaría otra vez-. Para el miércoles habías dicho de tres a cuatro, ¿verdad?

- Exacto.

- Perfecto, entonces asistiré el miércoles de dos a tres.

- Vale, ya lo he apuntado, ahora mismo le escribo un correo para que te apunte cuanto antes para reservarte así el hueco -le comenté, mientras lo anotaba en la parte de detrás del papel con el horario-. En caso de que surja cualquier problema, te lo haré saber, y si es tu caso, no dudes en avisarme.

- Por supuesto, cuenta con ello -me respondió, amablemente-. Por cierto, quería disculparme por no haber contestado antes, ha sido una impertinencia por mi parte. 

- ¡Para nada! No te preocupes, en serio.

- Vi el mensaje, pero quería responder cuando hubiese terminado de leerme la sentencia de un caso que llevé hace un par de semanas, y cuando acabé era muy tarde, y tampoco quería molestar, aunque supongo que no hay excusa realmente que valga, porque podía haber contestado perfectamente.

- Que no te preocupes, de verdad, has respondido cuando has podido y punto. Además, te entiendo, yo también suelo dedicarme al cien por cien en algo, sobre todo de estudios y trabajo, y cuando acabo ya hago el resto de cosas pendientes. 

- Lo cortés no quita lo valiente, y a pesar de eso, de verdad que lo lamento enormemente.

- Si me diesen una libra por cada vez que has dicho eso, ya tendría tres -se rio-. Bueno Tom, pues nos vemos el miércoles. 

- Perfecto, muchas gracias, Katherine, nos vemos.

- A ti. 

Colgué el teléfono, y al girarme levemente hacia la puerta de la habitación pude ver a Carlos con la bolsa del trabajo, asomado:

- ¿Cómo se puede ser tan cotilla? -le dije, gesticulando acorde a la situación-. 

- Cariño, cotilla se nace, no se hace -nos reímos-. Muy fan de la conversación, menudo bodrio. 

- ¿Qué esperabas, que le preguntara cómo iba vestido?

- Pues habría sido más interesante -se rio, y me hizo sonreír-. ¿Qué habéis acordado?

- Ha cogido hora para que le hagamos las pruebas el miércoles de tres a cuatro -respondí, esbozando una ligera sonrisa-.

- Oh, mira qué mona, qué contenta está ella -me comentó Carlos, a modo de burla-.

- No estoy contenta, bueno, sí, porque tenemos ya una persona más en el estudio, pero nada más lejos de eso. 

- ¿Vamos a volver a discutir hasta que seas totalmente honesta al respecto de nuevo, o mejor simplificamos todo eso?

- Te odio -le dije, sabiendo que tenía razón-. Vale, me alegra poder volver a Tom, ¿es eso lo que querías escuchar?

- No es lo que quería escuchar, es lo que tú realmente piensas. ¿Cuántas veces tendré que repetir que no es nada malo? Sientes curiosidad por una persona, eso es todo, no te hace ni peor, ni más vulnerable, porque eso depende solo de ti. 

- Es que no me acostumbro, he tenido una muy buena racha de mantener la distancia con la gente, y ha sido mi etapa de mayor estabilidad a todos los niveles. 

- Ya, pero las cosas cambian, y esa estabilidad no va a durar siempre. Ya sabes, el ser humano es sociable por naturaleza.

- Vaya, no sabía que mi mejor amigo estaba poseído por el espíritu de Aristóteles -Carlos me lanzó una mirada amenazante mientras yo me reía de mi propio comentario-. De momento, vamos a ver cómo van las cosas, yo solo me he propuesto conocer a Tom un poco más, ni siquiera quiero que lleguemos a ser conocidos, solo hablar y punto. 

- Eso está bien -reconoció Carlos, estando por una vez de acuerdo conmigo-. Ya pensaré cosas para hacerle hablar.

- Dios no, por favor, no hagas eso -le pedí, temerosa de lo que podía ser capaz-. 

- No te preocupes, me controlaré, aunque no prometo nada. 

- Más te vale esforzarte, porque como hagas la mínima cosa extraña te voy a cortar las pelotas con un cuchillo de untar -al decir aquello, Carlos asintió, asustado, y salió corriendo-.

Tenía todo el día por delante y por la noche tenía que trabajar, pero aprovecharía para seguir con el trabajo y hacer algunas cosas de casa. Sentía que la espera se me iba a hacer larga. 

Miércoles

Me desperté temprano, aunque no lo suficiente como para salir a correr, así que me preparé tranquilamente para las clases. Me sentí nerviosa, a pesar de que el lunes habíamos empezado con las pruebas a los sujetos para el estudio, hoy vendría Tom, y la verdad es que era algo que me producía una especial sensación de nerviosismo, a pesar de que se trataba de una serie de tareas, y que lo más probable era que no tuviéramos a penas tiempo para siquiera hablar, como había ocurrido con los anteriores participantes. 

Carlos se encargó de recordármelo de todas maneras, sugiriendo que debía ir especialmente arreglada para la "cita". Hice caso omiso a su comentario, y dejé todo listo para las clases. Me duché, desayuné, y fuimos a coger el autobús, ya que no había podido ir a echar gasolina a la moto, y tampoco estaba muy segura de si podría, porque aún no me habían pagado ninguno de mis dos sueldos. 

No tardamos demasiado en llegar, aprovechamos el trayecto para revisar y organizar algunas tareas domésticas que estaban sin asignar todavía. 

La jornada de universidad se pasó rápido, la verdad es que las clases habían sido como siempre, pero en mi estado de nerviosismo se me pasó todo especialmente rápido, y no pude prestar demasiada atención a lo que se explicó. 

Cuando llegamos al laboratorio de la facultad de Psicología, vi que Vincenzo nos estaba esperando con el sujeto que iba primero en las pruebas. Di gracias por tener a Carlos a mi lado, porque estaba tan descentrada que era incapaz de siquiera dar un paso sin equivocarme. En cuanto me quise dar cuenta, ya eran casi las tres, y habíamos acabado con el primer participante. Sentí como mi pulso se aceleraba cuando escuché la voz al salir de la sala, estaba charlando con Vincenzo, y por un momento estuve a punto de darme la vuelta, pero tenía que hacer frente a mi fobia y no dejarme arrastrar por ella, como le había prometido a Carlos, el cual precisamente salía detrás de mí. 

Ambos nos acercamos a Vincenzo y Tom para saludar y empezar a preparar la sesión:

- Buenas -dije, intentando sonreír sin nerviosismo alguno-.

- Buenas tardes, chicos -nos dijo Tom a Carlos y a mí-. ¿Es mi turno?

- Sí, eso me temo -le dije, pensando en que tal vez no lo debía haber expresado de aquel modo-. 

- Espero que no me vayáis a hacer daño, ese sitio tiene pinta de enmascarar bastante bien los gritos de socorro -respondió Tom, gesticulando de una manera divertida, a lo que Carlos y Vincenzo se rieron, pero yo sentí que debía decir algo al respecto, y estaba tan concentrada en ello que no fui capaz-.

- No te preocupes Tom, estarás en buenas manos -dijo Carlos, mientras me miraba con su sonrisilla, lo cual me advirtió de que no debía bajar la guardia, o de lo contrario intentaría hacer algún comentario-.

- Puedes venir con nosotros cuando quieras.

- Perfecto, pues ya mismo, así no os entretengo -respondió Tom, sonriendo, algo nervioso por lo que pude notar-. Espero hacerlo bien.

Entramos en la sala. Era pequeña, y en una esquina estaba la mesa en la que él se sentaría, con un ordenador conectado en la que al final de la sesión tendría que hacer una serie de ejercicios para medir algunas cuestiones que se evaluarían posteriormente en el estudio.

- Puedes sentarte ahí -le dije, señalando la silla que estaba al lado de la mesa con el ordenador-.

- También puedes sentarte en el suelo, pero no te lo recomendamos -añadió desacertadamente Carlos-.

- Muchas gracias, creo que usaré la silla -comentó Tom, riéndose-. 

- Carlos intenta ser profesional, esto no es un juego -le dije, completamente seria-.

- ¡Te tomas todo demasiado en serio! -exclamó Carlos, exagerando la reacción-. Ella no es así en realidad, es mucho peor que yo, pero quiere parecer profesional -le dijo a Tom, momento en el que le dirigí una mirada asesina a Carlos-.

- ¿Ves? No está siendo profesional -dije, mirando a Tom, al cual le parecía divertir la situación-. 

- Me consuela saber que no soy el que más probabilidades tiene de morir ahora mismo -comentó en broma Tom, dirigido a Carlos-.

- Pues tendrías que verla en casa, es lo peor. Puede parecer una broma, pero tengo pestillo en mi habitación por algo -ambos se empezaron a reír, y yo intenté hacer como si nada hubiese ocurrido y empezar con las pruebas-. 

- Bien Tom, te voy a pasar un formulario para que lo cumplimentes y poder así elaborar tu expediente. Tómate el tiempo que necesites, ¿vale?

- Sin problema -me contestó, acercándose amablemente para recibir el papel que le estaba acercando, y un bolígrafo para rellenarlo-. Muchas gracias.

- De nada -le sonreí-. Mi compañero y yo nos quedaremos en un lado, y si tienes algún problema no dudes en consultarnos.

- Por supuesto, gracias de nuevo -respondió, devolviéndome la sonrisa-. 

En unos diez minutos terminó de rellenar el cuestionario, y lo metí en una carpeta de la universidad, dejándola a un lado en la mesa para posteriormente dársela a Vincenzo e incluir la información en la base de datos del estudio. 

No sabía que lo más complicado estaba aún por llegar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario