Era Tom. ¿Qué podía querer de mí? Tal vez era algún problema con el formulario que tenía que rellenar. Cuando fue a responder, recordé que leí algo de su expediente, y la culpabilidad me impidió responder, simplemente dejé que el teléfono sonara hasta que Tom colgase. Noté la mirada de Carlos clavada en mí, y sabía que me iba a preguntar, pero no quería hablar de ello, simplemente quería olvidarme de lo que había hecho.
¿Cómo se supone que iba a dirigirme a Tom si volvía a hablar con él? Había invadido su intimidad, había hurgado en su historia de vida, algo que estaba lejos de estar autorizada a hacer, y probablemente si lo supiera pensaría que soy una basura. Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un toque que sentí en el brazo:
- ¿Qué pasa? ¿Por qué no has respondido? -pensé rápido para cambar el rumbo de la conversación y evitar contarlo todo-.
- Ah, era un número desconocido, probablemente alguna compañía que querría venderme algo -respondí, rápidamente-. Perdona, es que me he quedado embobada.
- Eso es algo que suele pasar -se rio, y le devolví una maligna mirada que detuvo su risa-. ¿Me vas a matar por decir eso?
- Por ahora no, que tenemos que ir a clase y eso de cargar con un cadáver y limpiar la escena es algo que no entra en mi horario -nos reímos-. Por cierto, ayer me llamaron de las pizzas y me han dicho que me han ampliado la zona de reparto.
- ¿Eso significa que puedes traer pizzas gratis aquí? -preguntó Carlos, ilusionado-.
- ¡No! -exclamé-. Significa que tengo que repartir más lejos, y sigo sin poder traer comida gratis a casa.
- Es como tener el cielo al lado y no poder tocarlo... -respondió Carlos, exagerando su reacción, lo cual me hizo especial gracia y me reí-.
- Bueno, deberíamos desayunar ya si no queremos llegar tarde a coger el autobús, ¿no?
- Tienes razón. Oh dios, odio no poder ir en moto, con lo cómodo que es -comentó Carlos, acompañándolo de un suspiro-.
- Hasta que no cobremos a finales de mes no puedo meter más dinero para gasolina, a no ser que quieras hacer una aportación extra.
- Ojalá, pero no hay más que verme, que me estoy depilando el pecho con celo, ¡con celo!
- Espero que recuerdes ese tipo de escenas cuando me digas a mí que estoy loca -nos reímos-. Ojalá poder ir en moto, pero habrá que esperar hasta nuevo aviso -añadí con cierta tristeza-.
Con aquel pesimista fin de la conversación dimos por concluida la charla y nos dispusimos a desayunar. Miré el reloj, íbamos bien para poder ir antes de las clases al laboratorio, pero tampoco nos podíamos distraer, así que le metí un poco de prisa a Carlos para que terminara y cogiera sus cosas para irnos.
Mientras iba a su habitación a por la mochila, cogí el teléfono, y miré la pantalla, sintiendo como la culpa volvía a mí. Le mandaría un correo cuando volviese, así le preguntaría el motivo de la llamada, y no tendría que hablar con él, lo cual me quitaría un enorme peso de encima, al menos por el momento. Vi que Carlos ya había cogido sus cosas, así que nos abrimos camino hasta la parada del autobús.
La mañana fue intensa y fluida, por lo que tuve la mente ocupada y se me pasó volando. Habíamos llegado pronto a la facultad, así que fui sin problema al laboratorio, Carlos y yo nos tomamos un café antes de empezar las clases, y habíamos tenido muchos apuntes que tomar. Salí incluso contenta, sentí que había aprovechado muy bien el tiempo, y que había sabido apartarme de los pensamientos que me estaban atormentando.
Planeé una tarde de hacer tareas de clase, y ponerme con el trabajo que el día anterior había confundido con el expediente de Tom. Recordé que le tenía que escribir el correo, y sentí un cambio de temperatura cernirse sobre mi cuerpo. Era pronto, y si le escribía él respondería de inmediato, o incluso podría llamar, así que decidí escribirle el correo cuando regresara de repartir pizzas. Era consciente de que igualmente él me podía llamar a la mañana siguiente, pero ya sería cosa del próximo día, y necesitaba no pensar tan a largo plazo.
El resto del día pasó volando, y en cuanto me quise dar cuenta ya era hora de trabajar. Me preparé, tomé algo de comer antes de salir de casa ya que los días que repartía llegaba tarde a casa, y me dispuse a coger el autobús para dirigirme a la pizzería donde me darían la moto y la ruta.
Como ya me había informado mi jefe el día anterior, mi zona de reparto se había ampliado, lo cual supuse que estuviese algo más confundida respecto al reparto de los pedidos; no obstante, no me paré mucho, ya que no quería que se me acumulasen los pedidos y, por lo tanto, el trabajo.
Al principio no tuve muchos pedidos pero, como era de esperar y pasaba casi siempre, según se iba a acercando la media tarde/noche, se empezaron a acumular, pero por suerte ya me había acostumbrado y sabía cómo manejar la situación.
Hice las entregas la manera más rápida y eficaz que estaba en mi mano. Una de las entregas era en una casa unifamiliar, en la zona nueva que me habían asignado, y con la que aún no estaba familiarizada, era el primer pedido que recibía de allí. Di algunas vueltas, pero terminé encontrando el lugar, aunque había tardado más de lo que esperaba y esperaba no tener muchos más pedidos que entregar o sino tendría que hacer a esa gente esperar.
Me bajé de la moto, comprobé el pedido "una carbonara y una vegetariana". Cogí las cajas con las pizzas correspondientes y de camino pensé en qué pobre alma habría pedido la vegetariana. Dada mi opción de no comer carne, la había probado años atrás, y era una auténtica basura, así que probablemente la persona que la había pedido no tenía ni idea de lo mala que era, y es posible que perdiera así un cliente. "Bueno, al menos no tendría que alejarme de mi zona de reparto, no aquí al menos" pensé.
Llamé al timbre, y esperé unos segundos, era la parte que más odiaba de mi trabajo, pero al fin y al cabo era imposible entregar la pizza sin hablar con el cliente y cobrarle. Me abrió un tipo alto, esbelto, muy pálido y con los ojos muy claros, de aspecto avispado:
- Buenas, aquí le traigo su pedido, son una carbonara y una vegetariana, ¿correcto?
- Está perfecto, señorita -me contestó, dedicándome una sonrisa aparentemente amable, y vi cómo la puerta se movía y salía un perrito, lo cual me hizo cambiar totalmente de actitud-. Uy, disculpa -comentó el tipo, mientras intentaba sujetar al perro, que se acercó a mí, y yo aproveché para acariciarle-.
- Hola precioso, eres un amor -le decía al perrito mientras le acariciaba, como si me entendiese, y el chico sonreía, intentando agarrar al perro-.
- Tom, ¿puedes coger a tu perro? Se está volviendo loco con la repartidora -dijo el chico, dirigiéndose a alguien que estaba dentro de la casa-. Perdona, es que le veo muy contento contigo y prefiero molestar un poco a mi amigo para que Bobby disfrute de mimos, se ve que le gustas -por un momento estuve tranquila, hasta que caí en la cuenta de los nombres, y en ese momento me intenté ir lo más rápido posible-.
- Uy me tengo que ir ya -dije, aún con Bobby a mi lado demandando más atención-.
- Te he dicho que tuvieras cuidado con la puerta porque Bobby es muy pesado y siempre que puede sale -dijo Tom, mientras aparecía al lado del tipo del principio, y en ese momento intenté disimular mi rostro ocultándome en la chaqueta y la gorra, cabía la posibilidad de que no me reconociese-. ¿Katherine?
- ¿Os conocéis? -dijo el hombre del principio-.
- Oh, hola, Tom -respondí, dando por perdido mi intento de huida, y acariciando a Bobby-.
- Bueno, ya conoces a mí perro -dijo, sonriendo, y le devolví la sonrisa-. Y él es Benedict -dijo, señalando a su amigo-.
- Encantado -dijo, tendiéndome la mano para saludarme, y por cortesía se la estreché-.
- Igualmente -sonreí, algo incómoda-.
- ¿Eres la chica del estudio en el que participó ayer Tom? -al escuchar que Tom le había comentado algo sobre mí a su amigo sentí como un sudor frío empezó a caerme en la espalda-.
- Eh, supongo que sí -contesté-.
- Bueno, yo te voy a pagar, que al final te robamos las pizzas -dijo Benedict, sonriendo-. ¿Cuánto es?
- Son trece libras -le respondí, esperando poderme ir lo antes posible, aunque Tom seguía allí-.
- Perfecto, ahora te lo pago -dijo Benedict, mientras hurgaba en sus bolsillos con una mano con dificultad, mientras con la otra sujetaba el pedido -.
- Si no tienes lo pago yo y esta vez lo pagas tú la siguiente -le comentó Tom-.
- No hace falta, si he venido preparado, pero coge las pizzas por favor, que se me van a caer.
- La vegetal va a saber igual si se cae o si no -le contestó Tom, riéndose, mientras le cogía las pizzas-.
- Tiene razón -dije-. Yo le di una oportunidad porque es la única que puedo tomar de las que comerciamos y es como comer cartón.
- ¿Tienes alguna intolerancia, o eres vegetariana? -me preguntó Benedict-.
- Soy vegetariana -contesté-.
- Pues ya sois dos -comentó Tom-.
- No, soy vegano, llama a las cosas por su nombre, Tom -le dijo Benedict, picándole, y Tom le hizo burla-. Aquí tienes -me dio veinte libras-.
- Gracias -guardé el dinero y fui a buscar cambio en mi riñonera-.
- No, no, quédate con el cambio -me dijo Benedict-.
- No pienso hacer eso -le dije, dándole las cinco libras restantes-.
- No pienso aceptar el cambio -me respondió Benedict-.
- Creo que sois igual de tercos y uno de los dos va a tener que ceder si no queréis estar aquí ad infinitum.
- ¡Ya está el pedante con sus latinismos! ¿Te digo yo algún término forense? -me reí ante la situación, me recordó bastante a mis encuentros con Carlos-. Le voy a dar mala impresión a tu amiga por tu culpa -al escuchar "amiga" me quedé petrificada, ¿en qué momento me había convertido en amiga de Tom y cómo?-.
- Bueno, cederé yo, pero si vuelves a pedir, que no creo porque la pizza vegetariana de mi pizzería es pésima, que sepas que no tendrás derecho a dejarme nada de propina.
- Me parece un trato justo -dijo, extendiendo la mano en señal de trato, lo cual me hizo gracia y acepté su manera de cerrar la decisión-. Un placer hacer negocios contigo.
- Igualmente -le respondí, sonriendo, la verdad es que él también era un tipo simpático-.
- Parecéis dos mafiosos -añadió Tom, y nos reímos-.
- Bueno, déjame las pizzas y las pongo en la mesa, que parece que tus piernas no son funcionales -dijo Benedict, mientras se metía en la casa-. Un placer, Katherine, que tengas buena noche -se despidió Benedict-.
- Muchas gracias, Benedict, igualmente -al ver que Tom no le imitaba, mis alarmas empezaron a sonar, y no podía dejar de pensar en lo mucho que la había cagado, así que busqué la manera más rápida de irme para no habar con Tom-. Bueno, me tengo que ir, que me quedan muchos repartos por hacer, nos vemos -le dije, mientras me daba la vuelta sin apenas darle tiempo a interactuar-.
- ¡Espera! -me dijo Tom deteniéndome, poniendo su mano levemente sobre mi hombro-. ¿Estás bien?
- Sí, sí, ¿por qué iba a estar mal?
- Oh, lo siento, ayer estabas bastante preocupada y solo quería saber si estás algo mejor que ayer.
- Ah claro, estoy mejor -le respondí, sonriendo, a lo que él me devolvió la sonrisa-. Gracias por preguntar.
- No hay de qué -hizo una breve pausa-. Me alegro, espero que no tengas más sustos de ese estilo -añadió Tom-.
- Yo también -le respondí-. Por cierto, perdón por no haberte devuelto la llamada, hoy he tenido mucho lío y...
- No pasa nada, llamaba para preguntar si habíais recibido el formulario y te quería preguntar de paso cómo estabas, pero supongo que ya no hace falta -sentí cierta tristeza al escuchar aquello, ojalá tuviese algún motivo para llamare y así hablar con él-.
- Ah sí, recibimos el formulario, lo que pasa es que nos olvidamos de contestar, lo siento, porque era lo primero que teníamos que haber hecho nada más haberlo visto.
- No hay problema, era para reenviarlo en caso de que no hubiese llegado o estuviese mal -me contestó, sonriendo-
- Tom, me voy a comer el cartón frío -dijo desde dentro de la casa gritando Benedict-.
- Uy es verdad, perdón Katherine, te estoy haciendo perder mucho el tiempo y tienes que trabajar, perdona.
- No pasa nada -me reí-. Será mejor que no hagas esperar a tu amigo o le va a saber aún peor la pizza.
- Desde luego -respondió con una amplia sonrisa-. Buenas noches, que tengas unos buenos repartos.
- Muchas gracias, disfrutad de la cena -le contesté, y me di la vuelta-.
Durante el tiempo que había estado allí sorprendentemente había olvidado que había mirado un poco del expediente de Tom, y los sentimientos de culpa y remordimiento regresaron, ampliados más de lo que ya lo estaban. No solo Tom había sido tan encantador como siempre conmigo, sino que además me ¿consideraba su amiga? Era algo que su amigo Benedict había mencionado, pero Tom ni lo había confirmado ni desmentido, por lo que estaba en duda. En este caso, no solo había traicionado a alguien que se había portado muy bien conmigo, sino que también esa persona estaba depositando su confianza en mí y parecía que estaba interesado en seguirme conociendo.
"Eres una basura", me dije a mí misma, mientras me ponía el casco de la moto y seguía con mi trabajo. Deseaba que aquella noche terminara lo antes posible para poderme ir a dormir.
No me había podido quitar de la cabeza el encuentro con Tom, ni a él tampoco. No me quería obsesionar con nada ni nadie, ni que me gustara, ni nada por el estilo, quería seguir viviendo mi vida como lo había hecho hasta el momento, solo que siendo un poco más sociable. ¿Qué es, la primera persona con la que me desenvuelvo un poco más en el plano social me tiene que gustar? ¿Así de mal estoy?
Consideraba que había tenido suerte al encontrarle y poder contar con él, pero no podía ir más allá de eso, porque si había un interés amoroso lo iba a echar todo a perder. ¿Iba a dejar que el hecho de que Tom me llamase la atención se interpusiese en mi camino de tener una amistad sana y duradera, más allá de mi único amigo Carlos?
Obviamente no, pero por desgracia los sentimientos no son algo tan fácil de controlar, aunque iba a hacer lo posible para que me dejase de gustar. Solo quería ser su amiga, y haría lo posible para que así fuese.
Hice los últimos repartos de la noche, y me fui a casa. No había dejado de darle vueltas a lo que había pasado, y sobre todo lo que tenía pensado hacer. Le contaría a Tom que había leído algo de su expediente por error solo si volvíamos a hablar, ya que no había más motivos o cuestiones por el momento que nos fuesen a juntar. Si no nos volvíamos a ver era tontería decirle nada, motivo por el cual consideré que mi decisión era la más acertada.
Pensaba que era lo mejor, pero no podía dejar de sentirme mal de nuevo, ojalá poder dejar al margen las emociones por un rato.
Entré en casa, y vi que Carlos estaba viendo la tele:
- ¡Hola Kat! ¿Qué tal?
- Hola Carlos -le dije, neutral-. Pues normal, ¿y tú? -me senté junto a él en el sillón-.
- He estado haciendo unas cosas de clase y después me he puesto a ver una película, pero hay tantos anuncios que se me ha olvidado cuál era -se rio-. ¿Quieres comer algo? Total, ya he perdido el hilo de la película...
- No tengo hambre, gracias -respondí, con cierto desánimo-.
- ¿Estás bien? -me preguntó, preocupado-.
- Sí, es que estoy cansada, nada más -en aquel momento pensé en que tal vez su consejo me podría ser de ayuda, así que intenté contarle la verdad con pinzas-. Bueno, en realidad hay algo que me preocupa...
- Soy todo oídos -respondió al instante.

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