lunes, 31 de agosto de 2020

Navras - Capítulo 9



- Por favor, Kat, me estás preocupando mucho, ¿qué pasa? -me preguntó Carlos, mientras notaba que me había cogido de las manos-.

Me encontraba arrodillada en el suelo, con la mochila a un lado, la cual amablemente Carlos y Tom me habían ayudado a colocar. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, y me sentí muy desorientada hasta que recordé lo que tenía que hacer a continuación. Miré a Tom, y él también parecía preocupado, aunque entendía su estado, ya que una completa desconocida que le había gritado, ni corta ni perezosa, se había vuelto loca y había empezado a llorar delante de él. 

Carlos seguía hablándome, pero no reaccioné. Tenía la mirada perdida, y estaba pensando en qué podría hacer para llegar a los Juzgados. Allí tirada estaba perdiendo tiempo, y si no iba todo sería mucho peor, pero necesitaba tener claro qué hacer, y volver a casa no era una opción. 

Pensé en que tal vez podría pedirle dinero prestado a Carlos, pero era algo que jamás había hecho, y que no me gustaba nada, el hecho de tener deudas me producía un mayor malestar del que me suponía saber que tenía que pagar algo y me faltaba dinero.

Noté nuevamente un toque en el hombro, y esta vez sentí que reaccioné, sacándome este gesto de mis pensamientos: 

- ¡Katherine, por favor! ¿qué pasa? -me preguntó Carlos-.

- Tengo que irme al Juzgado Penal del Interior y no sé cómo hacerlo.

- Yo te puedo llevar -me dijo Tom, que estaba agachado al lado de Carlos, esperando a que reaccionara-. 

- No te preocupes, puedo apañármelas -le dije, sabía que aquello me salvaría, pero no me gustaba tener deudas con alguien-.

- No es nada, de verdad, está a media hora de aquí, y el sitio me lo conozco muy bien.

- ¿Cuáles son tus opciones, Kat? -me preguntó Carlos-.

- Volver a casa a por dinero o ir andando -respondí, decepcionada por mi falta de imaginación-.

- Pues deberías aceptar la propuesta que te ha hecho Tom entonces -me contestó-.

- Si no te sientes cómoda no quiero tampoco insistir más, pero de verdad que no me cuesta nada llevarte -dijo nuevamente Tom-. Si no te fías de mí le doy mi número de matrícula a Carlos, y le puedes llamar cuando ya estés allí. Tenéis mis datos además por si ocurriera cualquier cosa -me sentí mal al oír aquello, era una cuestión personal más que por ausencia de confianza-. 

- No es necesario -respondió Carlos, sonriendo agradecido-. Muchas gracias, Tom, estoy seguro de que aunque no lo diga, le haces un favor tremendo. 

- Carlos tiene razón -le dije-. Me fío de ti, y ante todo, muchísimas gracias, porque estoy en un apuro y me salvas la vida llevándome allí. 

- De nada, mujer -me sonrió Tom-. Me falta rellenar un formulario, pero te puedo dar mi correo y me lo mandas ahí, y lo relleno en cuanto llegue a casa -le dijo a Carlos, y acto seguido le apunto su correo en un papel que Carlos le había facilitado-.

- Sin problema, ahora mismo lo escaneo y te lo paso -dijo Carlos, yendo a por el papel, y guardándose la nota con el correo de Tom-. Bueno chicos, no os entretengo más. Muchas gracias por haber participado, Tom, si el jefe decide que entras en el rango que quiere estudiar, te veremos algunas veces más. 

- De nada, he pasado un buen rato -le sonrió Tom a Carlos-. Nos vemos. 

- Luego nos vemos -le dije a Carlos, mientras me ponía en pie y cogía mi bolsa-. 

Seguí a Tom, incapaz de articular una palabra, estaba tan avergonzada y tan incómoda que prefería haber ido andando hasta el Juzgado, al menos no tendría que vivir ese momento si lo hubiera hecho así.
 
En cuestión de cinco minutos llegamos a su coche, era un Peugeot 106 1.1. de color rojo en muy buen estado, se notaba que lo cuidaba. Desbloqueó las puertas, y pensé en principio en sentarme atrás, pero con el objetivo de no resultar descortés o antisocial después de cómo él se había portado conmigo, opté por sentarme en el sitio del copiloto. 

Me sentía bloqueada, no quería hablar, pero lo mínimo que podía hacer era dar las gracias a Tom, ya que me estaba llevando sin pedir nada a cambio, y no estaba demasiado acostumbrada a recibir nada de los demás "gratis". Tom arrancó, me fijé en que conducía con soltura, y a pesar de verse relajado, se notaba que estaba concentrado, así que aproveché para darle las gracias, al menos antes de llegar a mi destino y no atreverme a hacerlo:

- Oye Tom, muchísimas gracias, de verdad -le expresé, dedicándole una leve sonrisa, ya que era lo máximo que me permitían los ánimos en aquel momento-. 

- No es nada, de verdad, me alegro de poder ayudar -respondió, sonriendo, aunque mirando al frente-. Espero no parecer indiscreto pero, ¿estás bien?

- Sí, bueno, es una larga historia y es difícil y el tema no me gusta tocarlo, porque es algo que ya dejé atrás...

- Pero te estoy preguntando si estás bien, no qué ha pasado -añadió Tom, con bastante razón, porque no había respondido a su pregunta-. Soy un completo desconocido, y sería de muy mal gusto preguntarte por algo privado, sabiendo que es algo que te afecta.

- Estoy mal, pero supongo que es normal dadas las circunstancias, gracias por preguntar, eres muy amable, Tom, de verdad -suspiré, tal vez no debía haberle dicho aquello, pero lo sentía en el alma-. Me siento fatal por todo.

- ¿Por todo? -me preguntó, confuso-.

- Por una serie de motivos, hace un año que decidí dejar de hablar con la gente, cerrarme al mundo, se podría decir que había perdido la fe en el ser humano. Y tú has sido la única persona que ha sido educada, respetuosa y amable conmigo desde entonces, y me siento tan agradecida y tan mal por no haber respondido del mismo modo -Tom se sorprendió al escuchar aquello-. No solo has sido cliente mío, sino que me has salvado de perder mi trabajo y encima has participado en el estudio del laboratorio, lo cual me hace un grandísimo favor, y ahora me llevas al dichoso Juzgado -me reí, sintiéndome estúpida y avergonzada por decir aquello, pero sentía que necesitaba decírselo-. Y mírame, ahora estoy contando a un completo desconocido mi vida, supongo que me has inspirado confianza, aunque estoy completamente fuera de contexto. Todo esto para decirte que me caes bien.

- ¿Te inspiro confianza? -sonrió-. Vaya, me alegro -hizo una breve pausa-. La verdad es que no sé qué decir, siento que no debo comentar nada de algunas cosas, aunque me gustaría hacerlo, pero no te conozco lo suficiente como para poder opinar. Nunca hay un contexto determinado para nada, mucha gente no llega a expresar lo que piensa y/o siente por pensar que no es el momento adecuado, pero a mí por ejemplo, aunque sea llevándote a un sitio en una situación de emergencia, me alegra haber escuchado eso, te agradezco tus palabras, y tú también me caes bien -me sonrió-. Y he de clarificar una cosa.

- Claro, dime -le di paso, expectante a qué sería lo que diría a continuación-. 

- No me debes absolutamente nada por nada de lo que has mencionado, lo he hecho con la mejor de mis intenciones y, por otra parte, tú has sido también amable, educada y respetuosa conmigo, lo que pasa es que el contexto te puede haber dado la sensación de que no, pero te puedo garantizar que no es así. 

- Ojalá todas las personas a las que grito pensaran así -nos reímos-.

- Sería un mundo muy raro, la verdad -se rio, pero acto seguido se puso serio-. ¡No lo digo porque no le puedas caer bien a la gente, sino por el hecho de que la gente fuese buscando que le gritasen siempre! -respondió apurado Tom-. Fuiste sincera y valiente, y admiro muchísimo eso en una persona.

- La verdad es que sí -me reí para no parecer que me había ofendido-. Gracias -le sonreí-. Me resulta curioso que el cincuenta por ciento de tiempo que hablo contigo estoy todo el rato diciéndote "gracias". También me llama la atención que soy capaz de mantener conversaciones de más de cinco minutos.

- Jejeje, me gusta tu manera de pensar -se río, y me pareció adorable-. No es necesario que des las gracias, debería ser algo normal, quiero decir, la gente comportarse con un mínimo de educación y cada vez es menos patente, aunque probablemente yo también he pecado en ocasiones de ser un maleducado y no voy a decir que mi conducta sea ejemplar tampoco -hizo una pausa-. ¿Te puedo preguntar algo?

- Te reto a intentarlo -se volvió a reír-. Eres libre de preguntar lo que quieras, según sea la pregunta, responderé, o tal vez no lo haré.

- Para no hablar con mucha gente eres buena -me dijo, lo cual me hizo sentir que me subían los colores y empezaba a transpirar-. ¿Echas de menos hablar con gente? -me sentí aliviada al escuchar aquella pregunta, me esperaba algo privado de familia o amigos, lo cual no estaba dispuesta a comentar-.

- Durante todo este tiempo me he querido convencer a mí misma de que no, porque antes de "alejarme del mundo" -entrecomillé con los dedos- sentía que solo se me acercaba la gente para hacerme daño, y que la manera de arreglar ese problema era cortar por lo sano -hice una breve pausa-. Hago un inciso para advertirte de que hablo mucho, antes lo hacía, y ahora por lo visto también -Tom se rio, la verdad es que me sentía muy cómoda hablando con él aunque apenas nos conociéramos-. Pero he discutido muchísimas veces con Carlos al respecto, y ha llegado un punto en el que me he dado cuenta de que echo de menos tener a más gente con la que hablar, con la que vivir. Así que en resumen, sí, lo echo de menos, aunque la única persona con la que he llegado a sentirme completamente bien, segura y feliz es con Carlos, mi mejor amigo desde que tengo uso de razón, y no sé si podría tener lo que otras personas tienen como "grupos de amigos" para salir, quedar a jugar a los bolos... Son cosas que siempre he querido hacer y nunca he podido.

- No quiero sonar cínico ni parecer que quiero quedar bien o quitar importancia a tus palabras, pero entiendo tu manera de pensar -noté como su rostro adoptó un gesto serio, algo sombrío-. La gente es realmente cruel, y cuando ni tu entorno más cercano te entiende o no te quiere siquiera entender, ¿a qué te agarras? Pues a nada, no hay nada, o al menos en ese momento lo piensas así. Estoy seguro de que, aunque no te conozca, esas cosas las vas a poder hacer, y vas a ser muy feliz.

- Lamento que entiendas mi punto de vista por lo que implica -le dije, sin saber muy bien qué más añadir-. Bueno, supongo que nunca es tarde para recuperar la esperanza, ¿no?

- Por supuesto -me respondió, adoptando de nuevo un gesto facial más neutral-. ¿Eso quiere decir que vas a luchar por esa partida de bolos? -me reí al escuchar aquello-. 

- Desde luego -ambos nos reímos-. Puede merecer la pena, o al menos haré lo posible para que así sea. 

- Si no estuviese conduciendo te aplaudiría, es una decisión muy valiente -me sentí muy halagada y le sonreí, aunque estaba demasiado cortada como para añadir algo más a la conversación-. En unos cinco minutos estaremos en el Juzgado.

- Vaya, qué rápido -no solo el trayecto había sido breve, sino que habría disfrutado tanto de la compañía de Tom que no había sido consciente de que siquiera el tiempo había pasado-. 

- Y casi sin saltarme los límites de velocidad -bromeó-. Por cierto, ¿luego tienes trasporte para volver?

- Sí, tengo el billete de vuelta a mi casa, por suerte me vale para volver ya que aquí cerca está la parada del autobús, y mientras el destino sea el que figura en el billete, no hay problema desde dónde vaya. 

- Ah, perfecto entonces-respondió-. ¿Está esto lejos de tu casa?

- Bueno, se podría decir que sí, aunque estoy acostumbrada a trayectos largos cuando voy en trasporte público y ya voy preparada. Lo voy a decir de nuevo, te lo advierto: te agradezco muchísimo que me hayas traído.

- Todavía no hemos llegado, podría dar la vuelta y pedir un rescate por ti -me quedé seria, sabía que era una broma, pero me sentía lo suficientemente cómoda hablando con él como para vacilarle un poco-. Es broma, no te voy a secuestrar -respondió Tom, inseguro, a lo que me empecé a reír, hacía tiempo que no me escuchaba esa risa-. Vaya, te tomas libertades para bromear al bromista -se rio-. ¿Eso significa que no estás tan mal de ánimo como antes has expresado?

- Estoy más tranquila, desde luego -le sonreí-. 

- Me alegro entonces -me sonrió Tom de vuelta-. Allí está -dijo, señalando hacia la izquierda, y frenando el coche-. Espero que vaya todo lo mejor posible -dijo, dedicándome una cálida sonrisa-. 

- Gracias, espero que tengas buena tarde y te agradezco muchísimo que me hayas traído -le respondí con una sonrisa sincera-.

- No hay de qué -me bajé, y cerré la puerta del copiloto, volviendo a sentir la misma inseguridad que cuando estaba al teléfono-. Nos vemos -arrancó el coche-.

- Nos vemos -me despedí-.

Escuché cómo el coche se alejaba por el asfalto, y sentí una extraña sensación. Estaba nerviosa, inquieta y preocupada debido a la razón por la que había asistido allí, pero el camino había sido tan corto y tan ameno que estaba segura de que quería seguir conociendo a Tom, era una persona totalmente encantadora, y sentía mucha curiosidad por saber cuál era su historia, y por que "entendía" lo que estaba diciendo, ya que mi visión era excesivamente pesimista, y si él era capaz de concebir dicha manera de pensar, era porque habría vivido algo semejante a lo que yo había vivido. 

¿Cómo una persona como él podría haber pasado por algo así y ser como era? Mientras me acercaba a la puerta del Juzgado, pensé en los posibles escenarios, y en la multitud de posibilidades. Mi curiosidad no era por puro morbo, como podría parecer, sino porque nunca había conocido a alguien que fuese capaz de entender ese extremo pesimismo que se había cernido sobre mí, y que aún conservaba. 

Cuando estuve al lado de la puerta para entrar, dejé de lado todos mis pensamientos, cuando saliera podría seguir pensando en mis cosas, pero ahora no era el momento, no al menos lo que durara mi presencia allí. 

[...]

Salí exhausta del juzgado, había sido todo un completo desastre, aunque no me esperaba gran cosa de la situación de la cual se había derivado todo aquello. Pensé en llamar a Carlos para avisarle de que ya volvía a casa, pero tampoco tardaría tanto en llegar, y no tenía gran cosa que contarle, realmente nada había cambiado desde la última vez que nos habíamos visto. 

No obstante, cogí el teléfono, y comprobé que tenía una llamada perdida de mi trabajo de repartidora. Cuando aquello ocurría, era porque algún compañero no podía ir a trabajar por el motivo que fuera, y me mandaban a mí para ir fuera del horario, que eran martes, jueves y domingos. 

Me dirigí a la parada del autobús, y una vez estuve allí marqué el teléfono de mi jefe, y esperé a que el autobús llegara. La primera vez no me respondió, pero era habitual, por la hora que era había bastante trabajo y no estaría tan libre como quisiera para hablar con él, pero en cuestión de segundos me devolvió la llamada, coincidiendo casi con la llegada del autobús:

- ¿Sí? -respondí a desgana, sabiendo lo que me esperaba-.

- Hola Katherine, soy Thomas -hizo una breve pausa para aclararse la garganta, al parecer había interrumpido su cena-. Esta mañana ha llamado un compañero porque se va del puesto, y ha dejado una zona sin cubrir. Para hoy ya tenemos solución, pero para mañana no -me sentí aliviada al escuchar que no iba a tener que trabajar fuera del horario-. 

- Pero yo mañana tengo trabajo y mi área asignada.

- Exacto, lo que te quería proponer es lo siguiente: ampliar tu zona de reparto para poder ocupar una parte del área que le pertenece al compañero que se ha ido, y la otra parte que queda ya la he cuadrado con otro compañero. Aunque tengáis que alejaros un poco más de lo habitual, no es excesivo, y os pagaremos cinco libras más a hora -era una miseria, pero sabía que no me quedaba más remedio que aceptar y, aunque fuera poco, el dinero no venía nada mal-.

- Vale, haré mi área y esa parte. ¿El horario se mantiene?

- Sí, por eso no te preocupes -pausó un momento, pensativo-. Ah, sí, cuando llegues a la pizzería te daré el mapa de la zona que te corresponde para que no tengas problema alguno y no os solapéis Adam y tú.

- Perfecto, entonces mañana nos vemos. 

- Hasta mañana -se despidió mi jefe, y colgó-.

No sabía cómo sentirme en aquel momento, había sido un día complicado y extraño, al menos en comparación a lo que yo estaba acostumbrada, porque quitando lo del juzgado, todo lo demás era algo que es perfectamente habitual en la vida de la gente común. 

Había socializado más de lo habitual y lo había disfrutado, tal vez aquello era lo que más me chocaba de todo, y estaba segura de que al menos iba por buen camino en cuanto a mi objetivo de ser más sociable y afrontar mis problemas en vez de darles la espalda o huir. 

Apoyé la cabeza en la ventana del autobús, mientras veía como avanzaba, subían y bajaban personas. Normalmente aprovechaba el trayecto para leer, por lo general cómics de Marvel, mi favorito sin dudas era Iron Man, y de hecho, el cómic que llevaba era precisamente de este superhéroe. No obstante, me sentía cognitivamente incapaz de afrontar nada más, tal vez necesitaba reflexionar más sobre lo que había pasado, aunque cada vez que intentaba pensar en ello, me acordaba del juzgado, y era un tema que ni siquiera quería plantear. 

Tal vez aquello iba en contra de no huir de los problemas, pero que mi padre fuese un convicto y, ahora, reincidente, era algo que se escapaba de mis manos. Entendía que aquello a lo que no debía darle la espada era lo que estaba bajo mi control porque, ¿qué iba a hacer con el asunto de mi padre? ¿iba a poder yo cambiar algo? Ni siquiera quería cambiar nada, estuvo y estaba en aquel momento en prisión por razones más que justificadas y, de hecho, esperaba que se pudriera allí, que era lo único que merecía. 

Rencor. Eso era lo que supuraba por cada poro de mi piel cada vez que pensaba mínimamente en ello. Los sucesos que habían llevado al sujeto que biológicamente se correspondía con mi "padre" al lugar en el que estaba los conocía más que de sobra, y no sabría decir si del todo, pero los había asumido y vivía con ello, porque no me quedaba más remedio. Pero lo que hizo jamás se lo podría perdonar, y no había terapia, tiempo, voluntad ni esfuerzo suficiente en el mundo para hacerlo.
   

lunes, 24 de agosto de 2020

Navras - Capítulo 8



Recogí el bolígrafo, y continuamos haciendo algunas pruebas más a Tom, aunque en aquel momento teníamos que monitorizarle, y el aparato estaba al otro lado de la mesa. Debido a la falta de espacio, tuve que acercarme a él y pasar por delante para encender y conectar la máquina, así como para coger los conectores que irían a sus muñecas. Noté que Tom se retiró hacia atrás lo máximo posible, y escuché a Carlos reírse, sabiendo que lo que estaría a punto de comentar a continuación no sería bueno:

- Se lo hace a todos, al final se terminará tirando encima de alguien -dijo Carlos, divertido, a lo que me aparté, bastante incómoda, con los enganches de la máquina en la mano-.

- Oh, lo siento, la verdad es que lo hago así constantemente y hasta que mi amable compañero no lo ha mencionado no sabía que podía incomodar tanto.

- No te preocupes -me dijo, sonriendo-. No todos los días pasa gente tan cerca de mí -noté cómo mi temperatura subía, y que me estaba empezando a poner algo roja-.

- Ya somos tres Tom, no estás solo -ambos se rieron, aunque el rostro de Tom era más de nerviosismo-. Lo siento, es que las gracias fáciles me pueden. 

- Bueno, pues céntrate en lo que hay que hacer, que no estamos en una reunión de cómicos -le advertí, enfadada e incómoda a partes iguales-.

- Pero si eres tú la que tiene que poner la máquina, yo estoy aquí de mero ayudante -respondió Carlos, dejándome aún en peor lugar que antes-.

- Tú y yo tendremos unas palabras muy serias cuando volvamos a casa -amenacé a Carlos, mientras me acercaba de nuevo a Tom para ponerle en las muñecas los medidores-. 

- Ni es mi novia ni estamos casados, que es lo peor -le dijo Carlos a Tom, generando en él una sonrisa nerviosa-. ¿Tú en qué situación te encuentras? -no podía creer que le estuviera preguntando aquello, me acerqué a Carlos y le di un codazo-.

- Estás yendo demasiado lejos, y le estás incomodando -le dije, con los brazos en jarras-.

- No te preocupes, no me siento incómodo ni me importa responder a la pregunta -respondió educadamente Tom-. Vivo solo, pero no tengo nadie con quien pelearme. Bueno, sí, con mi perro.

- ¡¿Tienes un perro?! -le pregunté, sentía una gran fascinación y amor hacia los perros, pero debido al piso en el que vivíamos nos era imposible adoptar uno-.

- Ella pierde la profesionalidad al hablar de perros, como puedes ver -Tom se rio ante el comentario de Carlos-.

- Sí, se llama Bobbie, y tiene dos años -sacó el teléfono, y se puso a buscar-. Es mediano, muy cariñoso, y tiene bastante energía, aunque en casa es tan tranquilo que a veces me asusto porque pienso que no está -sonrió tiernamente, y sonreí por el bonito gesto que había tenido al hablar de su perro-. Aquí, mira -me acerqué, y me enseñó un par de fotos de su perro-.

- Oh, es precioso, tiene carita de ser un angelito. 

- No te haces una idea de lo bueno que es -presumió Tom, aun sonriendo-.

- Mira, está a esto -Carlos hizo un gesto con los dedos- de pedirte que se lo presentes. Adora a los perros con toda su alma. 

- Pues cuando quieras, a él le encanta la gente -sonreí, notando como el calor me volvía a subir-.

- Genial, sería un placer conocer al perrete que ha cautivado tu corazón -nos reímos-. Bueno, voy a ponerte ya esto, que te estamos encima entreteniendo.

- No te preocupes, no tengo nada que hacer, y aquí estoy pasando un rato agradable -respondió, sonriendo-.

Tom era un chico encantador, hecho indiscutible, y tal y como se estaba comportando, no hacía más que sumar puntos. Sentía que quería hablar con él, conocerle, tomar café, reír y llorar a su lado. ¿Mi cabeza iba demasiado rápido? Más de lo habitual, desde luego, pero podía controlar mis sentimientos y evitar que pasara de resultarme "llamativo" a que me gustara directamente.

Retomé mis quehaceres, abrí la muñequera que llevaba a la máquina, y se los coloqué con cuidado a Tom en sus muñecas. Me fijé en sus manos, eran grandes, pero las tenía cuidadas, y me di cuenta de que tal vez él se había percatado y se sentiría incomodado, pero estaba mirando la máquina.

- Va a medir tus pulsaciones y la presión -le comenté, por si era lo que quería saber-.

- Ah, vale -me respondió-. 

- ¿Puedes darle al botón rojo? Es que cuando no se usa por unos minutos se apaga sola.

- Sí, por supuesto -contestó, mientras le daba al botón-. 

Me fijé en las cifras que empezaron a salir en la máquina, le lleva entre uno y dos minutos calibrarse y tomar bien las medidas, en primera instancia no es fiable. Al ver las pulsaciones de Tom, me quedé algo preocupada, eran ligeramente superiores a la media, incluyendo a los otros participantes a los que habíamos estado evaluando:

- Oh vaya, tus pulsaciones son altas -le informé, sin mostrar demasiada preocupación-. ¿Estás nervioso?

- No sé, yo me noto bien, no creo que sea preocupante -respondió, con aparente tranquilidad-. 

- Bueno, pero si te encuentras mal o estás incómodo nos lo puedes decir en cualquier momento.

- Vale, en ese caso os lo diré.

Me acerqué al ordenador, y lo puse en marcha de nuevo, preparando la tarea que tendría que desempeñar a continuación Tom. Eran una serie de pruebas variadas que medían diversos aspectos, y cuyo registro quedaba guardado en el ordenador principal. 

Una vez estaba todo listo, pasamos a explicar a Tom lo que tendría que hacer, ya que era lo principal de la sesión, y lo último que quedaba:

- Bueno, ya está todo listo, así que te vamos a dejar con una serie de tareas para que realices. No hay tiempo definido, puedes tomarte el que necesites, y son unas cuantas, así que no te agobies -dijo Carlos-. Si es tu caso, pausa la tarea que estés haciendo en el momento, y cuando estés mejor sigue. La cuestión es que estas actividades solo se pueden hacer una vez, y necesitamos que te concentres en ello. 

- Vale, de momento lo tengo todo claro. 

- Ahora nosotros vamos a salir de la sala para dejarte tranquilo, pero como tenemos esta cristalera -dije, señalando a la parte de la pared que se correspondía con dicha cristalera a la que me refería-. En caso de que tengas algún problema con alguna tarea, se te quede pillado el ordenador, o lo que sea, levanta la mano y uno de los dos entraremos para atenderte. Ah, y te tienes que poner los cascos -le señalé al lado de la torre del ordenador, donde estos estaban-.

- Entendido -respondió Tom, mientras se colocaba los cascos y miraba la pantalla del ordenador-.

- ¿Quieres que te traigamos algo de beber? -le pregunté, no lo habíamos hecho con ningún participante, pero me pareció un buen gesto de educación que tener hacia él-.

- No es necesario, no te preocupes, pero te lo agradezco igualmente -me respondió Tom, dedicándome su encantadora sonrisa-.

- Insisto, aquí hace calor, y encima que no pagamos ni nada, es lo mínimo que te podemos ofrecer en agradecimiento -le repliqué-.

- No la hagas insistir más, porque si no te convertirás en la persona con más probabilidades de morir en sus manos -añadió Carlos, mirándome y sonriendo porque sabía que no quería más comentarios del estilo pero a él le daba aparentemente igual-.

- Vale -respondió Tom, riéndose-. 

- ¿Qué quieres?

- Un café estaría bien -me respondió, nuevamente sonriendo-. 

- Está hecho, ahora te lo traemos. Puedes empezar cuando quieras con las tareas del ordenador, y cuando termines levanta la mano también, por favor, que eso no lo habíamos dicho y es importante.

- Perfecto. Muchas gracias -nos dijo-.

Salimos de la sala, y no me hizo falta que abriera la boca para saber que Carlos tenía mucho que decir y estaba a reventar por decirlo:

- No me extraña que te guste -me dijo-. 

- Que no me gusta, me llama la atención, punto.

- Bueno, vale, pues no me extraña que te llame la atención -dijo, haciendo comillas con los dedos-. Es un tipo arrebatador, ¿no lo es?

- Según como lo quieras ver, a mí me cae bien, eso lo puedo afirmar con seguridad.

- Odio a mi amiga, que se convierte en un robot cuando quiere -me dijo, intentando ofenderme-. Hay una cosa que me ha demostrado que es un chico legal.

- No tiene nada que demostrarte, eso se sabe con el tiempo...

- Bueno, pues de momento está demostrando que lo es. Es un absoluto caballero inglés, el hombre perfecto para una chica que está tan loca como tú. 

- Dios no digas eso -le dije, gesticulando con reparo-. 

- Es que, cuando tú has metido tu delantera delante de él ni corta ni perezosa, él se ha alejado, y no solo eso, porque tenía pleno campo de visión, pero ha apartado la vista. ¡Le tenías que haber visto la cara! -me sentí extraña, era un gesto pequeño y tonto, pero me reconfortaba saber que mostraba respecto hacia mí-. 

- Es buen tipo.

- Es un chico educado, aparentemente inteligente, divertido, simpático, y muy atractivo. 

- ¡Madre mía me lo estás vendiendo! ¿Te da alguien comisión por ello?

- Ojalá -se rio-. Es que me gusta que te llame la atención - volvió a entrecomillar-. Creo que es alguien que no te haría daño, parece demasiado bueno como para sembrar el caos en una persona como tú. No le veo capaz de matar ni el tiempo.

- Bueno, Carlos, eso tú no lo sabes, y no te puedes basar solo en lo que ves, porque no es todo lo que hay, no le conoces, ni yo tampoco, y podemos decir de primeras que parece todas esas cosas que has dicho, pero no podemos poner la mano en el fuego por ello. No es oro todo lo que reluce, ya sabes.

- Tienes toda la razón, pero creo que es una persona a la que le puedes dar la oportunidad -antes de responderle, me hizo un gesto para continuar hablando-. Sea lo que sea, como amigo, pareja, o X, creo que es alguien que te podría ayudar con tus problemas, y estoy seguro de que no le tienes que dar explicaciones si quieres seguir conociéndole, porque parece abierto a conocer a gente.

- Ya veremos qué pasa con eso, voy a dejar que las cosas fluyan, no quiero forzar nada al respecto. Si surge que nos volvemos a ver, bien, pero tampoco le voy a pedir quedar, porque queda muy obvio, y parece que tengo interés romántico en él. 

- ¡Eso es lo que tú piensas! No tiene por qué pensar él eso, y si lo piensa pues, como tú has dicho, deja que fluyan las cosas, y que pase lo que tenga que pasar. 

- Lo discutiremos en otro momento, porque sé que no vas a quedar conforme con un simple "no estoy de acuerdo contigo". 

- Me conoces bien -respondió Carlos, asintiendo-. 

- Quédate vigilando, por si Tom tiene algún problema, yo voy a la máquina a por un café. 

- ¿Por qué no vas a la cafetería? El de allí es mejor.

- Está cerrada -le respondí, gesticulando con los brazos-. Así que aunque sea desagradable como tú, es lo que hay -Carlos se hizo falsamente el ofendido tras mi comentario, y acto seguido, me fui a la máquina-.

Estaba en el pasillo de camino a la cafetería, y saqué el café, sin entretenerme demasiado por si había algún problema, no me hacía especial ilusión dejar a mi gran amigo con una boca a escala chancla con Tom, a saber qué le podía decir. 

En cinco minutos estaba de vuelta, y Carlos parecía sorprendido por mi rapidez. Sostuve el café en la mano, mientras a través de la cristalera podía advertir la figura de Tom, atenta a la pantalla del ordenador. 

- Es un chico majo, en serio, me gusta que le quieras conocer -me dijo en un tono calmado mi amigo-.

- Gracias -le sonreí-. La verdad es que sigo confusa, no quiero abrirme y que me destrocen otra vez, porque siendo que no puedo, cada día se me hace todo más difícil, ser ajena al mundo no me gusta, pero prefiero lo malo conocido que lo bueno por conocer.

- Lo sé, Kat, lo sé, pero ahora lo estás haciendo muy bien, y te animo a seguir con ello. 

- No sé qué haría sin mi consejero espiritual -le dije, y nos reímos-. 

- Probablemente lo mismo que sin él, porque no le haces caso prácticamente nunca -me recriminó Carlos-. 

- Ya lo sé, debería escucharte más, pero no arruinemos este momento, porque tú estabas contento conmigo, y yo también.

- Tienes toda la razón -asintió con la cabeza enérgicamente-. Oh mira, nuestro amigo parece que ya ha terminado.

Miré hacia la cristalera, y vi que Tom tenía el brazo levantado, lo cual, por el tiempo que había transcurrido, parecía que era porque había terminado. Entramos ambos a la sala para comprobarlo:

- ¿Ya has terminado con las tareas? -le pregunté-.

- Sí, no he tenido ningún problema, ha sido muy entretenido -respondió Tom-.

- Pues si quieres, Kat, mira los registros de la máquina mientras yo cojo el último formulario para que lo rellene -me comentó Carlos-.

- Eso está hecho, dije acercándome hacia la mesa en la que estaba Tom para consultar la máquina-. 

- ¿Prefieres que me levante para que puedas verla bien? -me preguntó amablemente Tom-.

- No te preocupes, puedo verlo bien desde... -antes de que pudiera terminar la frase, me empezó a sonar el teléfono-. Perdonad, normalmente lo tengo en silencio -cuando fui a colgar, vi que el número no me resultaba familiar, y dadas las circunstancias pensé en responder-. ¿Me disculpáis un momento? -les pregunté, incómoda, y ambos asintieron-.

Respondí al teléfono allí mismo, pensando que sería algo breve, pero cuando escuché que se trataba del Juzgado de lo Penal de Londres Interior, salí muy apurada de la sala, temiéndome lo peor. 

No me enteré muy bien de lo que había ocurrido, pero debía asistir lo antes posible. Colgué, sin preguntar apenas nada, y entré corriendo en la sala, donde estaban mis cosas. Tenía que pensar rápido, porque tenía el transporte para volver a casa, pero no para ir hasta los Juzgados:

- ¿Qué ha pasado? -me preguntó Carlos, preocupado-. 

- Nada, me tengo que ir -respondí, intentando no distraerme demasiado de lo que estaba haciendo-.

- ¿Te puedo ayudar en algo? -preguntó también Tom, extrañado por mi repentino cambio de comportamiento-. 

- No, gracias. 

Saqué todo lo que tenía en la bolsa, incluso mi trabajo, y lo dejé encima de la mesa, esperando encontrar la cartera en la que llevaba siempre algo de dinero, pero me había olvidado de ella en casa. Eso solo me dejaba una posibilidad, que era volver a casa, coger el dinero, y esperar a tener suficiente como para ir a los Juzgados. Tardaría un rato, y no podía soportar el agobio, pero no me quedaba más remedio. 

Metí todo como pude, y mientras se me llenaban los ojos de lágrimas, sentí como Carlos y Tom se habían acercado y me estaban ayudando a recoger las cosas. Me sentí tremendamente avergonzada, sobre todo por Tom, que debía estar pensando que era absolutamente idiota, y a parte de una borde y cretina, una exagerada. 

Me sentía tan abrumada y tan agobiada que no pude evitar dejar caer una lágrima y romperme. No quería mostrar debilidad, pero últimamente era lo único que sabía hacer, sobre todo en los momentos en los que venía el pasado a acecharme cuando creía que ya lo había dejado a atrás, me producía auténtico pavor y me sentía miserable, culpable al fin y al cabo de todo lo que había pasado, y de la sombra que se había cernido sobre mi familia desde mi nacimiento.

lunes, 17 de agosto de 2020

Navras - Capítulo 7



En las notificaciones vi que tenía dos llamadas perdidas y un mensaje. Me sentí abrumada en primer lugar, pero comprobé el número, y sin poder evitarlo sonreí. Me había llamado Tom, ¡lo había hecho! Así que no había mentido, o al menos aparentemente no lo había hecho. Miré el mensaje, porque le llamaría de inmediato, pero si me había escrito tal vez había sido por algún problema. 

"Hola Katherine, muchas gracias, ya te he guardado en la agenda. Te he llamado de primeras, lo siento, espero no haberte molestado o incomodado, y disculpa ante todo mi demora. Siéntete libre de llamarme o escribirme cuando quieras, estaré encantado. Un saludo."

Automáticamente esbocé una sonrisa en mi cara, había sido muy desconfiada, y tenía que dar un voto de confianza, aunque fuese mínimo a la gente, si quería trabajar poco a poco en mi problema. 

Antes de llamar a Tom, quise hablar con Carlos para contarle todo y pedirle consejo, y justo en aquel momento recordé lo del uniforme, así que le llamé inmediatamente:

- ¿Kat? -me preguntó, completamente extrañado?

- No, soy la gemela malvada de Kat. ¿Crees que si no fuese Kat te lo diría?

- Mira que eres rencorosa -se rio-. ¿Por qué me estás llamando?

- Primero de todo, te has dejado el uniforme en casa, así que mueve tu culo de vuelta a por él o sino vas a tener que trabajar de encubierto -acto seguido, Carlos me colgó-. Pero será...

- ¿Qué? -en aquel momento, abrió la puerta de golpe y estuve a punto de sufrir un infarto del susto-. Jajajaja, me gusta esto, creo que lo haré más veces. 

- ¡Eres imbécil! -le acusé, mientras le golpeaba con el puño en el brazo-. ¿Cuánto llevas aquí?

- Va a sonar triste, pero desde ayer que volví del trabajo.

- ¿No deberías estar trabajando? 

- Los domingos la tienda abre más tarde, así que yo entro más tarde, como es lógico -se rio-. A saber qué más hubieras hecho sin saber que estaba yo aquí.

- En realidad nada habría cambiado y lo sabes -Carlos me miró, y asintió-. 

- Bueno, entonces era por lo del uniforme, ¿no? -hizo una breve pausa-. Que, por cierto, lo había lavado y cuando has salido a correr justo lo estaba sacando de la secadora para dejarlo preparado y llevármelo -añadió-.

- Qué iba a saber yo, a veces pareces un fantasma, he visto cojines más ruidosos que tú -nos reímos-. Bueno, no solo te llamaba por el uniforme hay más.

- Pues cuéntame, no me vayas a dejar ahora con esta incertidumbre.

- Cuando he vuelto de correr y he visto el uniforme, te iba a llamar para decírtelo, y al encender el teléfono me han saltado dos llamadas de Tom y un mensaje suyo, mira -le mostré el teléfono-.

- Nena, ese "estaré encantado" es maravilloso, dime que te vas a quedar tú con él, porque si no lo voy a hacer yo -noté cómo me empezaban a subir los colores, aquel tipo de situaciones me abochornaban muchísimo-. 

- No me voy a quedar a nadie porque, en primer lugar, esto es una relación meramente profesional, y no es ético lo que me sugieres, y en segundo lugar, me llama la atención, pero nada más. En cuanto le hagamos las pruebas le voy a perder de vista, y ni siquiera sé si coincidiré con él, que en ese caso ya no le voy a volver a ver nunca más. 

- ¡Para! -exclamó Carlos, agobiado-. No puedes ser así, y encima no me parecen razones suficientes ni racionales, ante todo prima que a ti no te da la gana porque eres así de mente.

- Ese también es un motivo, pero sabes que no es de los que más peso tiene -Carlos resopló, mostrando abiertamente su desacuerdo conmigo-. Mira, tal vez esté yéndome hacia el extremo precisamente del cual me quiero alejar, pero ese chico...

-¡ESE CHICO! -se empezó a reír-.

- ¡Joder, eres imbécil! - hice una breve pausa para dejar a Carlos que dejara de reírse y poder continuar hablando-. Tom - hice énfasis en el nombre, lo cual hizo gracia de nuevo a mi amigo- es un chico muy agradable, y si pudiese pues me gustaría conocerle más, pero no es probable que eso ocurra, y a pesar de que me gusta imaginar la mayoría de escenarios posibles para saber cómo poder actuar de manera correcta, priman aquellos en los que no llegamos siquiera a saludarnos, así que cuento más con eso que con que terminemos siendo amigos del alma. 

- Podrías ser pareja también, espero que te plantees ese escenario. 

- ¡Por supuesto, y podríamos ser un equipo de villanos que aterrorizan Londres! -dije, mientras Carlos no reaccionaba porque probablemente se esperaba un comentario así-. Yo no quiero salir con él in con nadie. 

- Te engañas y lo sabes. Nunca has tenido una relación seria porque te has topado con cientos de estúpidos que querían de ti X o Y.

- Sobre todo X -apunté-. Pero no me engaño, es que realmente no siento esa necesidad.

- ¡No sabes si la tienes porque nunca la has probado!

- Tampoco he probado a sacarme los ojos con una cuchara de postre y sé que no me gusta ni lo necesito.

- Eres tan terca que me dan ganas de estrangularte, espero que seas consciente -me reí-. Bueno, vamos a dejarnos de cháchara que yo en nada me tengo que ir a trabajar, así que al grano. 

- No tengo nada más que decirte -le dije, intentando entender cuál era su intención-.

- ¡No! Que le llames ya, hombre.

- ¡¿Estás loco?! Ni siquiera he pensado qué decirle -dije, mientras Carlos agarraba mi móvil y lo miraba-.

- Así es como mejor sale todo, toma -me pasó el teléfono, en el cual ya estaba marcando a Tom-.

- ¡Te mato! -vi como Carlos salía corriendo de la habitación, y antes de que yo pudiera seguirle para volver a pegarle o colgar, los pitidos dejaron de sonar-.

- ¡Buenos días, Katherine! Me alegro de que me hayas llamado -ya solo con oír aquello me sentí abrumada y estaba bloqueada, no sabía qué hacer-. ¿Hola?

- Sí, perdona -respondí, sintiéndome enormemente avergonzada por mi comportamiento-. Buenas a ti también Tom, el placer es mío. Verás, eh, te llamaba para comentarte lo de los horarios. 

- Perfecto, adelante.

- Llamé ayer a mi jefe, y me ha dicho que el horario es de lunes a viernes, de dos a cuatro, ambas horas incluidas -hice una breve pausa para mirar el papel-. El lunes y el viernes están todas las horas cogidas, así que sería martes de dos a tres o de tres a cuatro, miércoles de tres a cuatro, o jueves de tres a cuatro. 

- Vale, muchísimas gracias -me respondió, cordialmente-. 

- Cuando sepas el horario que mejor te venga bien, dímelo para que se lo haga llegar a mi jefe -dije, cerrando la conversación-. Que tengas un buen día.

- ¡No, no, espera! -me volví a poner el teléfono en la oreja-. Directamente te lo digo ya, y así no te tengo que molestar más -ojalá no hubiese insistido, así me llamaría otra vez-. Para el miércoles habías dicho de tres a cuatro, ¿verdad?

- Exacto.

- Perfecto, entonces asistiré el miércoles de dos a tres.

- Vale, ya lo he apuntado, ahora mismo le escribo un correo para que te apunte cuanto antes para reservarte así el hueco -le comenté, mientras lo anotaba en la parte de detrás del papel con el horario-. En caso de que surja cualquier problema, te lo haré saber, y si es tu caso, no dudes en avisarme.

- Por supuesto, cuenta con ello -me respondió, amablemente-. Por cierto, quería disculparme por no haber contestado antes, ha sido una impertinencia por mi parte. 

- ¡Para nada! No te preocupes, en serio.

- Vi el mensaje, pero quería responder cuando hubiese terminado de leerme la sentencia de un caso que llevé hace un par de semanas, y cuando acabé era muy tarde, y tampoco quería molestar, aunque supongo que no hay excusa realmente que valga, porque podía haber contestado perfectamente.

- Que no te preocupes, de verdad, has respondido cuando has podido y punto. Además, te entiendo, yo también suelo dedicarme al cien por cien en algo, sobre todo de estudios y trabajo, y cuando acabo ya hago el resto de cosas pendientes. 

- Lo cortés no quita lo valiente, y a pesar de eso, de verdad que lo lamento enormemente.

- Si me diesen una libra por cada vez que has dicho eso, ya tendría tres -se rio-. Bueno Tom, pues nos vemos el miércoles. 

- Perfecto, muchas gracias, Katherine, nos vemos.

- A ti. 

Colgué el teléfono, y al girarme levemente hacia la puerta de la habitación pude ver a Carlos con la bolsa del trabajo, asomado:

- ¿Cómo se puede ser tan cotilla? -le dije, gesticulando acorde a la situación-. 

- Cariño, cotilla se nace, no se hace -nos reímos-. Muy fan de la conversación, menudo bodrio. 

- ¿Qué esperabas, que le preguntara cómo iba vestido?

- Pues habría sido más interesante -se rio, y me hizo sonreír-. ¿Qué habéis acordado?

- Ha cogido hora para que le hagamos las pruebas el miércoles de tres a cuatro -respondí, esbozando una ligera sonrisa-.

- Oh, mira qué mona, qué contenta está ella -me comentó Carlos, a modo de burla-.

- No estoy contenta, bueno, sí, porque tenemos ya una persona más en el estudio, pero nada más lejos de eso. 

- ¿Vamos a volver a discutir hasta que seas totalmente honesta al respecto de nuevo, o mejor simplificamos todo eso?

- Te odio -le dije, sabiendo que tenía razón-. Vale, me alegra poder volver a Tom, ¿es eso lo que querías escuchar?

- No es lo que quería escuchar, es lo que tú realmente piensas. ¿Cuántas veces tendré que repetir que no es nada malo? Sientes curiosidad por una persona, eso es todo, no te hace ni peor, ni más vulnerable, porque eso depende solo de ti. 

- Es que no me acostumbro, he tenido una muy buena racha de mantener la distancia con la gente, y ha sido mi etapa de mayor estabilidad a todos los niveles. 

- Ya, pero las cosas cambian, y esa estabilidad no va a durar siempre. Ya sabes, el ser humano es sociable por naturaleza.

- Vaya, no sabía que mi mejor amigo estaba poseído por el espíritu de Aristóteles -Carlos me lanzó una mirada amenazante mientras yo me reía de mi propio comentario-. De momento, vamos a ver cómo van las cosas, yo solo me he propuesto conocer a Tom un poco más, ni siquiera quiero que lleguemos a ser conocidos, solo hablar y punto. 

- Eso está bien -reconoció Carlos, estando por una vez de acuerdo conmigo-. Ya pensaré cosas para hacerle hablar.

- Dios no, por favor, no hagas eso -le pedí, temerosa de lo que podía ser capaz-. 

- No te preocupes, me controlaré, aunque no prometo nada. 

- Más te vale esforzarte, porque como hagas la mínima cosa extraña te voy a cortar las pelotas con un cuchillo de untar -al decir aquello, Carlos asintió, asustado, y salió corriendo-.

Tenía todo el día por delante y por la noche tenía que trabajar, pero aprovecharía para seguir con el trabajo y hacer algunas cosas de casa. Sentía que la espera se me iba a hacer larga. 

Miércoles

Me desperté temprano, aunque no lo suficiente como para salir a correr, así que me preparé tranquilamente para las clases. Me sentí nerviosa, a pesar de que el lunes habíamos empezado con las pruebas a los sujetos para el estudio, hoy vendría Tom, y la verdad es que era algo que me producía una especial sensación de nerviosismo, a pesar de que se trataba de una serie de tareas, y que lo más probable era que no tuviéramos a penas tiempo para siquiera hablar, como había ocurrido con los anteriores participantes. 

Carlos se encargó de recordármelo de todas maneras, sugiriendo que debía ir especialmente arreglada para la "cita". Hice caso omiso a su comentario, y dejé todo listo para las clases. Me duché, desayuné, y fuimos a coger el autobús, ya que no había podido ir a echar gasolina a la moto, y tampoco estaba muy segura de si podría, porque aún no me habían pagado ninguno de mis dos sueldos. 

No tardamos demasiado en llegar, aprovechamos el trayecto para revisar y organizar algunas tareas domésticas que estaban sin asignar todavía. 

La jornada de universidad se pasó rápido, la verdad es que las clases habían sido como siempre, pero en mi estado de nerviosismo se me pasó todo especialmente rápido, y no pude prestar demasiada atención a lo que se explicó. 

Cuando llegamos al laboratorio de la facultad de Psicología, vi que Vincenzo nos estaba esperando con el sujeto que iba primero en las pruebas. Di gracias por tener a Carlos a mi lado, porque estaba tan descentrada que era incapaz de siquiera dar un paso sin equivocarme. En cuanto me quise dar cuenta, ya eran casi las tres, y habíamos acabado con el primer participante. Sentí como mi pulso se aceleraba cuando escuché la voz al salir de la sala, estaba charlando con Vincenzo, y por un momento estuve a punto de darme la vuelta, pero tenía que hacer frente a mi fobia y no dejarme arrastrar por ella, como le había prometido a Carlos, el cual precisamente salía detrás de mí. 

Ambos nos acercamos a Vincenzo y Tom para saludar y empezar a preparar la sesión:

- Buenas -dije, intentando sonreír sin nerviosismo alguno-.

- Buenas tardes, chicos -nos dijo Tom a Carlos y a mí-. ¿Es mi turno?

- Sí, eso me temo -le dije, pensando en que tal vez no lo debía haber expresado de aquel modo-. 

- Espero que no me vayáis a hacer daño, ese sitio tiene pinta de enmascarar bastante bien los gritos de socorro -respondió Tom, gesticulando de una manera divertida, a lo que Carlos y Vincenzo se rieron, pero yo sentí que debía decir algo al respecto, y estaba tan concentrada en ello que no fui capaz-.

- No te preocupes Tom, estarás en buenas manos -dijo Carlos, mientras me miraba con su sonrisilla, lo cual me advirtió de que no debía bajar la guardia, o de lo contrario intentaría hacer algún comentario-.

- Puedes venir con nosotros cuando quieras.

- Perfecto, pues ya mismo, así no os entretengo -respondió Tom, sonriendo, algo nervioso por lo que pude notar-. Espero hacerlo bien.

Entramos en la sala. Era pequeña, y en una esquina estaba la mesa en la que él se sentaría, con un ordenador conectado en la que al final de la sesión tendría que hacer una serie de ejercicios para medir algunas cuestiones que se evaluarían posteriormente en el estudio.

- Puedes sentarte ahí -le dije, señalando la silla que estaba al lado de la mesa con el ordenador-.

- También puedes sentarte en el suelo, pero no te lo recomendamos -añadió desacertadamente Carlos-.

- Muchas gracias, creo que usaré la silla -comentó Tom, riéndose-. 

- Carlos intenta ser profesional, esto no es un juego -le dije, completamente seria-.

- ¡Te tomas todo demasiado en serio! -exclamó Carlos, exagerando la reacción-. Ella no es así en realidad, es mucho peor que yo, pero quiere parecer profesional -le dijo a Tom, momento en el que le dirigí una mirada asesina a Carlos-.

- ¿Ves? No está siendo profesional -dije, mirando a Tom, al cual le parecía divertir la situación-. 

- Me consuela saber que no soy el que más probabilidades tiene de morir ahora mismo -comentó en broma Tom, dirigido a Carlos-.

- Pues tendrías que verla en casa, es lo peor. Puede parecer una broma, pero tengo pestillo en mi habitación por algo -ambos se empezaron a reír, y yo intenté hacer como si nada hubiese ocurrido y empezar con las pruebas-. 

- Bien Tom, te voy a pasar un formulario para que lo cumplimentes y poder así elaborar tu expediente. Tómate el tiempo que necesites, ¿vale?

- Sin problema -me contestó, acercándose amablemente para recibir el papel que le estaba acercando, y un bolígrafo para rellenarlo-. Muchas gracias.

- De nada -le sonreí-. Mi compañero y yo nos quedaremos en un lado, y si tienes algún problema no dudes en consultarnos.

- Por supuesto, gracias de nuevo -respondió, devolviéndome la sonrisa-. 

En unos diez minutos terminó de rellenar el cuestionario, y lo metí en una carpeta de la universidad, dejándola a un lado en la mesa para posteriormente dársela a Vincenzo e incluir la información en la base de datos del estudio. 

No sabía que lo más complicado estaba aún por llegar. 

lunes, 10 de agosto de 2020

Navras - Capítulo 6



Seguí con el trabajo a pesar de la interrupción, me había prometido terminar aquello y así lo haría. No obstante, a los dos minutos aproximadamente Carlos me llamó desde el salón, y me levanté, extrañada.

Estaba en el salón, aún al teléfono, y esperando a que yo atendiese a la llamada, que por las voces que había escuchado antes ya había él atendido previamente. Cogí el teléfono con cuidado, y respondí, sin saber quién sería, aunque algo dentro de mi yo más interno sabía que esperaba a alguien en concreto:

- ¿Quién es? -pregunté-.

- Hola Katherine, soy Vincenzo -suspiré, decepcionada-. Solo quería llamarte para preguntarte por el sujeto que me habías dicho que estaba interesado en participar en el estudio.

- Oh, no sé nada todavía... -le respondí, viendo cómo me miraba de reojo Carlos, sonriendo-.

- Ah vale, no pasa nada, era porque mañana no iba a estar disponible y por si acaso lo sabías, pero sino mándamelo por correo cuando lo sepas o llámame el lunes y lo apunto.

- Claro, cuenta con ello -le dije, intentando mantenerme neutral y no comentando nada sobre mi opinión al respecto-. 

- Disculpa por llamar a estas horas, pero te había mandado un mensaje antes y no me respondiste, y quería salir de dudas.

- No pasa nada, vi el mensaje, pero estaba haciendo el trabajo para una asignatura y se me pasó por completo responderte, la culpa es mía -comenté, sintiéndome tremendamente mal por haber dejado de lado mis obligaciones por un atisbo de sentimentalismo-. 

- Sin problema Katherine -hizo una breve pausa-. Nos vemos el lunes, no te molesto más. 

- Hasta el lunes -dije, mientras colgaba el teléfono-.

Respiré profundamente, porque no sabía si Vincenzo le había comentado la situación a Carlos, pero por las caras que había estado poniendo durante el breve período que había hablado con Vincenzo, me imaginaba que sí. Me di la vuelta para irme a mi habitación y al menos terminar o que me había propuesto antes de que Carlos empezara con el drama, pero no me dio tiempo ni a dar un paso más:

- En anteriores entregas de "Kat intenta no mostrar sentimientos pero no puede y es normal, aunque miente a su mejor amigo para no reconocerlo" llega: "Me he disculpado con ese chico y ya".

- No te he mentido, ¡y no tiene mayor importancia!

- Te he dicho que no hay nada de malo si alguien te gustaba o te llamaba la atención, y creo que ya has demostrado más que de sobra que al menos tu caso es el segundo de los que he mencionado. Me has dicho antes que estás de acuerdo, pero sin embargo has mentido -quería decir algo, pero no sabía el qué, la realidad era tal cual él la estaba expresando, me sentía avergonzada y ridícula a partes iguales-. ¿Me mofaría de ti en caso de que Tom te guste? Obviamente no, nunca me he reído de ninguna cuestión así, y menos en relación contigo, conociéndote desde que tengo uso de la razón -vi que se sentó en el sillón, y me hizo un gesto para unirme a él, pero me quise mantener en mi sitio, ni siquiera me quería mover-. ¿Tan terrible es para ti todo esto?

- No quiero reconocer nada porque si lo hago se hará realidad y... -dije, intentando justificar lo injustificable-.

- Basta de huir, es que estamos constantemente hablando de lo mismo, y yo personalmente me canso -la mirada que me dedicó dolió más que cualquier decepción personal pasada-. Te quiero demasiado como para dejar que te hagas esto a ti misma.

- ¿Pero no entiendes que si yo actúo así es por algo?

- Sé que tienes una historia muy dura y muchas cargas en tu espalda. Sé lo del maltrato, la cárcel, los tíos que te han usado, el chantaje emocional, las amenazas... Ha sido tan duro que soy incapaz de ponerme en tu piel y sentir el dolor que sientes, porque desde pequeña has tenido mala suerte en ese aspecto; pero has sido una mujer fuerte, has sabido siempre seguir adelante, ver el sentido a las cosas y encontrar algo que te motive a continuar luchando.

- No siempre he luchado y lo sabes...

- Ya, pero nadie dijo que el camino fuese fácil, y no importa lo que pasó, porque el pasado es algo que no se puede cambiar, lo que importa es el presente, que es lo que está pasando ahora, y el futuro, que es lo que tú puedes elegir y cambiar -sus palabras eran extremadamente acertadas, Carlos sería un gran psicólogo con el manejo terminológico que tenía-. Tienes muchos traumas que te hacen daño, y en vez de solventarlos, como haces con tus trabajos, los cuales haces lo antes posible para no tener esa carga, simplemente lo pospones o lo ocultas debajo de la alfombra. Pero llega un momento en el que esa alfombra no puede guardar más mierda, y sale. Todo acaba saliendo,

- Lo sé -dije, intentando no llorar-. Pero no quiero sufrir más, estoy cansada. Eres la única persona que conozco que me ha tratado bien, la única que he sentido que me ha valorado y querido, y todas las demás personas me han demostrado que no estaban dispuestas a ofrecerme un trato mínimamente aceptable.

- Has tenido mala suerte, Kat, y lo lamento muchísimo, porque eres una persona maravillosa que no se merece menos que lo mejor en este mundo -me senté a su lado, y me dio un abrazo-. El problema es que si te cierras totalmente a la gente, no vas a ampliar tu círculo de amigos, y ya sabes que llevo muchos años haciendo hincapié en que ser desconfiada no tiene por qué ir de la mano con ser asocial.

- Durante una temporada solo fui desconfiada, y fue cuando más daño me hicieron las relaciones sociales no obstante...

- Repito, fue muy mala suerte, pero lo normal no es que todas las personas que conozcas sean unas absolutas interesadas. Quiero dejarte claro, y creo que es algo que debes saber más que de sobra, aunque no lo digamos en alto, que lo que te ha sucedido a ti con tu familia y amigos no es lo normal, no es aceptable, ni justo. En ningún momento he querido desvirtuar de valor esas situaciones que has vivido, pero necesitas cambiar, porque de todas las personas, de todas ellas que te han hecho daño, tú eres tu principal enemigo. 

- ¿Y qué si cambio mi forma de ser? ¿Va a ser la gente justa conmigo? ¿Voy a poder confiar mínimamente en alguien?

- No digo que cambies por los demás, sino por ti. Vives para y por los estudios y el trabajo, pero la faceta social es algo intrínseca del ser humano, o al menos de un gran porcentaje, y sé, porque te conozco, que tú eras muy sociable, siempre te ha gustado hablar con la gente e interactuar con los demás -hizo una breve pausa para aclararse la garganta-. ¿Recuerdas cuando en el colegio, con 6 años más o menos, nos mandaron hacer grupos para cantar villancicos, y tú conseguiste poner de acuerdo a toda la clase y al final salió una única canción? -sonreí ante aquel recuerdo, era algo que hasta el momento no había recuperado-. Y ese es un ejemplo absurdo, pero tú has sido siempre muy proactiva a hablar con la gente ya a conocerla, eres una persona muy curiosa, y esa parte tuya jamás va a abandonarte.

- Tal vez ya la he dejado atrás -dije, recuperando mi expresión sombría previa-.

- No, te lo puedo garantizar. Tú quieres creer que ya no eres así para protegerte, pero lo único que haces es engañarte, y no ser quien de verdad eres -Carlos me cogió de las manos, y me miró muy serio-. Has sido y eres muy fuerte por haber pasado todo el daño que te han hecho los demás pero, por favor, sé fuerte todavía y perdónate a ti misma, que eres la que más lo merece ante todo.

- Te doy mi palabra de que no lo voy a intentar, lo voy a conseguir -dije entre lágrimas, porque me costaba simplemente el hecho de ver cómo lo haría-.

- Así me gusta -me abrazó-. Ya sabes que voy a estar a tu lado pase lo que pase, y necesites lo que necesites.

- Muchas gracias -le di un abrazo de vuelta-. Siento estar siempre con lo mismo.

- No quiero que lo sientas, quiero que lo cambies -me dijo, firmemente-. A ver. ¿cuál es el problema entonces?

- ¿Seguimos hablando del mismo tema?

- Claro, lo que quiero saber es qué es lo que hay que cambiar, porque el primer paso es reconocer el problema.

- Muy bien, eh... -pensé qué decir y cómo hacerlo, ya que no quería que todo aquello quedara en vano- soy una persona que huye de los problemas, y como mucha gente me ha hecho daño, desde hace casi un año he dejado de mantener relaciones sociales, y he rehuido de eventos que requirieran un mínimo de interacción social. Así lo que he conseguido ha sido reforzar comportamientos más tóxicos para conmigo misma, y crear una situación mucho más dañina e insostenible. No puedo seguir siendo así, no quiero tener miedo a hablar con la gente, y quiero poder confiar en alguien más que en ti.

- Oh vaya, te has esmerado en la respuesta, ¡así me gusta! -exclamó Carlos, animado-. Bueno, vamos a dejarnos de drama y ahora quiero que me hables de lo que ya sabes que quiero -añadió, poniendo un gesto pícaro en su rostro-.

- Supongo que Vincenzo te ha contado ya lo de Tom, ¿no? -asintió, sin retirar de su rostro su sagaz expresión-. Sabes más o menos el groso de lo que ha pasado entonces, pero te lo contaré todo, porque eso es lo que buscas -asintió, nuevamente, sin querer interrumpirme-. Pues llegué al hotel, y justo le vi en la puerta de la cafetería, así que me acerqué y hablé con él, pidiéndole disculpas ante todo. Fue muy agradable y muy educado, pero cuando me tenía que ir me dijo que quería comentarme algo, y cuando todo estuvo tranquilo en la barra, me dijo que había visto el cartel del estudio, y que quería participar. 

- ¡Por favor qué bien me cae este chico! -dijo Carlos, con tanto énfasis que me asustó-. Uy perdón, continúa.

- No hay mucho más que decir. Me dejó su corre y su número de t...

- ¡¡SU NÚMERO!! -su boca se abrió tanto que prácticamente le podía ver el estómago desde mi sitio-. Qué fuerte, qué indirecta tan directa.

- No, no es una indirecta, además, ni siquiera me ha respondido... -dije, recordando por un segundo aquel hecho y cambiando mi expresión-. A ver, él me dio sus datos de contacto porque yo le dije que le pasaría el horario, nada más. Fue educado y amigable, no coqueteó conmigo en ningún momento, aunque me dio la sensación de que su amigo al saludarle sí lo hizo.

- Bueno, pero esto es bueno, o al menos eso creo yo. Me explico, quiero decir que el hecho de que él se haya acercado y haya mostrado interés es algo bueno a tener en cuenta, y va a participar en un estudio en el que prácticamente no se da ni las gracias a los voluntarios, así que yo creo que al menos le has caído bien-

- Pues no entiendo cómo, si nuestra primera toma de contacto consistió en él siendo super educado y correcto, y yo una borde de tres pares de cojones -dije, con sorna-.

- A ver, no seas tan dramática. Lo que quiero decir es que tienes una buena oportunidad para abrirte más y ser más sociable.

- Ya, eso lo había pensado yo también, aunque no sé... Ni siquiera me ha respondido al mensaje.

- Por favor, un mensaje es solo un mensaje, se le puede haber pasado, como a ti el de Vincenzo, o no haberlo visto, o haberse quedado sin batería... No puedes ponerte en lo peor siempre, es parte de tu proceso de cambio.

- Sí, es algo en lo que tengo que trabajar también. Necesito mucha introspección y mucho "trabajo de campo" -Carlos se rio-. ¿Qué?

- Me ha gustado como lo has expresado, no lo habría definido mejor -sonrió-. Bueno hermana, entonces vamos a trabajar duro en ti, ¿no?

- Eso ha sonado muy lascivo, Carlos.

- Vaya, al parecer todo lo que sale de mi boca es lascivo -nos reímos-. ¿Qué piensas de Tom entonces?

- Pues...es una persona amable, agradable, educada y parece encantador, así que me gustaría conocerle un poco más, si él quisiera. 

- O sea, que te llama la atención -afirmó Carlos, levantando las cejas-.

- Sí, me llama la atención, lo reconozco, siento en su totalidad las palabras que digo.

- ¡Aleluya! Solo me ha costado veinticuatro horas y varias discusiones que reconozcas que una persona ha logrado despertadas de nuevo esa curiosidad social que una vez tuviste y te da miedo sacar de nuevo porque no quieres que te hagan daño. ¿Ves? Ya vas progresando, y tan solo llevas cinco minutos, imagina en un mes, y en un año.

- Creo que puede estar bien -le respondí, sonriendo-. 

Hice un acuerdo con Carlos sobre los aspectos en los que debería trabajar, y él en todo momento se prestó a darme toda la ayuda que necesitase para ello. Aunque se había hecho tarde, y quería cenar, volví a la habitación para terminar el apartado del trabajo que tenía pendiente, y después fui prácticamente arrastrada a la mesa por Carlos para cenar. 

Había sido un día duro, pero podía relajarme, y contaba con que el domingo no tenía que madrugar, aunque trabajaba por la tarde-noche repartiendo pizzas, así que no era libre del todo. Estuve un rato hablando con Carlos en el salón y vimos Spiderman, ambos éramos grandes fanáticos, incluso yo coleccionaba los cómics. Cuando terminó nos fuimos directamente a dormir, era tarde, y aunque no fuese a madrugar, quería aprovechar la mañana del día siguiente, y Carlos además tenía que trabajar. 

Antes de irme a dormir miré el teléfono por última vez, y seguía sin saber nada de Tom, Dejé de lado los pensamientos negativos que se me vinieron a la mente, y me centré en que mañana sería otro día y lo que tuviera que pasar pasaría, fuese bueno o malo. Apagué el teléfono, y me acosté, teniendo algunos problemas para conciliar el sueño, pero finalmente consiguiéndolo. 

Me desperté de golpe, había tenido una pesadilla y tenía el pulso muy acelerado. Me asombraba la forma de operar de los sueños, y como en muchas ocasiones nos despertamos a causa de los mismos sin saber qué es exactamente lo que ha pasado. Estuve un rato tumbada con los ojos cerrados para ver si podía coger el sueño otra vez, pero me fue imposible. Pasé la mayor parte de ese tiempo intentando recordar el sueño, sabiendo prácticamente con seguridad que no lo lograría. Me levanté de la cama, la hice, y me puse la ropa de deporte, aprovecharía que era pronto para salir a correr y así despejaría mi mente un poco. 

Salí sin dudarlo dos veces, porque era consciente de que si esperaba mucho más cambiaría de idea y al final no haría nada. Justo cuando me iba escuché el despertador de Carlos, así que me apresuré a salir para no ponerme a hablar con él, porque si empezábamos a charlar no sabía cuándo acabaríamos.

Hacía un día lluvioso, de hecho, me cayeron algunas gotas, aunque teniendo en cuenta que se trataba solo de agua, no merecía la pena dar la vuelta a casa. Las calles estaban prácticamente vacías, se veía a algunas personas yendo al trabajo, y sobre todo a muchachos que habían salido de fiesta y parecían aún seguir, pero era una proporción muy baja en relación con la cantidad de gente que había, lo cual era normal dadas las horas. Me vino genial haber salido a hacer deporte, fui capaz de centrar mi mente en cómo organizaría mi día, y no me asaltaron pensamientos negativos de por medio. 

Entré en casa, habría estado fuera como una hora, y no escuché ni vi señales de que Carlos siguiera en casa, así que no dije nada, me limité a ir a mi cuarto para coger la ropa y ducharme, no sabía si estaba mojada por la lluvia o por el sudor, pero era muy desagradable, y siempre era de agradecer una ducha tras haber hecho ejercicio. 

Me dediqué tiempo y me relajé bastante, salí de la ducha con una paz tanto física como mental que hacía tiempo no experimentaba. Había acumulado demasiado estrés, y realmente no me había sucedido nada como para estar mal, pero yo misma me había creado esos escenarios y el malestar que sentía. 

Cuando salía del baño y fui a llevar la ropa a la lavadora, vi que encima de la secadora estaba el uniforme de trabajo de Carlos. "Se lo ha dejado", pensé, y al ver la hora supuse que era muy probable que aún no hubiese cogido el autobús, así que fui a llamarle para avisarle de que diera la vuelta lo antes posible y así no llegara tarde al trabajo. Si no me respondía o ya había cogido el autobús iría yo a llevárselo, pero si podía evitar perder tanto tiempo, lo haría. 

Entré en la habitación torpemente, esquivando mis zapatillas, que las había dejado en medio. Cogí el teléfono, y me dispuse a marcar, pero estaba apagado. "Pues claro idiota, lo apagas siempre, ¿qué esperabas, que se encendiese solo?" me dije, mientras encendía a toda prisa el móvil, y con él en la mano, fui a la secadora a doblar el uniforme para meterlo en una bolsa y que Carlos lo pudiera recoger rápido. 

Cuando se encendió el teléfono, olvidé a los pocos segundos todo el asunto del uniforme.