Siento que una maldición corre por mis venas, y que todo aquello que toco queda destruido, se sume en la eterna oscuridad y se ramifica en mil y una pesadillas sin fin. Una preciosa decadencia, un aura mortífera y pesada que se cierne sobre la inmensidad de mi existencia.
Es posible que rendirse no sea lo más adecuado, pero es una opción. Cada vez que cierro los ojos imagino que nada de lo que ha pasado ocurrió. A lo mejor es que no soy suficiente, y las cosas nunca van a cambiar. Y por mucho que sueñe la historia se va a repetir infinitamente. Es una presión en el pecho y un dolor que van a acompañarme siempre.
Una distopía forjada en dolor, traumas, lágrimas, sangre y sufrimiento, que se prolonga de manera infinita y que solo se irá conmigo de la mano. Tengo la muerte tatuada en mi alma, tengo el espíritu corrupto, ya no hay nada que hacer. En mi interior ya solo hay vacío. Ya no hay nada que merezca la pena salvar.
Adelante, puedes pasar, ya está todo roto, ya no queda nada. La luz se apagó para siempre, toda la vida que pudo haber sido ha cesado. Todas las historias, todos los momentos, los fragmentos de una vida destrozada, desequilibrio mental severo. Nada de eso está ya, se ha esfumado todo en un instante.
Por cada lágrima que cae, una herida se abre, un nuevo fantasma se alza y la pesadilla continúa.
Un nudo en la garganta, las palabras me oprimen el pecho, me impiden respirar. Solo un llanto silencioso en ecos de tristeza y soledad se puede hacer manifiesto.
Me ahogo en silencio, a solas, en una oscuridad profunda, en las llanuras del eterno vacío y falsas promesas.
Solo necesito que alguien me libere de esta locura, de todo aquello que me encadena a esta situación. Necesito ayuda, y la busco a través de un grito desesperado dentro de las debilidad, que me consume.
No me olvides, porque me puedes ver, me puedes escuchar y me puedes sentir. Estoy aquí.
[...]
La distancia que nos separa me hace más daño que cualquier tortura que haya podido vivir, me estás alejando, me estás echando de tu vida. Las palabras se las lleva el viento, no cambian nada.
Me gustaría saber en qué momento las circunstancias cambiaron, te tornaron en otra dirección, cada vez más lejos, más ausente.
Me planteo qué es lo que yo he podido condicionar, qué es lo que he hecho para que todo esto cayese, para que todo lo bonito que había marchitara o se pudriese y que ahora solo queden los cadáveres de lo que una vez fue.
Hemos caído, estamos destrozados, y siento que no hay nada que pueda hacer para remediarlo, solo empeorarlo y tornarlo más sombrío, más oscuro y doloroso.
Intentamos levantarnos y seguir adelante a pesar de todo, pero cada vez es más difícil, luchar contra la voluntad que quiere destruir todo lo que una vez fue y pude haber sido. Pero es una carga tan pesada que supone una vida llevarla, y no puedo hacerme cargo.
Ahora solo queda ver cómo cae, cómo se destruye, cómo se derrumba. Ver la herida sangrar hasta que la vida lo abandone.
Ideas, pensamientos, conceptos que danzan a sus anchas por la mente. Dotadas de libre albedrío, un despropósito, una concatenación de sinsentidos propiciados por una mente enferma.
Es una constante, una lucha diaria, que no hace si no aumentar, no se apacigua, no descansa, no cesa, siempre está en pleno funcionamiento, completo rendimiento, esperando esos momentos de especial bajeza humana y vulnerabilidad del ser para hacer mella en el mismo. Ahí es cuando aflora todo su potencial y da rienda suelta, alcanzando su máximo esplendor.
Suena muy fantástico, digno de una obra de ciencia ficción, pero es tan real y perceptible que si fuese corpóreo se podría palpar. Que da miedo, taquicardias, verdadero pánico.
Cerrar los ojos y todo empieza, es lo único que hace falta. A partir de ahí ya no hay marcha atrás.
Se escapa de las manos, es escurridiza, un pensamiento que cada vez se hace más grande y poderoso, una danza de luces y sombras, de destellos cegadores que machacan y torturan la mente hasta límites insospechables. Es la paranoia en estado puro. Producto de una mente delirante, una vida herida y torturada que no ha sabido cómo gestionar ese sufrimiento y lo ha adaptado como forma de ser. Una dinámica disfuncional de conexiones sinápticas corruptas que se van propagando, como una enfermedad vírica grave.
Es como respirar azufre, un sufrimiento constante, una sensación de ahogo permanente que se apodera del raciocinio y que distorsiona y manipula el pensamiento, acaba con él, la sinfonía de una destrucción que avanza poco a poco, pero que tiene tal vigor que es invencible.
El poder del dolor, del sufrimiento, la agonía, los traumas, el desconcierto, la desconfianza, el miedo... Todo ello se une para alimentarla, para que sea parte de una vida y acabe con la misma, para destrozarla y envolver en sus cálidos y angustiosos brazos lo que pudo haber sido pero nunca fue y, en su lugar, quedó sustituido por recuerdos distorsionados, miedos irracionales y desconfianza.
Y no se puede huir, siempre estará ahí, es una enemiga contra la que solo queda la opción de luchar. Puedes esconderte, pero ella siempre estará ahí, no puedes huir de lo inevitable.
Te convence de que todo está bien, y la realidad es que hay algo en ti que está mal, podrido, roto o contaminado. Y así, día tras día.
Los ojos que juzgan, siempre están pendientes de mí, es lo único que he recibido y lo que aparentemente siempre tendré. Y cuando intento mostrar mi lado vulnerable, abrirme, acabo siendo rechazada y ridiculizada. Otra vez. Pero sé que hay algo bueno dentro de mí, no soy mala, simplemente incomprendida.
Siempre me he sentido muy identificada con el mensaje que transmite la canción You will know my name de Arch Enemy, pero con el tiempo y con lo que ha pasado desde la primera vez que la escuché creo que algo (por así decirlo) ha cambiado, y definitivamente ya no soy la misma persona que entonces.
Pienso seguir cambiando, luchando por lo que creo que es justo, e intentando encontrar diferentes maneras de dar sentido a mi vida y vivirla como yo decida. De aprender más y evolucionar, y cambiar muchas distorsiones y sesgos cognitivos que a día de hoy me siguen acompañando.
Me ha llevado mucho tiempo saber de la problemática que me afecta (y aún queda mucho, no soy capaz de hacerme una idea, hay cosas que sigo sin entender de mí, y tengo todavía gran parte de mi vida por conocerlas). Es el principio de un largo y duro camino, pero creo que merece la pena que lo recorra, solo por conseguir esa merecida libertad y seguridad.
Es muy difícil, pero por el simple hecho de que ahora mismo vaya perdiendo la batalla no significa que ya haya sido derrotada, no es mi final, y aunque sea difícil, no voy a dejarme llevar por ello.
Aunque antes haya fracasado, sé que el sol volverá a brillar, y que en algún momento todo ese dolor, esa tristeza y sufrimiento se va a transformar, como el gusano que sale de su crisálida convertido en mariposa, o el ave fénix, que renace de sus cenizas.
Todo llega, tanto lo bueno como lo malo, y nada dura para siempre, aplicable a ambos casos también. Y parece que todo empieza con "Érase una vez". Veremos cómo sigue y cómo acaba.
Tú. Sí, tú, no mires a los lados, estoy hablando contigo. Sabes que hay algo mal en ti, o que estás haciendo algo mal, hay algo que no te gusta y te está atormentando. No sé cuánto tiempo llevas soportándolo, tal vez siempre ha sido así y no te habías dado cuenta, pero ya va siendo hora.
La verdad es que pensaba que habías roto todo lo que podías y que la única salida era rendirse, pero resulta que no, no es tarde, y hay cosas que no se pueden reparar. Tal vez hay cosas que nunca cambiarán, pero puedes parar esto, porque no estás bien.
He intentado estar bien contigo, respirar profundo, cerrar los ojos y contar hasta tres, y mantener la calma, pero ese control se te ha escapado de las manos demasiadas veces, y no estaba segura de lo que serías capaz. Pero mírate, has llegado hasta aquí, y aún te queda mucho, más de lo que esperas.
Demasiado tiempo intentando borrarte, desaparecer, dejar todo lo que ha sido y has sido atrás, pero sabes que no puedes hacer eso, y no lo harás. Hay demasiado en juego, y aún queda mucho que hacer y ver.
No hace falta que finjas una sonrisa para que nadie se dé cuenta, o que silencies lo que sientes, solo déjate ser y sentir. Todo va a pasar, la vida es un constante devenir de situaciones y circunstancias, y tú eres parte de ellas, pero no causante de todas.
Sientes que tal vez no eres suficiente, y dudas, tienes miedo y desconfías constantemente de lo que significas para ti y para el resto, pero eso tú no lo sabes aunque crees hacerlo. Te reafirmas en ideas distorsionadas y sesgos que tu propia cabeza crea para aliviar ese sufrimiento de entenderlo y poder controlarlo todo. Pero la realidad es demasiado compleja como para reducirla de ese modo, aunque tu cabeza no te deje ver más allá.
No puedes seguir así.
Para.
Deja todo lo que estés haciendo, y piensa. No puedes vivir toda una vida basada en una exorbitante inseguridad, que domine tu vida, te dicte lo que hacer y te amargue con pensamientos que desconoces su veracidad. Ya bien sea por indicios o paranoias ocasionadas por esa desconfianza o por sospechas realistas, no aportan nada positivo, solo te hacen daño, acaban con lo bonito que vives porque centran todos tus esfuerzos pensando en que acabará, que no es real o que no es algo que mereces. Déjalo, en serio, suéltalo.
Mira hasta dónde has llegado, lo que has conseguido, eso desmiente que no seas suficiente, y tampoco puedes desconfiar siempre a pesar de lo que has vivido y el daño que te han hecho. Lo estás haciendo bien, y si necesitas ayuda está bien que la pidas, deja que alguien entre y te reconforte, te ayuda y te entienda. El mundo es un lugar hostil, pero no todas las personas lo son.
Respira profundo y cuenta hasta tres. Sigue adelante, estarás bien.
La vida no es estable, si no que es la sucesión de una serie de eventos, la concatenación de muchas circunstancias, ya sean buenas o malas. Podemos estar de acuerdo la mayoría en que no podemos predecir lo que va a pasar, podemos hacernos una idea y plantear diferentes posibilidades, pero la realidad es demasiado compleja como para reducirla de ese modo.
No obstante, hay también constantes, que son independientes y únicas de cada vida en particular, de tal modo que hay aspectos que siempre van a estar ahí, tanto positivas como negativas, y con las que vamos a tener que contar. Y llega un momento, tarde o temprano que, haciendo un análisis de la situación y un balance de circunstancias, nos damos cuenta de cuáles son esas variables que se repiten en nuestra ecuación vital.
Una habitual y muy normalizada, por desgracia, es una mala relación. Un lazo, un vínculo tóxico, independientemente de la índole que sea, que lastra y quema tanto que nos puede marcar de por vida. Y en mi caso, pensándolo, he llegado a ser totalmente consciente de esa persona que hay en mi vida que cumple con estas características.
Es una verdadera lástima reconocerlo, pero una persona a la que quiero sé que no puede estar en mi vida, que tenemos que tomar caminos separados. Hay demasiadas cosas que tenemos en común, pero en dos polos totalmente opuestos, y ello ocasiona constantes choques y enfrentamientos, y vivir así es un castigo. Es insostenible tener cosas dentro que nunca vas a poder sacar ni expresar a esa persona porque sabes que te va a ocasionar mucho más sufrimiento que alivio por su externalización.
Resulta doloroso ver como, a pesar de los constantes esfuerzos (incluso por ambas partes en ocasiones), una relación no se puede mantener, siempre acaba saltando. Son tan breves y agradables esos momentos de paz y tranquilidad que cualquier esfuerzo parece que merece la pena, incluso poniendo en riesgo la salud física y mental propia. Pero cuando llega el momento de la caída, del choque, se pasa a la destrucción del ego y a un profundo sentimiento de culpa y tristeza, de impotencia y decepción.
Tras mucho tiempo sacrificándolo y con una venda en los ojos, finalmente lo reconozco, y me doy por vencida. Ese vínculo va a seguir ahí eternamente, y pondré de mi parte para que sea lo más funcional posible, pero he comprobado que es un caso perdido, una causa por la que no se puede luchar más.
La vida es un constante devenir de circunstancias que se escapan, en la mayoría, de nuestro control. Es la "gracia" de la vida, que no sepas que va a pasar, que no sea todo monótono.
Pero creo que debería haber un término medio en ciertas ocasiones, las cosas pueden llegar a complicarse hasta niveles insospechables, en el sentido de pensar que las cosas parece que no pueden ir a peor y, por sorpresa, van a peor.
Tenemos recursos para afrontarlo, sí, pero cuando todo se amontona se conforma un nudo que supone un cuello de botella para taponar lo que viene a continuación, y se empiezan a hacer heridas profundas que cortan, queman y matan. Es desesperante y agotador vivir así constantemente, sintiendo la impotencia de no poder actuar frente a lo que pasa o lo que viene a continuación, teniendo las manos completamente atadas.
Me sitúo en el limbo, sin saber qué hacer, la lucha contra mis demonios no cesa, si no más bien se complica, y tengo que compaginarlo con esas novedades incesantes que hacen acto de aparición constante. Es una sensación muy similar a estar constantemente cayendo. ¿Cuándo va a parar? ¿Pero va a parar, o va a ser así siempre?
Y cómo se supone que tengo que afrontarlo, entenderlo o sobrellevarlo, si no dejan de empeorar las cosas. Si cuando parece que me adapto las cosas vuelven a cambiar y la realidad se vuelve más retorcida, cruel y dolorosa.
Es una carga que cada vez se hace más pesada, y llega un punto en el que esa mochila ya no la voy a poder cargar, que no puedo más y tengo que dejarla para siempre.
Sentimientos encontrados, una dicotomía, llámalo X. Pero el caso es que la vida sigue, solo nos detiene el cese de la misma, es decir, la muerte. Y pase lo que pase no nos queda más remedio que continuar. Rendirse es una opción, sí, pero no es algo que solamos elegir de primeras, y suele ser más el recurso en situaciones de desesperación absoluta.
El camino se puede hacer más complicado, otras veces sin embargo puede ser más sencillo y llevadero, pero lo cierto es que no es un camino de rosas, y al final nos quedamos con los pequeños momentos que hacen que nuestro corazón se sienta reconfortado, y nos animan a seguir adelante, a no recurrir a la alternativa de terminar con todo.
Hay momentos muy duros que nos toca vivir, y los que nos quedan seguramente por delante, pero somos capaces de superarlo, o al menos a ello nos dedicamos gran parte de nuestra vida una vez tienen lugar dichos acontecimientos. Pueden afectarnos en mayor o menor medida, pero es inevitable para cualquier ser humano con un mínimo de conciencia y humanidad no experimentarlo.
¿Y cómo se supone que el corazón sana después de tanto dolor, de tanto sufrimiento? ¿Cómo lo hacemos para salir adelante, si hay heridas que pesan como montañas? No hay una fórmula para ello, ni siquiera es un proceso que se pueda definir, depende de cada persona por lo general, y es tan complicado porque somos todos tan diferentes que definitivamente para este problema no hay una solución válida.
El corazón tiene su tiempo de curación, las heridas se van a ir cerrando tarde o temprano, y pueden dejar una mayor o menor cicatriz, una huella que puede o no borrarse con el paso del tiempo, pero lo cierto es que todo pasa, absolutamente todo.
Puede suponer el esfuerzo de toda una vida, pero no es algo que no podamos afrontar, independientemente de las dimensiones de la cuestión. Vamos a ser capaces de superar todos los obstáculos que la vida tiene preparada para nosotros, y llegará un momento en el que echemos la vista atrás y, al ver todo lo que hemos avanzado y lo que hemos dejado atrás, reconozcamos que ha merecido la pena. El quedarnos con esos pequeños buenos momentos de felicidad que le dan sentido a la vida, que hacen que merezca la pena totalmente vivirla y sufrirla.
Y ahí será cuando seremos conscientes de que nuestro corazón se está curando.
No todo es blanco o negro, hay una escala de grises comprendida entre medias que a menudo ignoramos, y yo peco en exceso de ello. O todo bueno, o todo malo, en mi caso particular es el negativismo, pero ya sea uno u otro, los extremos no son buenos.
Por suerte vivimos en una realidad en la que las posibilidades y opciones son muy variadas, así como lo que nos acontece. ¿Y por qué siempre tenemos que posicionarnos en un lado? Como si solo se nos planteasen dos grandes grupos, muy generalizadores, que dejan atrás muchos matices y conceptos fuera, que no ayudan, si no hacen que veamos la realidad más distorsionada. El generalizar las cosas en exceso hace que la realidad se simplifique y se vuelva plana, y si algo tiene la vida es la ausencia de simplicidad.
Y a pesar de tener esto tan claro, de saberlo, de entenderlo, yo personalmente sigo anclada en lo mismo, posicionada entre la espada y la pared, con una moneda constante en mi mano que me condiciona a diario. Lidiar con ello es un problema, pero estoy tan condicionada y supeditada a ello que lo tengo normalizado, es ya superlativo.
Y sé que, como yo, hay mucha gente. Por desgracia probablemente la mayoría estemos en esa situación de dicotomía constante entre lo bueno y lo malo, sin poder ver las cosas en su propia escala, las dimensionamos y las metemos en sacos que se quedan grandes o pequeños, en cualquier caso excesivos.
Tendríamos que ampliar el foco pues para poder ver esa imagen general y, por lo tanto, esa escala de grises de las que estábamos hablando, ¿verdad? Pero cuando hay intereses por detrás de mantener que esto siga siendo así no es algo que sea factible, más bien suena utópico. La sociedad meritocrática en la que vivimos ya nos enseña desde que somos pequeños a tener las cosas claras, a ser conscientes de lo que es bueno o malo, y al final hemos terminado funcionando en base a ello precisamente porque es lo que nos han enseñado. No podemos fallar, no podemos dudar, no nos podemos posicionar en medio, nos lo prohíben, aunque existe esa posibilidad.
No se trata de desaprendernos lo aprendido ni de olvidar, si no más bien de cuestionarlo todo, de incorporar nuevos conocimientos, y de ver el cuadro al completo. De ser conocedores de que los extremos no son aliados, sino armas peligrosas que suponen un lastre y un importantísimo condicionante.
La realidad es tan rica, tan compleja y tan variada que no podemos verlo todo con un filtro de color limitado, hay tantos matices y tonalidades que nos estamos perdiendo, que es lo que hace de la vida lo más complejo y hermoso a la vez, lo que le da sentido.
He caído, y podré caer más, y me queda mucho camino aún por recorrer, no va a ser más fácil, ni mucho menos. Pero el recorrido que llevo me representa, al final no deja de conformar quien soy, y todo lo que pase lo pude, puedo y podré superar. Me consuela saber que no estoy sola y, por muy difícil que sea, sé que tarde o temprano volveré a ser fuerte.
Un sentimiento de ardor en el pecho, me falta el aire, pero hago lo mejor porque es lo que quiero y por lo que lucho, y me puedo equivocar, de hecho, estoy segura de que me quedan muchísimos fallos por delante.
Así como equivocarme, sé que voy a caer en lo más profundo, pero así como caigo me volveré a levantar, todas las veces que sean necesarias, no me pienso rendir porque me espera algo mejor que desistir. No necesito que la oportunidad venga a mí, yo la buscaré.
Puede que no sea la mejor persona, la que tiene más fortaleza o resiliencia, pero soy quien soy, soy yo, e intento hacer las cosas lo mejor que puedo y aceptarme con mis virtudes y mis defectos. Me dejo estar mal si lo necesito, soy autocompasiva, pero intento salir adelante y aunque me cueste una vida, no me quiero rendir.
Si caigo intento levantarme, y aunque cada vez cuesta más, también me hago con ello un poquito más fuerte, y sé que el día de mañana echaré la vista atrás, me acordaré y me sentiré orgullosa de mi decisión, a pesar de haberme planteado tirar la toalla y dejarlo todo, de dejar todo lo que soy, acabar con ello, cesar mi existencia y acabar con el problema de raíz sin buscar solución.
He creído en que habría algo mejor, en que las cosas no estarían mal para siempre, que no todo es blanco o negro, y sigo intentando pensarlo así, aunque es muy difícil, yo misma me saboteo para que me cueste especialmente. Pero tengo la "suerte" de ser terca y de tener gente a mi alrededor que me da la vida y me anima y motiva a seguir adelante. Gran parte del mérito sin duda lo tienen estas personas y lo saben.
Es difícil y duro, no solo para mí, si no para todo el mundo, todos tenemos nuestras cosas y tenemos que lidiar con ellas constantemente, cada persona tiene sus propios demonios que le atormentan, y esto no es solo para mí, es para todo el mundo que se sienta o haya sentido así.
Nos aferramos a la luz, a esos pequeños grandes momentos que hacen que nuestra vida tenga sentido y merezca la pena. Y, entre otras cosas, gracias a eso sigo yo aquí y espero seguir haciéndolo por mucho más tiempo.
Voy a seguir luchando, no me voy a rendir fácilmente. Y espero que si estás leyendo esto y te sientes así no te rindas tampoco.
Juré que seguiría adelante, que no me iba a rendir, que lucharía contra mis demonios todo lo que fuese necesario hasta conseguir hacerlos frente. Creí que me haría más fuerte y me resultaría más fácil, pero nada más lejos de la realidad.
Cada segundo se ha convertido en una agonía constante, en un deseo irrefrenable de cesar, de acabar de existir, de alcanzar la paz. Los desequilibrios no me dejan, con sus fuertes garras me atrapan y me encierran en una espiral de autodestrucción y sufrimiento.
¿Y quién me puede salvar? ¿Hay solución? Juré que seguiría adelante, pero es tan difícil que, aún no siendo así, podría romper el juramento y faltar a mi palabra.
La decepción de unos, el sufrimiento de muchos, así que si hay uno menos no debería ser relevante, . Planteándolo así, es prácticamente un bien mayor y un mal menor que enmascara la falta de interés por continuar viviendo.
Es posible que haya un futuro mejor, que se pierdan risas, buenos momentos, sueños, pero soy consciente de que hay mucho malo que con ello va a acabar, y a pesar de la inocencia y la buena voluntad, no ha sido suficiente, hay algo que no va bien y probablemente nunca lo haga, por mucho esfuerzo que ponga en ello.
No sé qué me depara el futuro, pero quién me va a ayudar a continuar, quién va a salvar mi alma de la sombra que se cierne sobre mí, de la maldición que arrastro y nunca me abandonará. ¿Quién?
Estoy entre la delgada línea del amor y del odio hacia mí, tiendo más a lo segundo por lo general.
Resulta difícil de explicar, porque a veces estoy bien y me cuestiono si es así realmente, en otras ocasiones creo que debería estar bien pero estoy mal. También me ocurre que no sé ni cómo tratarme ni aguantarme en muchas ocasiones.
Debería ser benévola conmigo misma y dejarme ser, supongo, pero es difícil, porque al final todos acabamos esperando algo de uno mismo, y los que nos rodean muchas veces también, hasta puntos enfermizos en cualquiera de los casos. Y ello nos obliga a ser autoexigentes constantemente, a no descansar ni estar tranquilos, a vivir en un constante estado de alerta que atenta contra la calidad de vida.
Estoy en esa delgada línea en la que no sé si me quiero o me odio, la verdad. Por un lado aparece mi voz sensata, o la que creo que es, y me sugiere que debería aceptarme como soy, que igual que tengo mis cosas malas también tengo cosas buenas, y esa concatenación de aspectos es lo que me conforma. Pero (porque siempre hay un pero, o varios en este caso), en contraposición aparece la voz de la experiencia por un lado, basándose en mis vivencias pasadas, y recordándome de que no hay mucho que hacer conmigo, que no hay esperanzas para mí; seguida por la voz de la ironía, que se une para hacer sangre de cuestiones pasadas que no asimilo ni dejo ir porque precisamente la experiencia me dice que no lo merezco; y remata esa inseguridad de que siempre van a ir las cosas mal.
Me odio por hacerme esto, y no soy la única persona que es así, por desgracia creo que muchas personas estamos en la misma situación. Y no es por ser desalentadora o deprimir a nadie, pero no hay una cura, aprender a sobrellevarlo y entenderlo, porque al final esas voces que tenemos tienen una funcionalidad evolutiva vinculada a las emociones, y es lo que nos ha ayudado a sobrevivir.
¿Quiero decir con ello entonces que tenemos que dar las gracias por estar siempre cruzando de un lado a otro en la línea de amor y odio hacia uno mismo? Obviamente no, pero es importante entenderlo, o al menos intentarlo, así nos damos cuenta de que no es un problema nuestro a título personal, si no algo general.
Es importante aceptar quienes somos, y por encima de todo valorarnos y respetarnos, sentirnos bien cuando tengamos que hacerlo, y dejarnos estar mal si lo necesitamos.
¿De verdad es así? Cierto es que podemos llegar a ser extraordinariamente irracionales por algo tan sencillo como es sentir apego. Algo natural, que no elegimos, que surge de manera espontánea. Es tan variado además y se puede manifestar de tantas formas que raro es quien no lo sienta o haya sentido, bien sea hacia alguien, sea fatuo, sociable, romántico, vacío, etc.
Entonces partimos de un punto común, todos en general lo hemos manifestado, y como tal, somos conocedores de que no es oro todo lo que reluce. El amor se define, según la RAE, como "Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser". Si ya de entrada nos definen el amor como algo que surge de la insuficiencia, creo que tenemos un problema, y de ello parte esta reflexión.
¿Somos insuficientes? Socialmente nos han educado en la creencia de que necesitamos complementarnos, y nos pasamos gran parte de nuestra vida buscando a alguien que palíe nuestras carencias y equilibre nuestro universo, hasta tal punto que podemos llegar a basar nuestra personalidad y vida en lo que los demás esperan de nosotros, en lo que ellos quieren y necesitan. Estoy de acuerdo en lo que respecta a que el ser humano es sociable por naturaleza, como defendía Hobbes, y como tal precisa de la interacción con otros individuos de su propia especie, pero hasta cierto punto, sin que ello emponzoñe quiénes somos. No nos puede condicionar tanto el amor, no nos puede transformar y tener semejante poder sobre nosotros, porque se torna en nuestra contra.
Por otra parte, hay una importante diferencia entre ser sociable y buscar interactuar con otras personas a depender de ellas. No podemos depender de los demás, supone depositar por un lado una responsabilidad importante sobre la otra parte, pero sobre todo es injusto para uno mismo. Somos suficiente, todo lo que necesitamos está en nosotros, y si eso está bien, nuestras relaciones interpersonales van a ser sanas.
Y, para sorpresa de nadie, no suele ser así en muchos casos, demasiados. Pasamos de un amor sano, de una perspectiva positivista y fundamentada en el amor propio, al lado del amor como arma de destrucción. Al igual que el amor puede "mover montañas" también las puede destruir, y a veces basta con un ligero temblor para derribar a la más robusta de ellas, así que hay que cambiar la manera de ver las cosas. No depositar , no dar el poder a nadie sobre nosotros, y que tampoco nadie nos diga cuál es nuestro valor, qué debemos hacer o qué queremos.
Si quieres saber lo que es el amor de verdad, empieza a reflejarlo sobre ti. No con ello quiero decir que si no te quieres nadie te va a querer, pero todo se vuelve mucho más fácil y agradable. Tampoco se va a volver un camino de rosas la vida, pero ver las cosas desde el amor propio hace que todo merezca un poco más la pena.
Al final todos queremos querer y ser queridos, y eso no quita que el amor vaya de uno para sí mismo, ¿no?